18.9 C
Puebla
lunes, marzo 16, 2026

Para quienes no te dejan hundirte

Para quienes no te dejan hundirte

Tras la pandemia —como a tantas familias— nos costó muchísimo volver a levantarnos. No es que ahora estemos aventando billetes por la ventana, pero al menos, como dice mi esposo con alivio, ya logramos sacar la cabeza del agua. Hubo meses en los que ni siquiera eso parecía posible.

Más de una vez la crisis fue tan seria que literalmente no teníamos ni para comer. Tuvimos que aguantarnos el orgullo y pedir fiado en las tienditas para conseguir jamón y huevos, con tal de que al menos nuestro hijo tuviera algo en el estómago.

Hasta la fecha sigo preguntándome cómo lo logramos.

Me imaginaba atrapada en una bola de nieve: lograba sacar un brazo, pero el resto del cuerpo seguía enterrado. Conseguía liberar una pierna… y para entonces el brazo ya estaba otra vez dentro. Así se sentían esos días: un esfuerzo enorme para avanzar apenas unos centímetros.

Estábamos lejos de mi familia. Y aunque hubieran estado cerca, la verdad es que la crisis nos pegó a todos. Amigos no teníamos: acabábamos de llegar a una ciudad nueva donde todavía no habíamos tenido tiempo de sembrar afectos.

Bueno… sí teníamos una “amiga”.

Lo pongo entre comillas porque, en cuanto vio que la desgracia nos acompañaba, salió corriendo. Nos dio la espalda, se burló y empezó a exigir pagos que no es que no quisiéramos hacer, simplemente no podíamos. Era imposible. La realidad era esa: o comíamos o pagábamos.

Lo que más ruido me hizo fue pensar que con esa “amiga” compartí muchísimas cosas. Trabajos, conciertos, idas al cine y conversaciones interminables. Todo lo que una cree que es el material del que se hacen las amistades duraderas.

Pero en cuanto me vio —no sé si exagero al llamarlo así— en la miseria, prefirió desaparecer y dejarme sola, con mi esposo y mi hijo a cuestas, en un lugar que aún no conocíamos.

Me acordé de todo esto hace poco, cuando me reencontré con alguien con quien trabajé hace años. Una podría decir que apenas fuimos compañeras de trabajo. Nada más.

Y sin embargo, fue ella quien apareció cuando más lo necesitábamos.

La vida tiene esas ironías: te golpea por un lado y te consuela por el otro.

Aunque nuestras vidas tomaran caminos distintos, nunca dejamos de buscarnos de vez en cuando.

Fue la última persona de la que hubiera esperado ayuda económica. Y sin embargo, fue quien me ofreció un préstamo. Y lo hizo sin cobrarme.

Cuando nos volvimos a ver, lo primero que hizo fue preguntarme si ya estábamos mejor. Si la situación económica había mejorado. Y antes de despedirnos volvió a ofrecer su ayuda, por si algún día la necesitábamos.

Entonces me dijo algo que todavía me resuena:

—Hay personas que nunca han pasado hambre. No saben lo que es estar sin un quinto. Yo sí sé lo que es estar ahí… y por eso siempre te voy a apoyar hasta donde pueda.

No sé si ella dimensiona lo que significaron esas palabras para mí. Pero en estos últimos días —con un casero respirándonos en la nuca que prácticamente nos obligó a adelantar la mudanza dos meses y con la escuela de mi hijo pidiendo adelantos para la reinscripción—, en medio de pagos que parecen no terminar nunca, su apoyo y sus palabras fueron un abrazo para el alma.

Gracias a ella —y a dos personas más— volví a creer en los amigos.

En esos que no salen corriendo cuando la vida te está hundiendo.

Y entendí, por fin, ese viejo dicho que tantas veces escuchamos sin creerlo del todo: los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano… y todavía quedan dedos libres.

Notas relacionadas

Últimas noticias

Lo más visto