El abatimiento del ‘Mencho’ el día de ayer, sembró un caos nacional generado no solo por el hecho en sí y la crudeza de las imágenes que de inmediato circularon por las redes y medios digitales, sino también en gran medida por esa propia infodemia que genera el que es quizá el sentimiento más visceral pero, paradójicamente, aliado de la supervivencia: el miedo.
Más allá de la caída de uno más de los grandes capos del país –cuya brutalidad se extiende internacionalmente–, la cobertura mediática, el amarillismo, el bombardeo informativo e incluso el morbo, se sostienen en el temor de salir a la calle y recibir una bala perdida, por la zozobra de que alguien de nuestra familia tenga la “mala fortuna” de circular por alguna carretera y que desaparezca, o que -de los males el menor- pierdan su medio de transporte y que sea uno más de los vehículos incendiados que ilustraron las redes sociales.
O qué decir de las sirenas de ambulancias y patrullas escuchadas toda la tarde y noche del domingo, los balazos a la distancia y ese silencio que hizo tan escandalosa la mañana de este lunes. La “precaución” del cierre de escuelas y la cancelación de algunos vuelos obedece al mismo principio. Le llamemos estrategia, frente frío o medida preventiva, el miedo impuesto por los enfrentamientos contra los cárteles paraliza… pero al mismo tiempo mueve las piezas tanto del crimen organizado como de la política, incluso de la economía.
Pensar que la muerte de Nemesio Oseguera pondrá fin al poderío de su grupo criminal, es tan ingenuo como seguir creyendo en abrazar a la delincuencia organizada para la construcción de la paz. La captura de ayer nos mostró otra imagen de miedo: esa que reitera lo profundamente arraigado del narcotráfico en México (y en EE.UU.), porque el trasiego no solo es de sustancias sino también de armas, de dinero, de influencias y de poder; esa que a través de series, películas y personajes engrandecidos ha dado al ‘narco’ el superpoder de la desolación. El mismo miedo que el propio AMLO sintió y por el que dijo haber liberado a Ovidio Guzmán un par de años atrás (ya vimos que sobre advertencia no hubo engaño), quizá es también el miedo por el que Joaquín Jr. traicionó a su padrino ‘El Mayo’, entregándose junto con él a las autoridades gringas.
Esta narrativa de la cacería de los ‘buenos’ contra los ‘malos’ no es nueva. En esta hipócrita redacción ya hemos platicado de eternas coberturas de las múltiples capturas, por ejemplo, del ‘Chapo’ Guzmán, quien en su momento también era el criminal más buscado del mundo, o de tantas y tantas páginas (hoy digitales) de la criticada “guerra contra el narco” de Felipe Calderón, escenas que ayer bien podrían pertenecer a uno de esos episodios. ¿Necesarios o innecesarios? La realidad es que no lo sabemos, porque aun con la caída de tantos líderes del narcotráfico a lo largo del tiempo, hemos visto que, en este caso, el “divide y vencerás” ha sido una táctica fallida.
Desde los Arellano Félix hasta la familia michoacana, del Norte al Pacífico o más al sur con la reina, pasando por los Licenciados, de Los Chapitos a La Mayiza o Los Cuinis, de los agrupados en una sigla, de los Zetas (los X o los Y), los grandotes o los chiquitos… nuevos líderes criminales han surgido mientras nuevas muertes se van sumando a esta guerra que no es guerra, a este terrorismo que supuestamente tampoco lo es, a este sistema tan correlacionado que no se ve (o sí), pero existe. Sí, mataron al ‘Mencho’ pero de sus cenizas nacerá alguien más.
Y así, ayer, mientras las redes se llenaban de ‘Mencho’ aquí y allá, de tiendas de autoservicio y autos incendiados, mientras la información pasaba sin descanso ante mis ojos y mi teclado, mientras escuchaba muy de cerca a los helicópteros y a lo lejos hacían eco los sonidos del enfrentamiento (o quizá solo era una ambulancia que atendía un accidente, pero mi cerebro ya no lo procesaba así), sentí miedo. El miedo compartido de muchos mexicanos de que alguno de nuestros seres queridos –o unx mismx–, pasemos a ser una estadística más del daño colateral de este convulso escenario… ya sea derivado de un berrinche trumpista disfrazado de diplomacia bilateral, de una ¿exitosa? estrategia de seguridad o de un elaborado plan de inteligencia y poderío institucional, da igual.
Si bien las fakes news no se hacen esperar, lo cierto es que el miedo se dispersó en todo el territorio nacional. Miedo de que en las carreteras de Chiapas mi tía que viajaba llegara sana y salva a su destino, miedo de que mi hermana que se trasladaba desde la CDMX mientras el supuesto cuerpo del Mencho era trasladado a la capital del país, no viviera ningún percance en el metro mientras ella recorría los espacios de su trayecto también alerta, con doble vigilancia de elementos de seguridad en las calles con una afluencia de domingo mucho menor a la habitual… Miedo de que mi amiga que trabaja en el centro de Guadalajara hubiera salido a tiempo para resguardarse en casa de alguien más (y su propio miedo nublándole la vista ante la posibilidad de que eso pudiera no suceder), miedo compartido con mis amigas de Puebla que, por este mismo impulso (y este mismo escenario de terror) ya no salieron de sus casas un domingo de hacer el super, de ir al cine o de comer con la familia.
Y, después de todo esto, en la aparente calma de las autoridades que este lunes reportaron que el país está transitando hacia la paz, lo que yo seguí percibiendo en la voz temblorosa de un Harfuch que, en su discurso, en sus pausas y en su respiración tropezó reiteradamente (lo que es inusual), en el coraje que entrecortó la garganta y llegó hasta los ojos acuosos del General Trevilla, e incluso en el lúgubre vestido de la presidenta, es miedo… Y eso no es una nimiedad.

