Marx Arriaga se amarra al escritorio de su oficina en la Dirección General de Materiales Educativos de la SEP.
Y ahí duerme, y oficia asambleas con los Comités para la Defensa de la Nueva Escuela Mexicana y sus Libros de Texto Gratuitos.
Está cansado.
Lo dicen sus ojeras y esos gestos de quien está sometido a un estrés profundo: expresión facial tensa, rigidez en el cuello y en los hombros, hinchazón facial, y una mirada francamente agotada.
Va de la impaciencia a la ansiedad con severos pasajes de ira.
Su lenguaje corporal es claro: está a la defensiva.
Cómo no hallarse así.
Y es que el viernes 13 de febrero, a las 12 del día, funcionarios del área jurídica de la SEP, acompañados de dos o tres policías de la Ciudad de México, llegaron a las oficinas del joven Marx para anunciarle que tenía que abandonar las instalaciones de lo que fue su búnker desde febrero de 2021.
Marx desafía a los funcionarios y a los uniformados.
A éstos les pide que le pongan las esposas en las manos, que agredan a quien diseñó los libros de texto gratuito de la Nueva Escuela Mexicana.
“¡Soy obradorista!”, grita, mientras se dirige a su oficina custodiado por funcionarios y policías.
Una cámara lo sigue y transmite vía Facebook la toma del Palacio de Invierno.
No es Lenin, es Marx el que entra en resistencia y les advierte a los abogados del Jurídico que sólo se irá una vez que le presenten el oficio de despido.
A falta de eso, el joven Marx les dice que no abandonará las instalaciones (ni el salario) y que técnicamente se pondrá en resistencia.
Y así lo hace.
A las cinco de la tarde ofrece una conferencia de prensa en la que acusa de corrupción (y de querer acabar con la Nueva Escuela Mexicana) a Mario Delgado y a Noemí Juárez, secretario y subsecretaria de Educación Pública).
Una y otra vez reivindica el obradorismo al enfatizar que no permitirá la privatización de la SEP.
Al contrario: llama a refundarla, a quitarle su carácter burgués y a echar a los espurios.
Sólo así, dice, me iré de esta oficina.
Y titubea cuando una reportera le pregunta si ha visto a López Obrador.
“Ehhh… no lo he visto”, dice con una sonrisa brutalmente sardónica.
Las barricadas metafóricas han sido montadas.
Su aliado principal, Sadi Loaiza, exfuncionario de Nicolás Maduro, está con él.
Y cantan el “No nos moverán” de las manifestaciones públicas.
En Facebook, un maestro advierte: “¡No despierten al tigre!”.
Y subraya que el verdadero tigre es el magisterio mexicano.
“¡Habrá manifestaciones para defender la Nueva Escuela Mexicana!”, juran otros profesores.
Alguien recuerda en Twitter que, en su momento, el joven Marx echó con la fuerza pública a quienes disentían de sus planes para reformar la educación en México.
“Los humilló a gritos y con los uniformados”, agrega esa voz.
Guillermo Núñez, en Nexos, recuerda cuando Arriaga despidió y humilló a Daniel Goldin de la Biblioteca Vasconcelos y le pidió que bajara uno de los escritorios al sótano.
Ufff.
La guerra de guerrillas entra en su fase mayor la noche del viernes durante la asamblea vía Facebook.
Se oyen advertencias, tambores de guerra y toda clase de amenazas.
El pueblo obradorista de Marx está en pie de guerra.
Al día siguiente, Mario Delgado confirma que Marx está afuera de la SEP y que él ya sabía que el viernes tendría que abandonar su oficina.
Dice más (usurpando funciones del titular de Relaciones Exteriores): “Incluso le ofrecimos una embajada en algún país latinoamericano, pero no aceptó”.
La presidenta Claudia Sheinbaum, por su parte, jura que la Nueva Escuela Mexicana no sufrirá cambios, aunque en ningún momento menciona a nuestro personaje.
¿Y cómo reacciona Beatriz Gutiérrez Müeller, quien lo llevó a esa posición luego de que Marx fue sinodal suyo en su examen profesional de doctorado?
Nada.
Habla de otros temas en su cuenta de Instagram.
Por ejemplo:
De la muerte del investigador Pedro Hernández Ornelas, quien trabajó en el Instituto Ponchito de la BUAP.
Y más:
Sube el video de unos niños creando con sus cuerpos la imagen de un panda gigante.
No más.
No menos.


