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martes, abril 7, 2026

‘Los idiotas hacen hijos’ (Apuntes para retirarse del periodismo)

‘Los idiotas hacen hijos’ (Apuntes para retirarse del periodismo)

Rafael Cardona me ordenó —literalmente— que fuera a entrevistar a Margo Su, rockstar del Teatro Blanquita, que iba a inaugurar su nueva obra: el Salón Margo, en la vieja colonia Del Valle, en el ya extinto Distrito Federal.

Cardona, pues, con esa mirada de águila y voz de mando —en el más puro estilo castrense—, me dijo enfáticamente (aunque hablándome de usted) que fuera a ver a su amiga Margo Su para entrevistarla.

(Una leyenda la señora: estuvo al frente del Teatro Blanquita en su época de oro y fue amiga íntima de Monsiváis y de Manuel Buendía).

Estábamos en una oficina de la Segunda Colonia de Periodistas —cerca de la casa del inmortal Renato Leduc—, y la orden me la dio frente a dos uruguayos a los que les guardo un afecto singular: Ricardo Urioste, director general de la revista Mi Ciudad, y el poeta Eduardo Milán, convertido en ese tiempo en ‘supervisor editorial’.

¿Qué año era aquél?

1975, 1976.

Yo aún no cumplía 20 años, pero necesitaba trabajo, y Humberto Ríos Navarrete (tan entrañable como Lina, su esposa) me recomendó por el hecho de estudiar Letras y escribir poesía.

Grave error.

Obedecí, pues, la orden brutal de Cardona y entrevisté a Margo Su.

(Nunca había hecho una entrevista).

Como pude, seguí el hilo de la conversación y la señora quedó encantada.

Todo eso lo grabé con un viejo aparato casero de dimensiones pornográficas.

Llegué a la oficina, y empecé a trascribir punto por punto, coma por coma.

Y sin editarla —no conocía esa palabra—, la fui armando como quien escribe una novela de Benito Pérez Galdós: metido en la parsimonia, el orden y el decoro.

Cuando llevaba ocho horas de teclear ante la Olivetti (verde, golpeada y con los tipos Courier notablemente chuecos), Rafael Cardona entró con sus zapatos italianos (impecables) y me lanzó su mirada de águila.

—¿Ya quedó la entrevista de Margo, compañerito? —me preguntó con su voz de sargento.

—Ya casi —dije, titubeante.

Tomó las cuartillas, se puso los lentes, empezó a leer.

Un minuto después, se paró junto a mí y gritó: ¡Esto es una basura!

Tras romper mis cuartillas y lanzarlas a un bote, se sentó ante una máquina y se puso a teclear durante cinco minutos.

Al pasar junto a mí, lanzó las copias de lo que había escrito a la mesita en la que descansaba mi Olivetti.

Lo que leí era, resumido, lo que yo había escrito en ocho cuartillas.

Y con una prosa impecable.

Pensé en renunciar, pero Urioste lo impidió y me encargó una entrevista con el escultor Feliciano Béjar, quien había tenido que salir nadando de su residencia (ubicada en un exclusivo fraccionamiento de Churubusco) debido a una tormenta brutal que había caído en esos días.

No sé cómo llegué, lo entrevisté (en medio del desastre causado por el agua y el lodo) y regresé a la oficina a teclear toda la noche.

Una vez redactada la conversación, mis cuartillas llegaron a las manos de Cardona.

Esperé lo peor.

Y sí, en efecto, vino el caos, pero no por mi redacción, sino porque Béjar acusaba a Jacobo Zabludovsky de haber distorsionado la información sobre su tragedia.

—¡En mi revista, nadie va a golpear al padre de mi amigo Abraham! —gritó Cardona.

Y pasó a censurar la denuncia de Feliciano Béjar.

Poco tiempo después, Ricardo Urioste me ascendió de cargo, y pasé a ser, junto con mi admirado Eduardo Milán, ‘supervisor editorial’ de dos almanaques: uno, político; otro, económico.

(Fue una gran época: algunas tardes nos íbamos de bar a Coyoacán o a la Portales, y sólo hablábamos de poesía).

Por un tiempo (varios años) me olvidé del periodismo.

Me reencontré con él en una modesta cabina radiofónica de Huauchinango.

Ahí empecé de cero: desde leer una nota hasta escribir un reportaje.

¿Qué me enseñó Rafael Cardona?

De entrada: que para ser periodista hay que hacer buena literatura exprés.

Que hay que combinar prisa con prosa.

(Muchos sólo tienen lo primero).

Que sin buena ortografía y excelente redacción no hay futuro posible.

(Aunque en las redes lo que abundan son los analfabetos funcionales).

Y algo más: las crónicas y las columnas se escriben primero en la cabeza y luego se socializan en el papel.

O en el iPad.

Lo mejor es que al paso de los años, en una de sus columnas, Cardona citó una de mis crónicas con muy buenos calificativos.

Con eso me quedo.

Termino.

Las redacciones periodísticas —tal como las conocí— se acabaron.

Los Scherer y los Buendía están muertos.

Hoy lo que abunda —diría Christopher Domínguez Michael— es la cultura de la queja.

No hay lugar para la ironía.

El chillido y la mediocridad se volvieron los reyes de la noche.

El espectáculo del crimen (o de los asaltos, o de los choques, o de las violaciones) es lo que más vende.

(Si quieres brillar en sociedad, y tener decenas de miles de vistas, róbate un video morboso y súbelo a tus redes).

Un grito de Scherer o de Cardona en la redacción les ganaría, cuando menos, una denuncia por violencia política de género.

La hipersensibilidad genera idiotas.

(‘Los idiotas hacen hijos’, diría el viejo león del zoo en un brutal poema de Juan Gelman).

Bajen el telón.

El periodismo, como lo conocimos, es un cadáver pestilente en el Atoyac.

Lo nuevo es lo viejo: la mediocridad.

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