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miércoles, marzo 4, 2026

El primer sexo como referencia (historia de una pasión)

El primer sexo como referencia (historia de una pasión)

En mayo de 1976, yo estaba viviendo mis últimos días en la casa familiar que mis padres hicieron en la Ciudad de México.

En realidad, era un departamento metido en un fraccionamiento de BANCOMER muy cerca del mercado de Jamaica.

Ahí había tenido sexo por primera vez. También, ahí, en la pequeña sala, escribí mis primeros poemas en una Remington antigua.

El 4 de mayo de 1976 hubo luna creciente, y Jorge Ibargüengoitia escribió en la sección editorial del Excélsior de Scherer un artículo sobre un caso de la vida real:

Él iba caminando sobre la hermosa calle de Francisco Sosa, en Coyoacán, sin un quinto en la bolsa.

De pronto, un tipo que iba pasando lo saludó y le dijo: “Toda una vida sin vernos, Jorge”.

La respuesta fue hiriente: una respuesta en forma de pregunta.

Y es que, en lugar de compartir el entusiasmo del viejo amigo, Ibargüengoitia le dijo a bote pronto:

“¿No tendrás veinte pesos que me prestes?”.

Pocos días después, el 8 de julio, el presidente Echeverría le daría un golpe de mano a Scherer y lo echaría de la dirección del periódico.

Ese 4 de mayo, después de haber tenido sexo con Lucero en la azotea, estaba surgiendo en España un diario que habría de marcarme con el tiempo: EL PAÍS.

Franco había muerto en noviembre del 75 y España iniciaba una ruta hacia la transición democrática.

EL PAÍS, quién lo dijera, terminaría por ser un actor destacado de esa transición.

Y mientras el presidente Echeverría acababa con Excélsior, los primeros lectores de ese diario español estaban surgiendo.

Con los años lo descubrí y me convertí en lector asiduo de escritores como Manuel Vicent y Juan José Millás.

Sus prosas breves e intensas abrieron un horizonte para mí, convertido para entonces en lector ferviente de las novelas de Juan García Ponce y Salvador Elizondo.

En 1998, cómo olvidarlo, don Alejandro Manjarrez me entregó el Premio Froylán C. Manjarrez, consistente en una estancia breve en EL PAÍS, ubicado en la calle Miguel Yuste, en Madrid, España.

Un año antes, ese premio se lo había ganado Rodolfo Ruiz, para entonces mi jefe en el entrañable El Universal Puebla.

Era mi primer viaje a Europa.

Recuerdo cómo Roberto Rock, director de El Universal (El gran diario de México), me citó en su oficina de Bucareli 8 para darme, en nombre de Juan Francisco Ealy Ortiz, cinco mil dólares para dicha estancia.

Cosa curiosa: el día que llegué a Madrid (domingo 22 de febrero), mi hija Mariana (tan amada) estaba naciendo en México.

Los días que pasé en la redacción de EL PAÍS fueron brutales.

Miguel Ángel Bastenier (historiador, escritor y periodista) ya era una estrella en 1998 por su cobertura del conflicto árabe-israelí.

Además, era profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma de Madrid-EL PAÍS.

En esos días estuve como invitado a las mesas editoriales (las cocinas) que conducía Jesús Ceberio, director del diario, con los coordinadores de las diversas secciones.

Esa estancia confirmó mi amor por la lengua, ejercicio al que me hicieron adicto en los años setenta don Carlos Illescas, don Ernesto Mejía Sánchez, el poeta Juan Bañuelos y Juan José Arreola, entre otros.

Ahora que EL PAÍS está por cumplir cincuenta años, me siento, como lector leal y fiel, una parte minúscula de su historia.

Desde que lo leí por primera vez, no he dejado de hacerlo durante décadas.

Estas líneas son un pequeño homenaje a quien nos ha dado tanto sin exigir nada.

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