19.8 C
Puebla
martes, enero 27, 2026

Del método a la infraestructura

Más leídas

El algoritmo puede considerarse un agente revolucionario no por poseer voluntad, sino por los efectos históricos de convertir el pensamiento en proceso: una secuencia de pasos claros, repetibles y transferibles que permitió que el conocimiento se independizara de la persona que piensa y pudiera enseñarse, escalarse y aplicarse en ausencia de su autor. Con el tiempo, esta lógica dejó de operar solo en el ámbito del saber y pasó a funcionar como una infraestructura que organiza decisiones, conductas y oportunidades sociales. El algoritmo no nació como poder, pero se convirtió en uno cuando el método del conocimiento comenzó a estructurar el orden social sin presentarse como autoridad.

Para comprender este desplazamiento es necesario volver a su origen intelectual. No al algoritmo como tecnología, sino al gesto que lo hizo posible, visible en la obra de Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi, matemático del siglo IX interesado en resolver problemas prácticos —herencias, contratos, repartos— incluso cuando el experto no estuviera presente. Su aporte decisivo no fue una fórmula concreta, sino la idea de que un problema puede resolverse mediante pasos ordenados y generales, válidos más allá del caso y de quien los ejecute. El conocimiento deja así de depender del talento individual y se apoya en el procedimiento. Pensar ya no es solo comprender, sino seguir un camino definido hacia un resultado correcto.

Este giro transforma el pensamiento en proceso autónomo. El “cómo” adquiere tanta relevancia como el “quién”, no para eliminar al humano, sino para proteger el conocimiento de sus límites: el error, el olvido, la ausencia. Surge así una unidad de proceso capaz de repetirse y enseñarse sin perder corrección: el verdadero nacimiento del algoritmo, concebido no como abstracción filosófica, sino como solución práctica a la fragilidad humana. Este origen es clave para entender su papel actual: el algoritmo no fue diseñado para gobernar personas ni decidir moralmente, sino para hacer confiable el conocimiento cuando el humano no puede estar ahí.

Con la modernidad, este método confiable se desplaza hacia un lugar más ambicioso. Seguir un procedimiento ya no es solo una ayuda, sino un criterio de corrección y, gradualmente, de verdad. Pensar bien se asocia con ordenar, dividir, formalizar y reducir la ambigüedad. El éxito de los métodos —su capacidad para reducir errores y sostener el progreso científico y técnico— desplaza la confianza del juicio humano hacia la corrección del proceso. Si el método es válido, el resultado se acepta; el “cómo” comienza a pesar más que el “por qué”.

Aquí ocurre un cambio silencioso: el método deja de servir al pensamiento y comienza a disciplinarlo. Se aprende a razonar siguiendo procedimientos y a desconfiar de lo que no puede formalizarse. El algoritmo aún no decide, pero forma el criterio y prepara el terreno para su expansión social.

El quiebre definitivo ocurre en el siglo XXI, cuando el algoritmo deja de ser solo método y se convierte en infraestructura. Ya no acompaña decisiones: organiza el campo de lo posible. Recomendaciones, filtros, clasificaciones y predicciones intervienen directamente en lo que vemos, elegimos y hacemos. No manda ni prohíbe, pero orienta y prioriza. Su poder es silencioso, cotidiano y eficaz porque se presenta como técnico y neutral.

En este punto se confirma la tesis central: el algoritmo no nace como poder, pero se convierte en poder cuando el método del conocimiento se transfiere al orden social y se institucionaliza. El problema no es que calcule, sino que organice sin responder. Cuando las decisiones se apoyan en procesos automáticos, la responsabilidad se diluye: nadie decide del todo, pero todos resultan afectados.

El riesgo no está en el algoritmo en sí, sino en confundir cálculo con decisión, probabilidad con verdad, eficiencia con justicia. El algoritmo sabe operar, pero no sabe responder por lo que produce. Esa sigue siendo una tarea humana.

El recorrido desde Al-Khwarizmi hasta el presente muestra una continuidad clara: convertir el pensamiento en proceso fue una de las grandes conquistas de la humanidad. El desafío actual no es técnico, sino ético y político, y se concentra en dos preguntas abiertas:
¿qué decisiones estamos dispuestos a seguir delegando a sistemas que calculan, pero no comprenden ni asumen responsabilidad?
¿seremos capaces de recuperar el juicio humano allí donde el algoritmo organiza la realidad, o aceptaremos vivir dentro de procesos que nadie decide por completo?

De estas respuestas dependerá si el algoritmo permanece como una herramienta poderosa al servicio del conocimiento o se consolida como una infraestructura de poder sin rostro ni responsabilidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Más artículos

Últimas noticias