Pensé que nunca volvería a hacerme esta pregunta. A esta edad, una ya no se enamora “como antes”. Se administra. Se cuida. Se explica.
Y, sin embargo, aquí estoy, considerando algo que durante años observé con extrañeza: una relación con un hombre más joven.
La primera reacción no viene del deseo, viene del juicio. El propio. El ajeno.
¿Me veré ridícula? ¿Me estará usando? ¿Estoy huyendo del tiempo? Hasta este punto, la ciencia todavía no aparece. Aparece el miedo.
Durante décadas nos enseñaron que el amor correcto seguía una fórmula clara: él mayor, ella más joven. Todo lo que se saliera de ahí era visto como capricho, crisis o escándalo. Aunque, el verdadero escándalo era casar a adolescentes con hombres mayores de 40 años.
Hoy, basta mirar el mundo —o abrir una revista de chismes— para notar que el guion ha cambiado. Emmanuel Macron y Brigitte, Susana Zabaleta, Cher. Mujeres mayores que aman a hombres más jóvenes sin pedir permiso… aunque no siempre sin culpa.
Entonces me pregunto: ¿esto que siento es una debilidad emocional o una forma distinta de conciencia?
Desde la psicología clínica, la respuesta es incómodamente tranquila: ninguna relación entre adultos con diferencia de edad es una patología. No hay diagnóstico que condene este deseo. Ni el DSM-5 ni la CIE-11 hablan de este tema como un caso para analizar. Hablan del peso del estigma social. Estudios recientes muestran que el malestar en estas parejas no proviene del vínculo, sino de la presión externa, del juicio constante, de la necesidad de explicarse.
Pero el cuerpo no pide permiso a la cultura. El cuerpo simplemente responde.
La neurociencia afectiva, estudiada por investigadoras como Helen Fisher (Universidad de Rutgers), ha demostrado que el enamoramiento activa el sistema de recompensa del cerebro, con una liberación intensa de dopamina. La dopamina no distingue edades. No revisa actas de nacimiento. Responde a la novedad, al estímulo, a la sensación —cada vez más rara— de estar verdaderamente viva.
Y aquí aparece un dato que cambia la narrativa: la corteza prefrontal (encargada de la toma de decisiones, la regulación emocional y la perspectiva) alcanza su máxima eficiencia funcional entre los 40 y 55 años. No es declive: es un pico de integración entre emoción y razón. Dicho sin tecnicismos: se desea con más conciencia, no con menos intensidad.
Eso explica algo que pocas veces se dice en voz alta.
No es que una mujer de esta edad, en plena adultez media, quiera parecer joven. Es que ya no quiere dejar de sentir, pero tampoco perderse en el intento.
Las mujeres en esta etapa solemos cargar con una ventaja silenciosa: claridad emocional. Menos impulsividad, más límites, menos juegos de poder. Ya no queremos salvar a nadie ni ser salvadas. Queremos presencia, honestidad, reciprocidad. Y, paradójicamente, esa estabilidad emocional puede resultar profundamente atractiva para alguien más joven. No como fantasía materna, sino como seguridad psicológica.
¿Es ahí donde aparece el riesgo? Sí.
Pero no donde nos dijeron.
El riesgo no es la diferencia de edad. Es confundir cuidado con control. Es usar el deseo como anestesia contra el paso del tiempo. Es proyectar en el otro lo que no nos atrevemos a sostener solas. La ciencia es clara: cuando el vínculo se construye desde la fantasía y no desde la conciencia, se quiebra. A cualquier edad.
Los estudios sobre satisfacción de pareja muestran que las relaciones con grandes brechas pueden enfrentar desafíos reales: etapas vitales distintas, proyectos no sincronizados, desgaste cuando la dopamina baja y quedan los acuerdos. Pero ese escenario no es exclusivo de estas relaciones. Es humano.
Casos como el de Macron incomodan porque rompen el relato clásico del poder masculino. Cher provoca porque se atreve a decir que el deseo no envejece al mismo ritmo que el cuerpo. Susana Zabaleta encarna algo aún más inquietante: una mujer que no pide permiso para desear.
Y ahí vuelvo a mí.
¿Es recomendable una relación así?
La ciencia no me da una respuesta moral. Me da una exigencia: responsabilidad emocional, consentimiento real, simetría afectiva. Nada más. Nada menos.
El verdadero drama no está en la edad.
Está en creer que, por estar en plena adultez media, debería apagar ciertas preguntas.
Tal vez amar a alguien más joven no sea una huida del tiempo, sino una conversación honesta con el presente. Tal vez el escándalo no sea el deseo, sino que una mujer se atreva a escucharlo sin vergüenza.
Porque cuando el deseo es consciente y la elección es propia, el cerebro hace lo que sabe hacer: adaptarse, vincularse, disfrutar.
Y entonces, incluso con dudas, incluso con miedo, una verdad se impone con claridad casi biológica: la dopamina no tiene edad y yo no pienso pedir permiso.

