Escribo esta columna el día de mi cumpleaños: 24 de Marzo, con M de “mujer”, y también de machismo. Escribo en el marco del tan celebrado y discursivo “Mes de la Mujer”; marzo primaveral y colorido, aunque no siempre lo es. Quizá un poco (de)morado por las jacarandas, pero también por aquello de que no, ni al “8M”, ni a este 24 y ni siquiera al 31 de marzo “llegamos todas”.
No llegan las víctimas de feminicidio, las desaparecidas ni las jóvenes recientemente asesinadas… Aquí en Morelos, donde vivo desde hace unos años, recientemente 2 chicas estudiantes de la universidad del estado fueron asesinadas, con instituciones como la Fiscalía y la propia escuela en la que ambas estudiaban buscando deslindarse de lo que corresponde en torno a estos terribles casos.
Ellas apenas superaban la mayoría de edad, como muchas otras mujeres que se quedaron en una narrativa de equidad que se oye muy bien, incluso en ocasiones se siente, pero que no habla el mismo lenguaje a la hora de los resultados. Pero esta vez no nos vamos a escudar en las cifras que muchas veces también están disfrazadas. Lo peor del caso es que el discurso tampoco termina de integrarse dentro de la dicotomía de ser una machista-feminista: ‘fakeminista’ –dirían por ahí– y, si lo razono con la mente fría y el calor de la vergüenza, es que sí soy. (Como estoy segura que lo somos muchas que no siempre somos sororas y que nos hemos tardado bastante en aquello de la deconstrucción).
Como mujer violentada y que también ha ejercido violencia, poner en perspectiva el tema complica aún más la propia complejidad que tal fenómeno conlleva. Pero no hacer y/o externar nada también es abonar a la problemática. Entonces, ¿qué nos toca? Empezar por hacer consciente en nosotras mismas los micro y macro machismos que tenemos arraigados, así sea por legado cultural, romper esa delgada pero tensa línea es un gran primer paso.
Empezar por dejar de violentarnos a nosotras mismas y hacer que la famosa sororidad deje de quedarse solo en estas columnas o en los textos que consumimos y trasladarnos hacia la acción, aunque el paso sea incómodo. Primero, por supuesto, con nosotras mismas: sororidad para con nuestro cuerpo, con nuestras madres, hermanas, amigas… y con todas las demás mujeres cercanas, posiblemente aunque no formen parte de nuestros afectos o, quizá, ni siquiera de nuestra simpatía…
En los últimos meses, tristemente he sido testiga fiel (sí, con A, para seguir abonando al dilema género y lenguaje) de la envidia entre el mismo género; de la exclusión y la crítica en lugar de la integración. Entonces, si en lo cotidiano no somos capaces de llevar a la práctica el discurso del ‘women power’, ¿cómo exigimos al otro, otr@s, otres, la construcción de un entorno más integrado y respetuoso?
Por fortuna y en la otra cara de la moneda, en lo que me es más próximo, cuento con una red de importantes mujeres que me han sostenido en las malas y las peores, en la cercanía y a la distancia, quizá incluso ellas sin saberlo, pero me siento orgullosa de poder contarlas con los dedos de ambas manos. A todas ellas que saben quiénes son: infinitas gracias. Y a muchas otras a quienes he agredido, ofendido o insultado de muchas formas, queriendo y sin querer: mis más profundas disculpas. Sí, muchas veces he caído hondamente en la repetición de expresiones, acciones y comportamientos reprobables y que es necesario concientizar, nombrar y visibilizar para poder ser parte de una nueva sociedad –aunque quizá utópica– a la que sí lleguemos todas, o al menos nos acompañemos cada vez más.
Mi regalo este año ha sido personal pero también para todas ellas: hacerme más consciente y responsable precisamente de mis micro (¡o macro!) machismos, de esas críticas y vicios que he perpetuado ya más de 40 años, en los que crecí, sí, pero que también –llegado a cierta edad– decidí omitir, porque duele, porque asusta o por simple costumbre, por eso la necesidad de poner voz o letras a todo lo que durante mucho tiempo mejor callamos. Y entonces, desde el silencio también lo seguimos perpetuando.
Apenas la semana pasada, una noche caminando con mi hermana, pasamos un momento de terror pero que por fortuna terminó en risas. El susto de que un joven nos abordara corriendo y el no saber qué hacer al darnos alcance, si esperar o salir corriendo, provocó esa descarga de adrenalina que más de una vez he sentido en alguna situación similar y con la que te acostumbras a vivir, porque así como ha sido solo para preguntar por alguna dirección también lo ha sido para escuchar alguna sandez o para recibir una nalgada. ¿Es en serio que merecemos vivir con esa sensación por una cuestión de género? Porque el hecho de vivir con miedo solo por el hecho de ser morra es un trago amargo que todas compartimos, sin distinción de clases, entornos o edades y, precisamente por eso, deberíamos ser más aliadas en lugar de enemigas.
Hasta aquí el hilo de ideas que pasaron por mi cabeza desde ese extraño capítulo, pensando no solo en el miedo sino en todas las mujeres que ya no están, en las manifestaciones de familiares pidiendo que sean regresadas con vida, en los comentarios absurdos de muchos –tanto hombres como mujeres encerrados justamente en el machismo– que piden paciencia y guardar formas (¡alguien quiere pensar en ‘los monumentoooos’), ante ataques cada vez más brutales, casi monstruosos… así, como si fueran nimiedades. Ante todos estos absurdos, ¿feliz cumpleaños a mí?

