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lunes, febrero 16, 2026

Se quitó los calcetines de rombos rojos y echóse a dormir (Crónica de una rebelión)

Se quitó los calcetines de rombos rojos y echóse a dormir (Crónica de una rebelión)

🦧 NUNCA HABÍA VISTO UNA PELÍCULA tan patética como la que está representando Marx Arriaga, el José Vasconcelos de la 4T. Vasconcelos era un hombre brillante, hasta que torció el rabo. (Se volvió puritano, mocho y protofascista). Este Marx —tan lejano al verdadero: el viejo Karl moliendo y derritiendo en la marmita los diversos metales mientras su mujer hervía las cebollas (Antonio Cisneros dixit)— es demasiado rupestre hasta para tomar una oficina: la que fue suya hasta eso de las dos de la tarde de este lunes, cuando Mario Delgado nombró a una excelente poeta indígena en su lugar.

 

🦍 NUESTRO MARX, EL QUE LLEGÓ POR LA GRACIA de Beatriz Gutiérrez Müeller a maquilar unos patéticos libros de texto gratuitos, se sintió Lenin en el asalto del Palacio de Invierno (lo que dio pie al triunfo de la primera revolución obrera y socialista), y una vez puesto en armas actuó como el cura Hidalgo, quien, Ibargüengoitia dice, tras dar el grito de Independencia —aún con un estandarte en las manos de La Virgen Prieta—, él y sus seguidores no encontraron dónde encerrar a los españoles, decidieron llevarlos a la cárcel, y celebraron su primera victoria en una barrica de vino agrio.

 

 

🍾🍾🍾 ESO MISMO HIZO NUESTRO YA NO TAN JOVEN MARX: se refugió en su oficina, se quitó los zapatos y los calcetines de rombos rojos, se enrolló en una manta y se bebió junto con su asesor venezolano —hijo político de Nicolás Maduro— un ron venezolano (Santa a Teresa, de mil quinientos pesos) con Coca Cola, pero sin hielos. (No había). Luego, tras terminarse dos botellas, echóse a dormir en el único sillón de la que fue su oficina. Así ha venido repitiendo ese ritual, por lo que no ha podido bañarse desde el viernes, pues en las oficinas de la SEP de avenida Universidad 1200 no hay baños con regadera, salvo el que tiene Mario Delgado en su oficina, pero no lo presta.

¿Cuándo se irán de ese lugar, convertido en una olorosa barricada, nuestro ya no tan joven Marx y sus huestes venezolanas? La duda mata, y ofende.

 

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