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lunes, abril 6, 2026

A tientas

A tientas

Tuve una especie de flashazo, había dejado de rodar, tenía un fuerte dolor en la cabeza, mi mirada quedó en dirección hacia el cielo, recuerdo que vi el espesor de la neblina que nos abrazó aquella noche, pero también logré ver algunas estrellas, sentía que la mente se desconectaba de mi cuerpo, como si se repelieran y por inercia quisieran tomar cada quién su rumbo; cerré los ojos por un momento, la pantalla se apagaba, dejé de respirar, algo en mi pecho colapsaba, el flujo de aire se había detenido en seco, mi primer pensamiento fue “no puedo causarle éste dolor a mis padres”, una descarga de adrenalina recorrió mi torrente sanguíneo, abrí los ojos, espantada, mareada, di la vuelta con torpeza, me incorporé con dificultad, con ánimo de desvanecerme, Norma y Ulises corrían a ayudarme, después llegó Alondra, me incorporaron, dije a tientas que no podía respirar, Norma gritó levemente:

-¡Ábranle la chamarra!

En mis adentros un soliloquio:

-No puedes morirte ahora, calma, no entres en pánico, intenta respirar, sabes hacerlo.

Incliné la cabeza hacia atrás, para que el flujo de aire fuera posible, poco a poco mi cuerpo fue respondiendo, y logré respirar.

Escuché que alguien de los presentes preguntó si me encontraba bien, la respuesta era obvia, pero por alguna razón que aún no logro explicar, a la gente le encanta caer en el pleonasmo de la obviedad.

No los culpo, “señor, perdónalos, no saben lo que dicen”.

 

Unos segundos son imperceptibles en la mayoría de nuestros días, en ocasiones son el pináculo de un encuentro erótico, la diferencia entre tomar el bus o haber perdido el vuelo, En esta ocasión, fueron una escena caótica donde una serie de casi funestas decisiones terminaron con lo que puedo llamar mi vida hasta el momento. Había ignorado ese sentido de la intuición que decía claramente: «No quiero ir». No quería asistir a algo tan vano como un baile en un pueblo desconocido; sin embargo, algo en mí se sintió «comprometida», al grado de tomar la carretera a las ocho y media de la noche de un lunes.

Conduje hasta el sitio del encuentro donde ya me esperaban Norma y Lalo; el único que faltaba era Ulises. Varias señales esa noche apuntaban en dirección opuesta a la carretera, lejos del insólito Olintla —situado en el travesaño de la Sierra Norte—, cuyo nombre significa «cerca del hule» y de donde Norma es originaria

De este lado, las fiestas parroquiales son todo menos parroquiales: bailes de grupos desconocidos, canciones de monosílabos y espectáculos donde el jinete monta un toro, sorteando su vida para terminar pisoteado por el animal. Todo es paupérrimo, diseñado para que el presidente municipal pueda decir que hizo algo por el pueblo que lo eligió. Pan y circo. No veo por ningún sitio el significado de «la tradición». Las pseudorreinas que coronan no hablan lengua natal, ni conocen la ubicación geográfica de la cultura que deberían representar; padecen una escasez de identidad que les consume el seso. Ahí están, ocupando un asiento en el presídium, «disfrutando» de un espectáculo del que son parte mientras bostezan y miran el móvil, deslizando la pantalla, pero atentas a la foto, porque los likes son la moneda que les dicta cuánto valen hoy.

¡Decadencia pura!

¿Qué podía esperar?…

 

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