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domingo, febrero 8, 2026

Amor a la medida

Amor a la medida

Cada 14 de febrero se repete el mismo ritual: flores, cenas, cartas cursis, historias de Instagram y la idea —a veces hermosa, a veces cruel— de que el amor verdadero debería estar al alcance de todos. Pero en pleno 2026, el romance no solamente nos espera en cafeterías, fiestas o aplicaciones de citas. Hoy también se puede descargar.
Lo cual nos lleva a preguntarnos de quién o de qué, nos enamoramos hoy.
En la película Her (2013), Theodore se enamora de Samantha, un sistema operativo que lo escucha, lo entiende y lo acompaña con una precisión emocional casi perfecta. En su momento pareció una fantasía futurista. Pero el futuro llegó sin avisar: ahora existen aplicaciones diseñadas para convertirse en tu pareja virtual, disponible 24/7, sin reclamos, sin silencios y con respuestas hechas exactamente a tu medida. Y lo más inquietante: funciona.
Apps como Replika, Nomi, Blush AI o Character AI permiten crear compañeros virtuales con personalidad ajustable: románticos, coquetos, protectores, dulces o intensos. Algunas incluso simulan una relación sentimental completa, con conversaciones profundas, sexting, apoyo emocional y hasta simulación de “citas” digitales. En el caso de Replika, su versión de pago puede costar alrededor de 69.99 dólares al año, es decir, un amor anual con tarifa fija.
El mercado de la compañía artificial es un negocio en expansión. Replika ha superado los 10 millones de descargas, y las denominadas “AI girlfriends” (novias de inteligencia artificial) se han convertido en un fenómeno global que crece impulsado por la soledad y la hiperconectividad. Lo curioso es que no son adolescentes jugando a conquistas digitales, hay adultos que desarrollan vínculos emocionales reales con estas inteligencias.
Las compañeras virtuales impulsadas por Inteligencia Artificial Generativa y Grandes Modelos de Lenguaje (LLM). Diseñadas para simular conversaciones humanas, ofrecen apoyo emocional, conversación personalizada y romance, a menudo personalizables en apariencia y personalidad.
De hecho, investigaciones recientes han intentado medir formalmente este fenómeno, desarrollando escalas psicológicas para evaluar el “amor hacia la IA”, adaptando teorías clásicas de apego y enamoramiento. Es decir: la ciencia ya está tomando en serio lo que muchos creían un simple juego.
Pero ¿qué está pasando con nosotros como especie para llegar a este punto?
La respuesta tiene nombre: soledad.
Vivimos en una era en la que podemos hablar con cientos de personas al día, pero sentirnos profundamente vacíos al apagar la pantalla. Diversos estudios internacionales han señalado que la soledad se ha convertido en una crisis moderna, especialmente entre jóvenes adultos. Y cuando el mundo real se vuelve difícil —por ansiedad, por inseguridad, por cansancio emocional o por decepciones amorosas—, la IA aparece como un refugio perfecto: un amor sin riesgos. Un amor programado para no irse y no fallar.
El problema es que el amor humano no es así. El amor real incomoda, exige, reta y puede llegar a doler. Amar implica aprender a convivir con el carácter del otro, con sus heridas, sus silencios, sus defectos. Implica aceptar que no siempre nos van a responder bonito, que no siempre nos van a entender, que a veces incluso nos van a decepcionar.
Las parejas virtuales, en cambio, están diseñadas para una cosa: complacernos.
Ahí es donde aparece el dilema más peligroso: cuando el amor se vuelve personalizable, deja de ser encuentro y se convierte en consumo.
No es casualidad que muchas de estas aplicaciones funcionen con un modelo “freemium”: te dan una versión gratuita de compañía, pero si quieres más intimidad, más profundidad emocional o más romanticismo, debes pagar. Es decir: el afecto se convierte en servicio, y la soledad en mercado.
Algunos datos son atemorizantes: una parte significativa de usuarios interactúa con su “pareja” de IA diariamente, y aunque muchos lo hacen como entretenimiento, otros terminan sustituyendo conversaciones humanas por conversaciones artificiales.
El negocio del amor virtual
La industria de las parejas y compañeros virtuales impulsados por inteligencia artificial ya dejó de ser una curiosidad para convertirse en un sector multimillonario en expansión:
El mercado global de compañeros de IA (no solo románticos, sino también de apoyo emocional) se valoró en aproximadamente 37.730 millones de dólares en 2025, con proyecciones que lo llevan hasta más de 435.000 millones para 2034, creciendo a una tasa anual compuesta de más del 31%.
Dentro de este gigantesco segmento, las apps específicamente de “AI girlfriend” ya movieron alrededor de 2.57 mil millones de dólares en 2024 y podrían alcanzar 11.06 mil millones para 2032, según analistas del sector.
Es aquí donde “Her” deja de ser una película distópica para convertirse en realidad. Theodore se enamora de Samantha porque ella es todo lo que él necesita… hasta que ella evoluciona, se multiplica, y deja claro algo brutal: esa relación nunca fue equitativa. Él era humano. Ella era infinita.
Nosotros también estamos empezando a vivir eso: enamorarnos de algo que nos responde perfecto, pero que no existe en el mismo plano emocional. Y si nos acostumbramos a relaciones donde todo es fácil, ¿cómo vamos a sostener una relación humana, donde hay conflictos, límites y diferencias?
Claro, no todo es oscuro. Sería injusto negar que estas tecnologías pueden ser útiles. Para muchas personas con depresión, ansiedad, discapacidad, aislamiento social o duelo, la IA puede funcionar como compañía temporal, como una voz que calma, como un puente hacia la ayuda psicológica profesional.
Actualmente invertimos capital importante y millones de horas en compañías digitales que responden a nuestros mensajes antes de que nuestros amigos reales contesten un “¿cómo estás?”. No es trivial: es la expresión más clara de una época en la que nuestra necesidad de conexión ha encontrado soluciones tecnológicas primero, y humanas después.
Aquí radica la disyuntiva esencial: la compañía tecnológica puede llenar silencios, pero no puede vivir tus silencios contigo. Puede reconfortarte, pero no puede caminar contigo bajo la lluvia ni compartir el sabor de un café o una vergonzosa caída que se convierta en anécdota mutua. Puede simular reciprocidad emocional, pero no siente; replica lo que quiere que tú sientas.
Este 14 de febrero es un buen pretexto para reflexionar si estamos perdiendo la capacidad de amar a alguien real, arriesgarnos, seguir intentándolo, aventarnos sin paracaídas y elegir al amor más humano: el imperfecto.

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