Uno de los hombres más cercanos a Carlos Manzo, alcalde de Uruapan asesinado por el crimen organizado, fue uno de los que participó en su entrega.
Es la historia de siempre.
Detrás de cada víctima política suele haber un traidor.
O varios.
Maduro y su esposa fueron entregados por algún alto personaje del Chavismo.
No es novedad.
Su cercanía les da armas para negociar.
Es el caso del jefe de Protocolos de Manzo, Samuel García Rivero, quien poseía información sensible sobre la agenda, horarios y desplazamientos del alcalde asesinado.
Este personaje, adicto a la coca, ya había tensado y desgastado su relación con él.
La coca, hay que decirlo, es una de las drogas que sube al cielo a quien la consume, pero luego lo baja al infierno.
En ese sube y baja, el crimen organizado detectó dos cosas: su brutal cercanía doblada de una brutal adicción.
Muchos políticos mexicanos son consumidores de cocaína.
¿Por qué lo hacen?
Porque el poder libera dopamina y activa el sistema de recompensa del cerebro.
(Lo mismo hace la coca).
En estos subidones naturales, hay políticos que buscan perpetuar esa satisfacción a través de la droga.
Eso los lleva un estado de euforia brutal.
El problema es que la adicción (al poder y a la coca) se va incrementando hasta que se vuelve insostenible.
(He conocido a cada hijo de familia…).
Eso le pasó al jefe de Protocolos de Carlos Manzo.
Quienes lo conocieron —hoy está en prisión— juran que sus aires de insuflación iban al alza.
En ese estado de euforia, se volvió rehén del crimen organizado.
Y más: se sintió en libertad de entregar al alcalde de Uruapan.
¿Qué le dieron los mafiosos?
Dos grapas de cocaína.
Algo así como dos gramos.
Seguramente tuvo otros beneficios.
El traidor siempre busca recompensa.
Hoy que está en la cárcel en espera de una sentencia, que seguramente será elevada, es casi un hecho de que es víctima de tres resacas: la de la coca, la del poder y la del remordimiento.
Roma no paga traidores.
Tampoco el crimen.


