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domingo, enero 11, 2026

En memoria de un hombre sabio, bueno y sencillo

En memoria de un hombre sabio, bueno y sencillo

Cada vez que muere un hombre bueno, el mundo se va haciendo un lugar definitivamente más pequeño.

Un lugar ciertamente inhóspito y poco habitable, donde la envidia y el ninguneo tienen su reino.

Don Moisés Romero Beristain enfrentó a la maledicencia de su tiempo con una actitud francamente envidiable.

¿Qué le regateaban y envidiaban los eternos enemigos camuflados en el rostro de una aparente cortesía?

Su talento, pero también su gran memoria: una memoria en la que cabía un mundo organizado en leyes y decretos.

Una memoria generosa en la que habitaban constituciones, opiniones de juristas, y eso que se llama jurisprudencia.

Pero don Moisés no fue nunca un burócrata de la justicia.

Menos aún, un amanuense disciplinado y obediente.

El tufillo de la academia —a donde van a morir los dinosaurios y los elefantes— no lo contaminó, pese a que su sabiduría provenía de ese mundo ligeramente húmedo y polvoso.

Nuestro personaje era un hombre bueno y feliz, dueño de esas armas aparentemente domésticas, pero vitales.

Armas, pues, cruciales en la madurez y en la escalera de la vida.

Esa escalera, don Moisés la subió como se deben subir las escaleras: con emoción, pero sin prisa.

Y más: con la parsimonia de la que tan necesitada está la vida pública de este país.

Lo conocí a través de Alejandro Romero Carreto, su inteligente hijo, que es dueño también de una generosidad esculpida lentamente.

Sin prisas.

Tal y como lo aprendió de su querido padre.

Fuimos a comer los tres, y la charla fue una lección de sabiduría y de humildad.

Don Moisés no buscaba apabullar a quien tenía enfrente con su conocimiento desbordado.

Era generoso y discreto: mesurado.

Tal y como suelen serlo los pocos sabios de la comarca.

Estaba enterado de todo, pero dosificaba sus puntuales opiniones: un talento escaso en las conversaciones de esta época.

Algo más: escuchaba con una atención poco común: un ejercicio igualmente escaso en nuestra vida pública.

La charla, como toda buena charla, tuvo vino, comida y generosidad.

Salí con ganas de repetirla pronto.

Ya no nos fue posible.

Hace unos días, don Moisés cruzó hasta la otra orilla con la misma sabiduría y discreción que tuvo siempre: falleció mientras dormía.

Un epitafio sencillo será el mejor recuerdo de su vida: hizo el bien mientras vivió.

Que descanse siempre en paz.

Ya lo alcanzaremos en algún momento.

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