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lunes, marzo 23, 2026

La piel delgada del presidente de Huauchinango

La piel delgada del presidente de Huauchinango

En mi vida he conocido a muy pocas personas capaces de pensar, escribir y hablar con verdadera brillantez; dos de ellas marcaron profundamente, hace muchos años; mi forma de entender la palabra: Aldrin Lenin Gómez Manzanares y Mario Alberto Mejía.

Aldrin ya no está físicamente con nosotros, pero dejó una huella indeleble en quienes tuvimos la fortuna de escucharlo y aprenderle. Era de esas personas que no sólo decían cosas inteligentes, sino que lograban que los demás pensaran mejor. Su ausencia pesa, pero su legado permanece.

Mario Alberto, en cambio, sigue en activo. Y no sólo eso: escribe cada vez mejor. Ha encontrado un “sacapuntas” más fino, más preciso, más incisivo. Como los buenos tenistas, tiene la capacidad de responder al botepronto, con claridad, con ritmo y con una contundencia que no admite réplica fácil. Y eso —pensar rápido, escribir con precisión y responder sin titubeos— es justo lo que más incomoda al poder.

Porque hay gobiernos que toleran la crítica… hasta que deja de ser superficial. Hasta que deja de ser ruido y se convierte en argumento. Hasta que alguien, con oficio y con inteligencia, empieza a exhibir lo que otros preferirían mantener fuera de la conversación pública, ahí es donde la palabra deja de ser opinión… y se vuelve incómoda.

En ese contexto viene a cuento lo que ocurre en Huauchinango.

Su presidente municipal, Rogelio López Angulo, ha demostrado tener la piel particularmente delgada. Y eso, en sí mismo, no tendría nada de extraordinario: cada uno administra su tolerancia como puede. El problema es otro: olvidar que, cuando se ocupa un cargo público, la sensibilidad personal deja de ser un asunto privado.

Gobernar implica —entre muchas otras cosas— aprender a convivir con la crítica. Con la fundada, con la incómoda y, sí, también con la que viene cargada de adjetivos poco amables. No es opcional. Es parte del cargo.

Pero todo indica que al alcalde la crítica no sólo le incomoda: lo descoloca, lo aloca dicen en mi pueblo.

Porque más que responder con datos, resultados o argumentos —que sería lo esperable—, ha optado por una estrategia bastante más creativa: rodearse de una peculiar legión digital que aparece, con puntual disciplina, cada vez que alguien se atreve a cuestionarlo.

 

Una suerte de defensa “espontánea”, aunque con demasiada coordinación como para ser casual y demasiado obvia para no ser ridícula.

Cuentas que emergen, replican, atacan, descalifican y, en ocasiones, intimidan. Todas con un patrón común: el mismo tono, la misma línea, la misma urgencia por acallar cualquier crítica. Una coincidencia que, por supuesto, podría ser casual… o simplemente eficiente.

El fenómeno, visto con cierta distancia, tiene incluso algo de entrañable: un presidente municipal que no sólo gobierna mal, sino que también parece inspirar defensas anónimas de tiempo completo.

Lo que ya no resulta entrañable es cuando la crítica comienza a ser respondida con presión.

Porque ahí se cruza una línea.

Mario Alberto Mejía, desde su Quinta Columna, ha insistido una y otra vez en documentar lo que él mismo ha señalado como episodios de opacidad y prácticas cuestionables dentro de la administración municipal. No se trata de una crítica aislada ni de un arrebato momentáneo: es una línea constante, sostenida, incómoda, además lo hace desde el más fino humor negro, puntilloso, ardiente, poético.

Ricardo Heras, por su parte, desde su espacio de análisis, tampoco ha dejado de señalar lo que considera una evidente falta de oficio político. Y ahí es donde el asunto deja de ser anecdótico y comienza a volverse estructural.

Porque cuando las críticas provienen de distintos frentes, con estilos distintos, pero coincidiendo en el fondo, ya no estamos frente a un problema de percepción… sino de desempeño y no es que preocupe “Eco de la Red” pues es un espacio marginal en alcance, pero sorprendentemente activo cuando se trata de lanzar improperios, amenazas y descalificaciones contra quienes cuestionan al presidente municipal.

Uno de los episodios más recordados fue aquel derivado de las lluvias atípicas que golpearon a Huauchinango y dejaron a la ciudad en condiciones verdaderamente críticas. En ese contexto, la actuación del presidente municipal fue, por decir lo menos, desafortunada.

El momento alcanzó tal nivel de exposición que incluso, en un acto público, la propia presidenta de la República le hizo un señalamiento directo. No fue una escena menor. Fue una llamada de atención visible, incómoda y difícil de ignorar.

Y eso, en política, pesa.

Porque hay errores que se cometen en privado y se corrigen en silencio. Pero hay otros que quedan exhibidos frente a todos. Y esos, más que errores, se convierten en síntomas, síntomas de falta de preparación, de la falta de control y de la falta de oficio.

Pero quizá el problema de fondo no sea ese.

Quizá el problema real es que el poder, cuando no está acostumbrado a ser cuestionado, tiende a confundir la crítica con una agresión. Y en ese error, deja de escuchar, deja de responder y comienza a defenderse… incluso de lo que debería corregir.

Porque la crítica, bien entendida, no debilita al poder. Lo obliga a mejorar, lo verdaderamente preocupante es cuando un gobierno local intenta sustituir el debate por el ruido, el argumento por el ataque y la rendición de cuentas por la reacción.

Ahí ya no estamos frente a un problema de comunicación, estamos frente a un problema de concepción del poder, porque quien no tolera la crítica difícilmente podrá sostener el ejercicio del poder en condiciones democráticas.

Alguien debería advertirle al presidente municipal que confrontar a la prensa no es gobernar, que intimidar o amenazar a quienes cuestionan su gestión no sólo vulnera la libertad de expresión: puede constituir una responsabilidad legal.

Porque el poder se ejerce por un tiempo, pero las cuentas —esas— llegan después y suelen ser costosas; eso —más allá de cualquier sarcasmo— no es un asunto menor.

 

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