16.3 C
Puebla
domingo, enero 18, 2026

La voces…

La voces…

Desde niño supe que algo estaba mal en mí. Era adoptado y desde entonces siempre fui el “raro”. El niño que vuelve corriendo a casa para estar con su madre porque las burlas nunca paraban.

Cuando ella murió, no quedó nada. Lloré días enteros, pasaba horas en su tumba imaginando cómo es morir. Mi padre adoptivo también me abandonó, desde ese momento perdí personas con quién hablar.

Pensé que encontraría un lugar en el ejército, al menos tendría una forma de morir con sentido. Aprendí a usar armas para disparar con precisión y también aprendí que la disciplina no era para mí. Me expulsaron y volví a Nueva York.

Entonces empezaron los incendios poco después de visitar a mi madre biológica. Me contó sobre otro abandonó lo que me dolió aún más.

Sobrevivía con trabajos que no dejaban mucho dinero y con el poco que generaba compraba drogas e iba a fiestas, en una de ellas conocí a un grupo de satánicos y esa voz que siempre me acompañaba se hizo más fuerte, fue un demonio.

La voz se hizo más fuerte. Ya no susurraba: ordenaba.

Decía que no estaba solo, que había sido elegido.

A veces hablaba a través del perro del vecino.

Maté a mis padres una y otra vez a través de esas parejas desconocidas. Primero a la mujer. Luego al hombre. Al inicio había preparación, después ya no importaba. No había ritual, solo urgencia. Dejaba notas firmadas como el “Hijo de Sam”. Las voces me dijeron que ese era mi nombre. Al menos así sentía que tenía un origen.

—Ayúdame, mami— repetía en silencio.

Nueva York se volvió un mapa de sombras y yo aprendí a caminar dentro de ellas. Cada disparo era un intento de volver atrás, de borrar el momento exacto en que me quedé solo. Las voces prometían descanso, pero nunca lo daban. Después de cada muerte venía el mismo vacío, más grande, más frío.

No era odio lo que me movía. Era hambre. Hambre de pertenecer a algo, a alguien, a una historia que no empezara con el abandono.

Cuando me atraparon, no huí. No grité. No recé. Ya no quedaba nada que defender. En la celda, sin la noche, sin el perro, sin las voces, entendí lo único que siempre evité aceptar:

No era un elegido.

No era un demonio.

No era un mensaje.

Era solo un hombre vacío que confundió el dolor con destino.

Hoy me llaman el Hijo de Sam. Pero yo sé la verdad. Nunca fui hijo de nadie. Y ese fue, desde el principio, el verdadero crimen.

Notas relacionadas

Últimas noticias

Lo más visto