En la cartografía imaginaria de las Relaciones Internacionales, ciertos académicos han situado el centro gravitacional del mundo en los Balcanes: aquella región que, desde tiempos inmemoriales, fue concebida como el gran umbral entre Oriente y Occidente, la bisagra viva de dos civilizaciones. Esta aseveración geográfica hunde sus raíces en la época áurea de la ruta de la seda y se prolonga hasta el esplendor imperial de Roma. Sin embargo, la modernidad ha transformado ese puente en frontera ambigua: esta zona del Este europeo es percibida hoy, con frecuencia, como el flanco de la otredad, el Occidente postergado, la otra Europa, ese “Este que es en realidad aquel”. Los países que en algún momento constituyeron la arquitectura política de Yugoslavia —junto a otros que tampoco hallan acomodo preciso en los mapas de la certeza— son considerados parte de los Balcanes. Y lo cierto es que, en medio de toda esa indefinición constitutiva, ninguna convención académica ni diplomática ha logrado trazar de manera definitiva e irrefutable los límites de esta región tan debatida como amada. Como escribió el poeta serbio Jovan Dučić: Soy una gota de sangre de este suelo, / que sube desde la tierra buscando el sol. En los Balcanes, hasta la identidad es una pregunta en suspenso.
Si mi palabra tuviese algún valor geográfico —impregnada de esta pasión que me habita desde la infancia—, diría que existen seis países balcánicos incuestionables, y varios más que se incorporan desde la cultura y las políticas eurocentristas del federalismo comunitario. Sin titubeos, aquellas que bajo una perspectiva personal pertenecen a los llamados “Balcanes”, son las ex repúblicas yugoslavas: Serbia, Montenegro, Croacia, Bosnia, Eslovenia, Macedonia y la siempre disputada Kosovo. Y convergiendo en el hallazgo cultural: Hungría, Rumanía, Bulgaria, Albania y Grecia. Pero allí todo es un bemol, una acotación, un paréntesis. En los Balcanes la excepción no confirma la regla, es la regla misma. Para los occidentales, esto no pertenece a Occidente; para los orientales, dista demasiado del verdadero Oriente. Es esa indeterminación radical lo que define a la región.
¿Qué son, entonces, los Balcanes? Como sentenció el cineasta bosnio Danis Tanović, los Balcanes son el “No man’s land”: la tierra de nadie. Esa misma tierra que, como un eco de las trincheras, divide a los hombres sin pertenecer plenamente a ninguno. El poeta esloveno Edvard Kocbek —filósofo, teólogo y soldado de la resistencia— lo intuyó al escribir: Estamos en el centro de todo / y no somos nada todavía. Entre ese centro y esa nada se extiende, como un campo perpetuamente abierto, la tierra de nadie.
¿La tierra de nadie? Cabe interrogarse, con rigor y con asombro, si es posible que sea tierra de nadie una región conformada por seis o doce países, nueve idiomas, cinco religiones y una docena de etnias. La respuesta, inevitablemente, conduce a otra latitud: la de la literatura. Quizás sea esta, antes que cualquier otra cosa, la tierra de Ivo Andrić, Premio Nobel de Literatura en 1961 y autor de una de las obras capitales del siglo XX: El puente sobre el Drina —esa novela-río en la que la historia de Bosnia fluye durante cuatro siglos a través de la piedra de un puente otomano, testigo mudo de la violencia y la belleza que caracteriza a la región—. El propio Andrić escribió que todo lo que vive, muere; pero el puente no, y acaso esa permanencia del puente sea la mejor metáfora de una cultura que sobrevive, incansablemente, a sus propias ruinas. Es en la confluencia de esas dos obras —una literaria y otra cinematográfica— que esta columna encuentra su nombre propio: Tierra de nadie y del Drina.
No obstante, esta región de la denominada vieja Europa sí tiene dueño: es, más bien, un territorio de multipropiedad simbólica. ¿Quiénes son esos dueños? Centenares de artistas, fotógrafos, cineastas, pintores y, con mayor relevancia para esta columna, escritores de gran calado que han atravesado con su imaginación los grandes ríos navegables de la región —el Danubio, el Drina, el Sava—, además de la costa adriática, el mar Negro y el Mediterráneo. Los Balcanes son la tierra de Danilo Kiš, heredero de la magia metafísica de Borges según algunos críticos especializados, y también de Goran Petrović y Milorad Pavić, precursores del realismo mágico en la ex Yugoslavia. Este suelo merece ser contemplado como aquel que vio nacer a Vasko Popa, fundador de uno de los festivales de poesía más relevantes del mundo y maestro espiritual del Premio Nobel mexicano Octavio Paz. Popa, con esa voz que parecía extraerse de la tierra misma, escribió: El lobo en el interior del lobo / aullará eternamente / en el interior del mundo —versos que resuenan como un emblema de la condición balcánica: algo primitivo y eterno que late bajo las capas de la historia—. Esta misma geografía dio vida a Desanka Maksimović, cuya poesía de resistencia y duelo —especialmente su elegia “Krvava bajka” (“Fábula sangrienta”), escrita a raíz de la masacre de Kragujevac en 1941— la convirtieron en la voz moral de Serbia durante décadas. Los Balcanes también son tierra de Izet Sarajlić, el poeta “del vino y del amor” que transformó la cotidianidad en documento histórico. Él escribió desde el Sarajevo sitiado de la más reciente guerra en los noventa: Gracias al amor, no todo fue guerra —un verso tan breve como devastador—. Y, por supuesto, esta latitud es de igual manera la tierra originaria de Charles Simic, gran difusor del surrealismo en la poesía norteamericana, cuya obra estuvo permeada por la memoria de los Balcanes y a quien, de forma personal, tuve el privilegio de traducir en vida.
La tierra de nadie que Occidente niega y que Oriente distancia, se pronuncia con apellidos como Vinaver, Bor, Kocbek, Kovačić, Ristić, Dučić, Ćopić, Rakić, Dis o Jakšić. Nombres que, en su conjunto, constituyen un canon literario de magnitud continental, frecuentemente ignorado por las grandes academias europeas. Son estos, también los nombres y apellidos que han mantenido en pie a esta región, a pesar de tantos embates, guerras y bombardeos, como así lo vivió la actual capital de Serbia y antigua capital de Yugoslavia, Belgrado, ciudad que ha sido semidestruida dieciséis veces a lo largo de la historia, pero en todas aquellas ocasiones, ha vuelto, como fénix, entre los escombros más ruines.
El poeta montenegrino Njegoš escribió en su epopeya “La corona de la montaña”: Es más fácil morir con honor / que vivir en la vergonzosa ignominia —y acaso esa dignidad trágica defina el carácter de una región que ha hecho de la resistencia su más alta forma poética—. No puede olvidarse que, para los teóricos de las Relaciones Internacionales, el siglo XX comenzó en los Balcanes con el asesinato del archiduque austrohúngaro Franz Ferdinand a manos del serbio Gavrilo Princip, y culminó, igualmente en esta región, con el genocidio de Srebrenica en 1995 —perpetrado bajo el mando intelectual de un profesor y poeta llamado Radovan Karadžić— y con el bombardeo de la OTAN a Serbia entre marzo y junio de 1999.
En esa siniestra paradoja radica uno de los grandes dramas balcánicos, que la poesía y la barbarie han coexistido, con frecuencia, en el mismo individuo y en el mismo territorio. Lo cierto es que, si el mundo tiene un centro, quizás sea éste, el epicentro del sismo de la Primera Guerra Mundial, el secreto aún guardado de la Segunda, el Oriente que no es Oriente, el Occidente refutado, el rock que no fue rock y el comunismo más cercano al capitalismo. Como escribió Charles Simic: Somos los dueños / de cuanto ha sido olvidado.
Los Balcanes son, en definitiva, la tierra de nadie y también del Drina: de su gente, de su arte, de sus versos y estrofas, de sus cuentos y novelas, de la grandiosidad de una cultura que resguarda los más íntimos vestigios de “la otra Europa”.

