Al presidente Trump le encanta humillar.
No lo abrazaron a los seis años.
Tampoco le dijeron: “te quiero, hijo”.
Por eso, quizá, su cobro de facturas es tan radical.
Todos vimos a María Corina Machado llegar de rodillas a la Casa Blanca.
No hubo limosina negra para ella.
La hicieron entrar por la puerta de servicio.
La hicieron esperar media hora.
No le ofrecieron café.
Y cuando estuvo ante Trump (severamente doblada y arrodillada), éste venía de elogiar a Delcy Rodríguez, la sometida presidenta interina de Venezuela.
¿A quién prefiere Trump: a María Corina o a Delcy?
A la segunda.
Ella tiene un poder, mínimo, pero lo tiene.
Ella obedece órdenes precisas.
Ella atiende todo tipo de imposiciones.
María Corina, en cambio, no tiene nada que ofrecer, salvo su cada vez más espurio Premio Nobel de La Paz.
Nadie le había quitado tanto el brillo como ella.
Nadie lo ha devaluado tanto como ella.
Las dos venezolanas están de rodillas ante Trump.
Las dos actúan como las camareras de Julio Iglesias.
No tienen opiniones, no tienen voluntad, no tienen nada, salvo un poder pequeño que cada vez sirve para menos.
Maduro, como Ladrillo, está en la cárcel.
Quizá sus abogados le cuenten lo que Trump está haciendo con su República Bolivariana y con estas dos venezolanas devaluadas.
Quizá desde su celda de dos por dos (en su cama de fierro) se dé tiempo para pensar en lo que sus abogados le cuentan puntualmente sobre estas dos mujeres, y sobre el trato altanero y soberbio que les da Trump desde el despacho oval.
¿Qué queda después de estas imágenes?
Una sensación de horror ante el vacío.
Una sensación de asco.
Un asco verdaderamente infinito y lleno de tonalidades.
Una sensación de estómago vacío.
La sensación del vómito después de la parranda.


