24.5 C
Puebla
jueves, enero 8, 2026

Suertuda

Suertuda

Antes de las vacaciones de diciembre tuvimos una junta en la escuela de mi hijo. A punto de concluir, mi esposo preguntó sobre el lunch, ya que él suele prepararlo. La guía lo escuchó con atención y, al final, me soltó un qué suertuda.

Mi esposo es chef, así que para nosotros siempre ha sido lo más normal del mundo que él cocine la mayoría de las veces. Yo, en cambio, cuando me toca hacer algo, me aviento lo más básico: nada gourmet, nada que merezca fotografía. Pero ese suertudase quedó flotando.

Mi esposo también lo notó. Se quedó pensando y, ya en la casa, me preguntó por qué la guía me había dicho eso. Le expliqué que, generalmente, en México las mujeres son las que se encargan de cocinar y de todo lo relacionado con los hijos. Que ahora las cosas van cambiando, que hay papás más involucrados, sí, pero que sigue siendo normalque esos menesteres recaigan en las mamás.

Pasaron unos días y, cerca de donde vivimos, hay un altar a la Virgen. Unas señoras ya mayores estaban arreglando todo para la misa del 12 de diciembre. Caminábamos frente a ellas cuando le pidieron de favor a mi esposo que las ayudara con una extensión que no alcanzaban a conectar. Al final resultó ser un problema eléctrico menor que mi marido arregló en cuestión de minutos.

Y entonces vino otro qué suertuda. Pues en la plática se enteraron que sabe de electricidad, plomería y carpintería.

Otra vez mi esposo se quedó desconcertado. Me dijo: Pero es que eso es básico, solo es conectar unos cables. ¿Cómo un hombre no va a saber hacer algo así?

Y lo más curioso es que hemos normalizado todo eso. No solo que los hombres no sepan cambiar un foco o arreglar una conexión eléctrica, sino que tampoco laven trastes, ropa o pasen una escoba. Seguimos aferrados, casi sin darnos cuenta, a ese viejo pacto tácito: ellos proveen y las mujeres, además de aportar dinero, llegan a la casa a limpiar, cocinar y hacerse cargo de todo lo demás.

Tal vez no podamos exigirles que reparen una instalación eléctrica, pero sí que echen la ropa a la lavadora, la tiendan, doblen lo que ya está limpio, agarren una escoba o un trapeador. Esos básicos que no quitan hombría, no desgastan el carácter y, curiosamente, tampoco requieren talento especial.

Y si seguimos así, al rato me van a decir que soy suertuda porque no me golpea, porque no tiene una amante o porque es un buen padre. Como si lo normal fuera motivo de celebración. Como si cumplir con lo básico fuera una hazaña digna de aplauso. Y entonces me pregunto por qué tantas mujeres terminamos conformándonos con menos de lo que merecemos.

Y ahí fue cuando caí en la cuenta de que, para mí, tampoco era extraño. Yo crecí viendo a mi papá acostado en el sillón, leyendo el periódico, sin mover un solo dedo para arreglar nada en la casa. Jamás lo vi lavar un traste o barrer el patio. Tenía, eso sí, las manos suavesde hacer absolutamente nada.

Ahora que lo veo con su nueva esposa cocinando, lavando platos y cortando el pasto, incluso me parece raro. Como si lo hubieran cambiado por otro modelo.

Nunca me había detenido a pensar en eso. En que pagamos electricistas, plomeros y carpinteros no solo porque no sabemos, sino porque durante años fue perfectamente aceptable que los hombres no supieran ni quisieran aprendera hacerse cargo de su propia casa. Ni de su comida. Ni de sus hijos.

Y entonces pensé que quizá no es que yo sea suertuda. Quizá simplemente vivo con un hombre funcional y decente, que entiende que compartir la casa no es ayudar, sino hacerse cargo. Y eso, no debería ser un golpe de buena suerte, sino el punto de partida.

Notas relacionadas

Últimas noticias

Lo más visto