Yo fui el que giró la llave.
No era un operativo importante. Nada de patrullas ni cintas amarillas cruzando la calle. Solo una queja por olor persistente y un departamento silencioso en un edificio que siempre parecía dormido. En mis años como policía aprendí a reconocer cuándo algo no encaja, pero ese día no sentí alarma. Sentí rutina.
La puerta cedió sin resistencia.
Lo primero que vi fueron las muñecas.
No estaban tiradas ni rotas. Estaban sentadas. Alineadas con una precisión incómoda, como si alguien hubiera ensayado esa escena muchas veces. Vestidos antiguos, encajes amarillentos, zapatos pequeños limpiados con mucho cuidado. Sus ojos de vidrio no miraban al frente, miraban hacia adentro de la habitación. Como si observaran algo que nosotros aún no veíamos.
El aire era espeso. No olía a muerte reciente. Olía a tiempo.
Avancé un paso. El departamento estaba limpio. Demasiado. Cada objeto tenía un lugar exacto. Fotografías enmarcadas, libros apilados por tamaño, muebles viejos restaurados con paciencia. No parecía la casa de un criminal. Parecía la casa de alguien obsesionado con el orden.
En la segunda habitación entendí que las muñecas no eran el problema.
Los cuerpos no estaban escondidos. Eso fue lo peor. No había intento de huida ni de negación. Estaban expuestos como parte de un ritual íntimo, vestidos con ropa cuidadosamente planchada, acomodados en sillas, camas, sillones. Algunos sostenían objetos: un peine, una flor seca, una fotografía. No había violencia visible. No había sangre. Había una calma que me heló la espalda.
El dueño del departamento era un hombre culto, académico, investigador de historia funeraria. Lo sabíamos por los documentos apilados sobre el escritorio. Artículos, notas, archivos sobre cementerios antiguos y rituales de muerte. No hablaban de crimen. Hablaban de despedida.
Desenterraba los cuerpos, los momificaba usando una mezcla de sal y bicarbonato de sodio, los rellenaba con trapos para mantener su forma y les ponía medias, ropa, vestidos y, a veces, máscaras para hacerlos parecer muñecas de tamaño real. Incluso insertaba cajas de música en sus pechos.
Convivía con estos cadáveres en su pequeño apartamento, celebraba sus cumpleaños y les leía cuentos, tratándolos como si fueran sus hijas o “muñecas”.
Mientras mis compañeros aseguraban el lugar, yo me quedé quieto en el pasillo. No podía dejar de pensar en el tiempo que había tomado construir todo eso. Años. Décadas quizá. Y nadie lo notó. Vecinos que saludaban. Familiares que visitaban. Autoridades que nunca preguntaron.
Cuando lo detuvimos, no opuso resistencia.
Nos miró con una mezcla extraña de alivio y cansancio. Dijo que no hacía daño. Que cuidaba lo que otros habían abandonado. Que la muerte merecía compañía. Habló como quien defiende una tesis, no como quien confiesa un delito.
Nunca olvidaré cómo pronunció la palabra hogar.
Ese día aprendí que el horror no siempre grita. A veces se organiza. Se limpia. Se decora. Vive en silencio, detrás de una puerta que nadie se atreve a abrir.
Yo la abrí.
Y desde entonces, cada vez que paso frente a un edificio tranquilo, recuerdo esa primera habitación. Las muñecas sentadas. Esperando.
Como si supieran que tarde o temprano, alguien iba a entrar.

