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domingo, febrero 22, 2026

Más cerca del infierno

Más cerca del infierno

Desde el corredor de la muerte esperé mi encuentro con él, sé que mi destino será el infierno porque renuncié al amor y a la felicidad hace mucho tiempo… de eso no quise hablar ni con la prensa. Fueron a la prisión a entrevistarme, todo el mundo estuvo interesado en mí. Afuera se escuchaba mi nombre, los gritos de mujeres que hubieran hecho lo que fuera por estar conmigo. Como Doreen Lioy, quien después de casi 80 cartas y durante 11 años de noviazgo logró ser mi esposa.

Mi mente fue una interrogante que todos querían descubrir, pues estoy en la lista de los asesinos seriales más famosos de todos los tiempos.
Cómo inició esto, aún no lo comprendo. Podría culpar a mi primo pues a los 12 años me mostró a mujeres vietnamitas violadas por él, incluso presencié cómo asesinó a su esposa. Jamás olvidé el sonido del disparo junto con las gotas de sangre saltando sobre las paredes.

Nunca creí que existiera algo totalmente puro, pues todos tenemos cierta maldad dentro.
¿Por qué la gente se sigue alarmando tanto cuando escucha mi nombre? No creo que ellos siempre hayan sido amables, no creo que ellos no hayan querido hacer muchas veces lo que yo hice o más.

Mis primeros delitos empezaron a los 13 años, solo robaba.
Después vino el impulso, la adrenalina, el gusto por el poder. Ese poder de decidir quién vive y quién no y cómo arrancarle la vida a alguien.
Acechaba a mis víctimas desde lejos en su propia vivienda, donde se suponía que debían estar seguras. Era su hogar con chimeneas calientes, confortables habitaciones y teléfonos a la mano. Sin embargo, al dormir la maldad llegaba a su cama y yo tenía la decisión final, nadie me detuvo.

Reconozco que, el miedo ajeno se volvió mi droga favorita. Descubrí que el silencio de la madrugada era cómplice y que las ventanas abiertas eran invitaciones al pecado, a la locura, a mi encuentro con el mal. A partir de ese momento en Los Ángeles se comenzaron a colocar protecciones en las ventanas.
Mi existencia transcurrió sin empatía alguna. La maldad por la maldad, germinada en mi infancia por el abuso de mi padre y mi primo, ellos, mataron mi inocencia a muy corta edad.

Sentía mi poder en el segundo exacto en que alguien comprendía que iba a morir. Ese instante era mío y como único cómplice el demonio, yo era devoto de él porque, en su mundo no hay hipocresías, tal como lo comenté a un periodista.

El pasillo de la muerte fue un terreno distinto, fue un sitio que dejaron para mí, el lugar al que pertenecí durante veinte años.
Me sentía orgulloso cuando los periódicos repetían una y otra vez mi rostro, pero, ya no podría decidir a quién quitarle la vida ni cómo. Ahora ellos habían decidido por la mía, fui condenado a pena de muerte. Lo único que comenté fue: “No es para tanto, la muerte es parte del destino. Nos vemos en Disneyland”.
Aunque la pena de muerte nunca llegó, morí en el Hospital General Marin en Greenbrae a causa del cáncer.

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