No recuerdo a ningún gobernador antes de Alejandro Armenta que haya tenido tanto interés en que los recursos federales y estatales sean correctamente aplicados tanto por sus funcionarios como por los presidentes municipales.
Desde La Mañanera poblana, el gobernador insiste constantemente en el tema.
Qué bueno.
Y es que hay alcaldes que tienen el complejo de Varguitas, personaje central de la película La Ley de Herodes, y que, fieles a una costumbre que proviene del pasado reciente, están convencidos de que los dineros públicos son dineros privados.
Es decir: suyos.
Las alcaldías han sido utilizadas, durante décadas, como la forma recurrente de enriquecimiento ilícito.
Y nadie se molestaba en auditar verdaderamente a los alcaldes.
Digamos que esos abusos vivían a la sombra de una normalidad enfermiza.
Y sólo se activaban las auditorías cuando se aplicaban como venganzas políticas para frenar aspiraciones electorales, o cosas por el estilo.
Mientras ese tema no estuviese en la mesa, los alcaldes podían hacer y deshacer sin la menor consecuencia.
Todo esto generó otro fenómeno: el de la reelección permanente.
Hay alcaldes que llevan cuatro periodos al frente de sus municipios con el argumento de que sólo buscan el bien de sus gobernados.
Falso.
En realidad, y eso ha estado muy a la vista, quieren engordar la panza y la cartera.
En todos esos casos, los presidentes municipales han salido millonarios y robustos.
También se da el caso de los que ya fueron alcaldes una o dos veces, y que ahora pretenden aspirar una vez más.
El partido es lo de menos.
Aunque no les importa ni les ruboriza ir de aquí para allá (de un partido a otro).
La vergüenza no forma parte de su disfraz democrático.
Buscan llegar a la Presidencia, sentarse en la silla, poner sus botas en el escritorio y abusar del erario.
Hoy por hoy, gracias al mensaje insistente del gobernador Armenta, las cosas empiezan a cambiar.
El “fuera manos” y el no a la Ley de la Milpa están generando resultados.
En consecuencia: el que quiera perseverar en la nefasta cultura patrimonialista tendrá que atenerse a las consecuencias.
Es cuanto.


