🐓 HUBO UN PRESIDENTE MUNICIPAL TAN LADRÓN que hartó a los ciudadanos de tal manera que éstos entraron al Palacio, lo desnudaron, le pusieron miel en todo el cuerpo y lo llenaron de plumas de gallina. Una vez concluido este bonito proceso, lo sacaron a la calle, le pusieron un letrero que decía “soy un corrupto” y lo hicieron desfilar por todo el pueblo. Cuentan que el show duró horas, hasta que una cuadrilla lo llevó a la salida de la ciudad y lo sacó a la carretera para que nunca más volviera. Durante todo este acto surrealista, los cansados habitantes tuvieron a bien darle de nalgadas con sartenes y otros artículos de la tradicional cocina mexicana. Sobra decir que nuestro personaje tomó carretera con las nalgas curtidas y sangrantes.
🦃 ¿QUÉ FUE DE ESTE PILLAZO? Se refugió en la ciudad de Puebla, donde puso una tienda de abarrotes —cerca del Paseo Bravo—, misma que atendía su amable y bondadosa esposa, quien con fe samaritana le puso fomentos de árnica —durante los primeros días del éxodo— en las sufridas nalgas aporreadas. Cada vez que el gandul se topaba con uno de los ciudadanos del pueblo que saqueó, se hacía el disimulado y se tapaba el rostro para evitar algún desaguisado.
🦧🦍🦭 ESTE ALCALDE ERA ORIUNDO, hay que decirlo, del sufrido Huauchinango, y la escena que narro ocurrió en los años cincuenta. Es, faltaba más, absolutamente cierta. No busco dar malas ideas, pero hay tradiciones que tendrían que reconsiderarse —y salvarse— en aras de recuperar la memoria histórica. ¿Por qué los ciudadanos se han vuelto estúpidamente apáticos? Por diversas causas. Una: porque están convencidos de que la Cosa Pública y los alcaldes rateros son males necesarios. Dos: porque han visto tanto cochinero a lo largo de sus vidas que su capacidad de tolerancia se ha vuelto estúpidamente grande. Y tres: porque no quieren tener problemas con el paria en turno que se enriquece con recursos públicos. Primera está la tranquilidad personal—piensan— que la justicia. Dios los guarde, pues, en su seno.

