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lunes, marzo 23, 2026

Moverse también es un derecho

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Hay derechos que parecen obvios… hasta que se miran desde la experiencia de las mujeres. Moverse es uno de ellos.

Porque, en teoría, trasladarse debería ser simple: ir de un punto a otro. Pero para muchas mujeres, moverse implica algo mucho más complejo: calcular riesgos, cambiar horarios, modificar rutas, evitar calles, compartir ubicación en tiempo real, pedir compañía, mirar hacia atrás… y aun así, seguir cuidando.

Cuando una mujer no puede moverse con seguridad, no solo se limita su trayecto: se limita su acceso al trabajo, a la educación, a la salud, a la participación pública y a una vida digna. Los datos lo confirman.[1]

En poco más de un siglo, las mujeres pasaron de representar apenas el 6% de la población económicamente activa a casi la mitad. Sin embargo, ese avance no ha venido acompañado de condiciones igualitarias.

La razón es estructural: la movilidad de las mujeres no puede separarse de la economía del cuidado.

Hoy sabemos que ellas dedican, en promedio, 40 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados, mientras que los hombres destinan 16. Además, el trabajo no remunerado representa el 26% del PIB, y las mujeres generan el 73% de ese valor.

¿Qué significa esto en la vida cotidiana?

Que las mujeres no se mueven solo para sí mismas. Se mueven cuidando. Se mueven para llevar a sus hijas e hijos a la escuela, para acompañar a personas mayores, para hacer compras, para resolver pendientes del hogar, para enlazar jornadas laborales con responsabilidades domésticas. Su movilidad no es lineal. Es fragmentada, encadenada, exigente.

Las mujeres no solo recorren la ciudad… la sostienen. Y lo hacen, muchas veces, en condiciones desiguales. Hoy persiste una brecha salarial del 13%, y más de la mitad de las mujeres trabaja en la informalidad. Esto significa menor ingreso, menor seguridad social y menos oportunidades.

En ese contexto, la movilidad no es un tema accesorio. Es una condición para la autonomía económica. Porque si una mujer no puede trasladarse de forma segura, accesible y eficiente, difícilmente podrá estudiar, trabajar o sostener su vida cotidiana en igualdad de condiciones.

La desigualdad también se recorre. Y muchas veces, se recorre con miedo. Ese miedo tiene causas reales. La violencia también ocurre cuando una mujer reorganiza su vida alrededor del riesgo: cuando deja de usar ciertos transportes, cuando rechaza oportunidades por la distancia, cuando gasta más para sentirse “menos insegura”, cuando decide no salir.

Eso también es exclusión y desigualdad. La seguridad de las mujeres comienza en el trayecto: en la banqueta, con calles iluminadas, en la parada del transporte, en la posibilidad de moverse con niñas, niños o personas dependientes sin sentirse expuestas.

Desde esa perspectiva, la Alerta de Violencia de Género no puede entenderse únicamente como una reacción frente a la violencia extrema, más bien, como una oportunidad para revisar las condiciones estructurales que limitan la libertad cotidiana de las mujeres.

Hoy podemos pensar en sistemas de transporte que reduzcan tiempos, acerquen oportunidades y conecten territorios históricamente marginados, no solo como una apuesta por la movilidad: también por la igualdad.

Proyectos que elevan la mirada —literal y simbólicamente— pueden abrir nuevas rutas para miles de mujeres que hoy ven limitado su acceso al trabajo, a la educación o a los servicios por las condiciones de sus trayectos cotidianos. Porque cuando una ciudad se conecta mejor, también redistribuye oportunidades. Y cuando se diseña con perspectiva de género, deja de exigirle a las mujeres que se adapten al miedo, y empieza a construir entornos que garanticen su libertad.

México y Puebla han cambiado. Las mujeres estudian más, participan más en la vida económica, postergan decisiones de vida y ocupan cada vez más espacios públicos. Por eso, incorporar la perspectiva de género en la movilidad no es un añadido. Es una condición para la justicia.

La pregunta no es si debemos cambiar la forma en que diseñamos nuestras ciudades. La pregunta es cuánto tiempo más vamos a seguir ignorando la experiencia de quienes las sostienen todos los días.

Porque mientras una mujer tenga que planear su vida alrededor del miedo, la igualdad seguirá siendo incompleta. Y porque una ciudad verdaderamente justa no es aquella donde las mujeres aprenden a sobrevivir, sino aquella donde pueden moverse, cuidar, trabajar, estudiar y volver a casa con libertad, con seguridad y con dignidad.

[1] Todos los datos cuantitativos en esta columna fueron obtenidos de: Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO). (2026). Mujeres en la economía: 100 años de datos. IMCO.

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