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lunes, marzo 23, 2026

Tamám Shud

Tamám Shud

Lo recogí con una ligera extrañeza. Había un libro en medio de la banqueta, cerca de mi coche; se titulaba “Rubaiyat” de Omar Khayyam. No lo abrí de inmediato, lo llevé conmigo pues no pensé que ese objeto, tan ordinario, estaría conectado con un asesinato sin resolver.

De aquello me enteré conforme los días pasaban. Lo primero que sabía del caso fue gracias a una conversación con la dependienta en la tienda que frecuentaba. Me comentó que una pareja había visto a un hombre tirado sobre la arena, probablemente borracho pues llevaba un con traje puesto. Al día siguiente seguía en el mismo sitio, pero sin vida.

Desde ese momento el caso empezó a propagarse por todo el sur de Australia. Conforme pasaban los días, la policía fue añadiendo detalles que empezaban a darle un tono más serio. Habían publicado que el hombre no tenía identificación, su ropa estaba impecable y curiosamente no había etiquetas en sus prendas. Se le conocía como “El hombre de Somerton”, pues seguía sin identidad. También comunicaron sobre un pequeño papel con dos palabras: “Tamám Shud”.  Estaba en un bolsillo secreto y al parecer era un fragmento recortado de un libro.

Aquello me hizo abrir el ejemplar que encontré, las páginas pasaban velozmente por mis dedos. Tratando de visualizar aquel recorte faltante. Pensaba que podría ser la pieza extraviada para dar con el culpable o finalizar el caso. Pasé otras 20 páginas. Entonces, paré un instante, ¿y el asesino me había dejado el libro “casualmente” cerca de mí? ¿Acaso estaba siendo observado? Hojeé todas las páginas y no ví nada faltante. Tomé un respiro para calmarme. Al abrirlo de nuevo, sabía que era aquel libro que buscaban. Accidentalmente apareció ese espacio en la página faltante.

Y en la contraportada había un listado de letras titulado “Código Q”:

WRGOABABD

MLIAOI

WTBIMPANETP

MLIABOAIAQC

ITTMTSAMSTGAB

Solo la segunda línea se encontraba tachada. Seguía sin poder creer en lo que sostenía, era una prueba. Y en ella mis huellas estaban plasmadas. La mañana siguiente, tras un debate interno, lo entregué a la policía. Confiaba en que descifrarían el código y no sospecharían de mí.

No fue así, no había respuesta alguna sobre la clave cifrada. Solo chismes entre los ciudadanos y medios de comunicación que de alguna manera se enteraron de que yo tenía un libro vinculado al caso. Estaba cansado de la situación, no me agradaba verme involucrado en un crimen.

La prensa presionó a los detectives, obligándolos a liberar más información, no solo sobre los códigos. Los periódicos eran un torbellino de información. Mencionaron a una posible sospechosa a la que habían estado interrogando, se trataba de una enfermera. Su número telefónico se encontró en las pertenencias del Hombre de Somerton.

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