El Poder Legislativo mexicano nació como una respuesta directa al autoritarismo colonial, su creación fue el inicio de la vida democrática. Desde los primeros documentos insurgentes como los Sentimientos de la Nación, quedó claro que la nueva nación debía estructurarse sobre un órgano capaz de expresar la voluntad colectiva. Así, el legislativo emergió con la misión de representar la diversidad social, política, económica y cultural del País.
Por décadas el Congreso mexicano fue un espacio de debate intenso, altura intelectual y compromiso cívico. Allí resonaron voces que marcaron el rumbo del país y defendieron, los principios democráticos y la dignidad nacional.
Sin embargo, en años recientes, una percepción creciente apunta a la degradación del Poder Legislativo, reflejada tanto en la calidad del debate como en el perfil de sus integrantes. El contraste entre figuras históricas como Belisario Domínguez y Porfirio Muñoz Ledo, frente a legisladores mediáticos como Sergio Mayer, ilustra con claridad este declive.
En un México asfixiado por la violencia, la corrupción, la desigualdad, la precariedad laboral y el colapso del sistema de salud, la presencia de un legislador como Mayer, resulta frívola, marginal y desconectada de la urgencia social.
En su paso por la Cámara de Diputados Sergio Mayer, deja un balance difícil de defender, con un total de cinco iniciativas de ley (3 pendientes, 1 retirada, 1 desechada y 0 aprobadas), antes de solicitar licencia indefinida para participar en un reality show.
Mientras el país exige representantes de tiempo completo, su figura pública ha estado más presente en foros de entretenimiento que en debates parlamentarios. Esta dualidad no solo genera conflicto de interés simbólico, sino que transmite un mensaje devastador: ser legislador es una actividad secundaria.
Este fenómeno no puede analizarse de forma aislada. Mayer es producto de un modelo político que privilegia la exposición sobre la capacidad, el rating sobre el conocimiento y la viralidad sobre la solvencia técnica. Los partidos han convertido las candidaturas en concursos de popularidad, apostando por rostros conocidos para capturar votos rápidos, aun cuando carezcan de formación legislativa, visión de Estado o comprensión mínima del marco jurídico.
El resultado es un Parlamento plagado de improvisados, donde el debate se empobrece y la función esencial de legislar se diluye entre ocurrencias y protagonismos.
Gobernar, legislar e impartir justicia, no son actividades intuitivas ni espectáculos, se requieren conocimiento técnico, experiencia, estudio constante, capacidad de negociación y comprensión profunda del entramado social.
Sergio Mayer no es la causa, sino el síntoma. Un síntoma de una democracia debilitada, donde la ciudadanía ha sido convencida de que la cercanía con una figura pública es suficiente para otorgarle poder político. Esta lógica convierte el voto en un acto de consumo y no de responsabilidad cívica.
La democracia no se fortalece con celebridades, sino con servidores públicos competentes, honestos y comprometidos. Mientras los ciudadanos sigan premiando la popularidad por encima de la preparación, casos como el de Sergio Mayer continuarán repitiéndose, normalizando la mediocridad institucional y profundizando la crisis de credibilidad que afecta a la clase política.
En tanto el sistema continúe recompensando la fama por encima de la competencia, México continuará pagando el precio en forma de leyes deficientes, reformas mal diseñadas y decisiones públicas tomadas con ligereza.
El caso de Sergio Mayer debe ser una advertencia, no un precedente. Porque cuando el Congreso se convierte en escenario, la democracia se transforma en ficción.
Recuperar la dignidad del Poder Legislativo implica apostar por la formación, la experiencia profesional y el compromiso ético. También es indispensable que la ciudadanía exija perfiles más sólidos y castigue en las urnas la improvisación y el oportunismo.

