Hola mis queridos lectores. Aquí estoy reportándome para regalarles una nueva historia dedicada a mi pasión por Luis Miguel. Hace un par de meses les compartí uno de los mayores sueños de mi vida, cuando por fin pude abrazar a Luis Miguel, ¿recuerdan? Hoy tengo para contarles mi primera experiencia en vivo, tan intensa como accidentada. Antes de comenzar me gustaría retroceder un poquito más en el tiempo, precisamente al 6 de agosto de 1983, cuando Luis Miguel se presentó por primera vez en mi ciudad, Córdoba. Resulta que fue a cantar a un sitio en el marco de la celebración del Día del niño, para dar a conocer su más reciente trabajo discográfico, “Directo al corazón”. Desde sus inicios, Argentina lo recibió con los brazos abiertos y nos unió de inmediato un cariño muy especial, sentimiento que es mutuo, puesto que Miky lo ha profesado públicamente. No sé si será porque aquí somos muy extrovertidos y pasionales, razón por la que le hemos demostrado amor de una y mil maneras, o porque esta tierra es parte de su historia, ya que sus padres se conocieron aquí.
Como fan que acompaña y apoya a Luis Miguel desde 1982, me ha costado aceptar que, sin querer, falté a su primer concierto en mi ciudad. ¿Y qué creen? Lo supe 20 años después, cuando conocí a Claudia, una fan con la que compartí una noche a la intemperie, mientras aguardábamos por comprar nuestros tickets para el concierto. Transcurrimos aquella extensa espera intercambiando vivencias y, una de las suyas, justamente tuvo que ver con su primer concierto. Les juro que me costó creer que mis padres no se hubiesen enterado de aquel concierto. Pero más adelante tuve que aceptar esta realidad, cuando al visitarla me enseñó un álbum de fotos en el que guardaba muy celosamente sus tickets de los conciertos. El primero de todos estaba fechado 6 de agosto de 1983, ¡Me quedé sin palabras! Al regresar a casa les dije a mis papás: “Sepan que son culpables de una herida que no cicatrizará jamás”, palabras que resonaron en el ambiente con aires de telenovela.
En fin, volviendo a mi primera vez, claramente la segunda oportunidad en la que Luis Miguel visitó mi ciudad, yo tenía 9 años. Recuerdo aquella tarde del mes de febrero de 1984 como si fuera hoy. Asistí con un tío muy generoso, ya que mis padres no habían tenido posibilidades económicas de comprar mi ticket, y éste no solo decidió regalármelo, sino que también me acompañó. Obviamente nuestros sitios no eran VIP sino de gradas, pero lo verdaderamente importante era estar ahí.
Cuando entramos al estadio “Chateau Carreras” (hoy rebautizado Mario Alberto Kempes), el lugar para eventos deportivos y de espectáculos más grande de la ciudad, nos apresuramos para llegar a nuestros lugares cuanto antes, ¡No podía con tanta emoción y felicidad! Al llegar nos sorprendió ver a una señora sentada allí, a quien mi tío le informó que estaba mal ubicada, que aquellos eran nuestros lugares. Empezaron a discutir, y la disputa escaló a otro nivel cuando la señora terminó lanzándole un cachetazo a mi tío, y él reboleándole su cartera. Deseé que la tierra me tragara, porque de lo contrario nos veía expulsados del lugar por disturbios.
En ese instante un policía se apersonó para trata de calmar los ánimos y nos dijo (a mi tío y a mi) acompáñenme. No podía creerlo, había esperado tanto tiempo aquella cita, y la única que habíamos conseguido era en la seccional de policía. Estaba aterrada, no sólo por esta situación sino porque se me escurría entre las manos la posibilidad de ver a Luis Miguel. Pero las hadas estuvieron de mi lado y aquel señor nos llevó directo al campo de juego, sector que estaba pegado al escenario. Sus palabras fueron: “ocupen dos lugares y quédense acá”. ¡Dios existe, sí señor!
En nuestras nuevas y magníficas ubicaciones, el ambiente iba tomando color. El estadio se llenaba cada vez más mientras coreábamos canciones para tratar de pasar el tiempo. El aire ya olía a Luis Miguel, y yo no dejaba de contar los minutos para que la magia comenzara. Por fin se apagaron las luces, y la banda arremetió con los primeros acordes de la intro. Todo estaba más que listo para recibir a Luis Miguel, mientras mi corazón intentaba salirse del pecho. De pronto irrumpió en el escenario, y con la voz más dulce y angelical comenzó la primera estrofa de “Cucurrucucú paloma”. Parecía un sueño tenerlo a escasos metros iluminándonos y cautivándonos con su luz, adueñándose de inmediato de aquel escenario con la actitud de un artista legendario, jamás vista para un niño de su edad. No cabían dudas del legado que Dios le había encomendado, poder acariciar un alma con su voz. Confieso que no solo me tenía embelesada sus interpretaciones, sino también la belleza, elegancia y seducción de este niño que portaba un traje color bordó-rojizo (borravino) aterciopelado. Bailé, canté, y disfruté como loca aquella noche en la que me sentí en el paraíso, sentimiento que sigue acompañándome después de 43 años.
El lado B de esta primera experiencia tuvo que ver con algo que sigue repitiéndose en la actualidad, y es esa sensación de vacío y tristeza que deja su partida.
En ese concierto comprendí que su voz, su mirada y su sonrisa podían abstraerme de la realidad y catapultarme al mismo cielo, y me prometí, que esta sensación tan única e incomparable, me acompañaría por siempre.
Euge Cabral


