El mal uso de la tecnología:
Recién tuve que mandar a un perito a evaluar mi biblioteca porque la tengo en un departamento resentido por los sismos de los últimos años. Me dijo el hombre “qué hará con estos libros”. No sé qué le respondí, algo que no tenía nada que ver con la pregunta. “¿Sabe bien lo que tiene?”. No, ni en sueños. “Eso, todo eso de sus libreros cabe en una memoria de celular”. Miró un título y lo buscó en Google: lo halló inmediatamente: algo de Garatuza y Riva Palacio. Mire esto: un escritor de los más plagiados.
He revisado (no se lo dije a él) algunos títulos que han aparecido de autores e investigadores universitarios y he hallado, en efecto, miles de trampas muy cerca de su obra. Tampoco lo he dicho pero cuando trabajé en un medio de comunicación en la CDMX me familiaricé con un buscador que encuentra hasta lo que uno no busca. Hallé similitudes entre varias tesis de maestría y un texto sobre el siglo XIX que circula ―afortunadamente sin éxito― en los saldos de algunos puestos de libros de viejo en la UNAM.
Un dato extraliterario que puede ser mito: se da por verdad que el hombre pisó la luna echando mano de menos de la tecnología que ahora posee un teléfono móvil. El otro es que el hombre no fue nunca a la luna y todo fie grabado en el desierto de Sonora. Vaya a saber.
Lo que sí se puede hoy ―para regresar al tema― es ocupar información recabada a tesistas de maestría que a los asesores les interesa. Se ha vuelto común, normalizado y no penalizado, es lo peor. Y cabe en un celular.
Síntesis primaria: lo que la imaginación no da, se va a la basura de un clip y en un click.
Ahora que estuve checando lo relacionado al tema me enteré ―en mi barroca tierra― que en una facultad de humanidades se levantará un obelisco para denunciar los excesos de un investigador que piensa que los demás no lo han rastreado y sigue cometiendo tropelías.
Yo mismo he buscado coincidencias y las hay casi exactas.
En primer lugar los temas del autor de Martín Garatuza no podría leerlos en manos de la ignorancia sacrílega. Sólo la morbosidad me ha movido a acercarme, y de muy lejos.
Es sencillo y complejo: un obelisco espera a que ahí sean depositadas las tesis de los “asesorados” agraviados porque eso es el robo de ideas: un agravio, una vulgaridad.
No sé si el hombre fue a la luna con menos de la tecnología de la que cuenta ahora un celular actualmente, no sé si ahí se logre clasificar mi biblioteca. No lo sé. Pero seguiré investigando lo que pueda ―tampoco es prioridad― acerca de plagios a un Riva Palacio que no podrá interponer demandas. Igual habrán de llegarme tesis cuyo contenido firma un asesor acomplejado y sin éticos principios. Daré nombre, lo haré, claro que sí. Y muy pronto.

