Hace un par de años, al fin conocí a mi suegro. Ocho años llevaba yo en relación con mi esposo y no había tenido el gusto de estrecharle la mano a ese hombre del que mi marido hablaba con tanto cariño y respeto. Y no decepcionó. Era, palabra por palabra, como lo describió.
Vivimos unos meses en su casa, cerca de Toulouse, en Francia. Desde que nació mi hijo, él había acondicionado un cuarto exclusivamente para nosotros. Es decir, llevaba años esperándonos. La recámara estaba junto a su oficina, así que mi esposo pasaba ratos enteros curioseando entre fotos y papeles. Un día encontramos una carta. Era de su vecina. Mi esposo le preguntó: si vive al lado, ¿por qué escribir en vez de tocar la puerta?
La cara de mi suegro al hablar de ella fue de un hartazgo elegante, muy francés. Nos enseñó la carta. Era una fotografía de un árbol de su jardín, con una cinta métrica marcando que había excedido los tres metros. Venía acompañada de un artículo del código civil (o algo así) donde se argumentaba que dicho árbol le tapaba una ventana y, por tanto, debía ser podado.
Como era de esperarse, la carta no era el primer capítulo: ya había habido visitas constantes de la vecina solicitando la tala. Nosotros nos moríamos de risa. Nos parecía absurdo que alguien invirtiera tanta energía en un árbol que no era suyo, que no le estorbaba realmente, pero que simplemente le incomodaba.
No era un caso aislado de una señora latosa.
Mi suegro trabajaba entonces en una imprenta. Los bomberos le encargaron unos calendarios; sobraron algunos. Él, en un acto de buena voluntad decidió regalarlos a sus vecinos para que iniciaran el año sabiendo, al menos, en qué día vivían.
Los vecinos los recibieron… y fueron a la central de bomberos a preguntar cuánto debían por ellos.
Los bomberos, sorprendidos, investigaron. En la imprenta, mi suegro explicó lo sucedido. La conclusión fue una reprimenda: pensaron que estaba lucrando con los calendarios. Así paga el mundo, cuando uno intenta tener una atención sin pedir factura.
Se le notaba el cansancio. En la cara, en la forma en que regresaba del trabajo después de jornadas que empezaban a las cuatro de la mañana y terminaban a las seis de la tarde. En la paciencia que se le iba agotando con la vecina del árbol, con los reclamos, con las minucias. En esa sensación de que la vida cotidiana se le llenaba de… pendejadas.
Un día decidió que prefería vender su casa. Ya no aguanta más a los vecinos.
“México no es mejor”, le dijo mi esposo. Y no es consuelo. Aquí también hay quien cree que ser vecino es vigilar, incomodar, invadir. Que la convivencia es una competencia de molestias: el ruido, el coche, la basura, la reja, la puerta… todo es motivo. No generalicemos, pero en ciertos rincones —digamos Puebla— no sabemos ser buenos vecinos.
Y vaya que nos ha tocado comprobarlo.
El último caso, le platico al hipócrita lector, es una joya.
Un perro callejero nos adoptó. Nos veía y corría emocionado a recibirnos. Nosotros, con la debilidad que provocan esas lealtades espontáneas, le correspondíamos: comida, caricias, afecto. Se volvió parte de nuestra rutina. Empezó a dormir debajo del departamento donde vivíamos y a acompañarnos a todos lados.
En temporada de frío lo veíamos enroscado, resistiendo como podía, y decidimos hacerle una casita. Un gesto mínimo de humanidad, pensábamos. Pero no: a cada vecino le “estorbaba”. La casa estaba en área común, sí, pero no bloqueaba entradas ni pasos. Aun así, todos tenían algo que decir.
No podíamos subir al perro por reglas del casero. Así que la solución de un vecino con muchos huevos y pocos argumentos fue sencilla: sacar la casita. Sin más. Sin preguntar. Sin importarle nada.
Me molesté, le reclamé y honestamente, le grité. A partir de ahí empezó el ambiente raro, el murmullo, el pequeño acoso cotidiano que termina por desgastar. Nos cansamos. Adelantamos la mudanza.
Y creyendo ingenuamente que cambiar de casa era cambiar de historia.
Llegamos a la nueva y, desde el primer día, una vecina nos recibió a gritos: que habíamos descompuesto la chapa, que no podía abrirle a su hija, que “los nuevos” ya estábamos causando problemas. Mi esposo llegó en ese momento, abrió sin dificultad, entró la hija… pero el enojo no se fue.
Tiene dos perritos pequeños que salen disparados, ladrando, a invadir cocheras ajenas y a dejar sus orines. Tres días seguidos encontramos pipí en la nuestra. Mi esposo alcanzó a ver uno en flagrancia y le pidió, con toda educación, que limpiara.
Y entonces apareció el perro atigrado, nos siguió y descubrió a dónde nos habíamos mudado. Entró a la cochera justo cuando los perros de la vecina salían sin correa, ladrando, como si defendieran una frontera invisible. El Rayado interpretó aquello como agresión y se lanzó. No lastimó, pero sí tiró a uno.
Mi otra perra, solidaria y chismosa, salió a la escena y repitió la maniobra.
La vecina gritaba como si con eso fuera a arreglar algo: que usáramos correa, que iba a “meterles un balazo”, que iba a matar a nuestros perros. Olvidaba, convenientemente, que los suyos habían entrado sin invitación, sin correa y con muy malas maneras.
Mi esposo intentó hablar con ella, pedirle justo eso: que sacara a sus perros con correa para evitar problemas. Pero la señora decidió subir el tono: dijo que no hablaría con él porque era indocumentado, que lo iba a sacar del país. A mí me descartó con rapidez: ella era dueña, yo inquilina. Jerarquías vecinales, al parecer.
Otra vecina salió a hacerle segunda: que habíamos ido a agredirla, que mejor ni hablar con nosotros. Pero también apareció una tercera —benditas excepciones— que puso orden: todos los perros con correa y, por favor, que las dueñas limpiaran lo que sus mascotas dejaban en cocheras ajenas.
La más enardecida prefirió retirarse y llamar a nuestra casera, no sin antes advertir que ya había logrado que los anteriores inquilinos se fueran y que con nosotros haría lo mismo.
Cuando intenté marcarle a la casera, su línea estaba ocupada. Minutos después me devolvió la llamada. Me explicó que la vecina también le había gritado a ella. Le di mi versión. Me creyó. No era la primera vez que aquella señora armaba un drama.
Me aclaró, además, que los inquilinos anteriores no se fueron por su “presión” —aunque sí hubo quejas por una reunión que se extendió ¡hasta las diez y media de la noche!, ¡qué terrible!—, sino por cuestiones académicas. Y remató con una frase que uno quisiera enmarcar: no iba a hacerle caso a una mujer prepotente, xenófoba y grosera. “Alguien que no entiende que fue un accidente, que los animales actúan por instintos y no fue algo personal ni planeado”
Confieso que sentí alivio. Por fin una casera que no parte de la sospecha, que no ve en el inquilino a un enemigo potencial. Casi no me había tocado esa suerte.
Porque, al final, uno intenta ser buen vecino: no hacer ruido de más, no invadir espacios, no crear problemas. Y de pronto la vida le regala a uno una buena casera, como si fuera una forma discreta de justicia.
Otras vecinas se acercaron después a mostrarme videos donde se ve claramente que los perros de la señora son los que entran a provocar. Me contaron más historias. Confirmé que no éramos nosotros: era ella, su manera de estar en el mundo.
Ni hablar. En el arte de la convivencia, a veces el mayor acto de sabiduría consiste en ignorar los desplantes ajenos… y cerrar bien la puerta. Por dentro.

