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jueves, junio 20, 2024

Un sillón, una campana (Todos fuimos el tumor)

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Dicen que no hay enfermo que no se agigante… 

 

Estoy sentada en un reposet en el área de cubículos para quimioterapia del hospital ABC Observatorio. Es un lugar bastante cálido con ventanales grandes que dan en su orientación en el mapa una vista variopinta; desigual como toda esta imbatible ciudad, el ABC es, según los que saben, uno de los mejores de Latinoamérica, y desde esta ventana se observan claramente las brechas de desigualdad; veo las torres de Paseo de la Reforma, pero también las casas destartaladas de La Bondojito. A unos kilómetros se yergue entre una nata de smog el World Trade Center. 

Tengo a los mejores doctores, los mejores siempre deben ser, no los que más cobren o los que más diplomas tengan en su consultorio… los mejores son mejores porque son los tuyos. Punto. Porque la confianza es la hermana mundana de la fe. 

Héctor Hugo Bustos, Emilio Olaya, Alberto Serrano, Arturo Contreras y Fabiola Flores han sido Virgilios pacientes y cariñosos de este cervatillo salvaje que paseaba apacible por la pradera, hasta que la pradera ardió.   

Estoy en el hospital y cada cubículo cuenta con una pantalla de televisión personal de unas 40 pulgadas, un sillón confortable para el acompañante del paciente y una barra en donde las enfermeras van poniendo los medicamentos que se te van a administrar. Los cubículos están separados por un pequeño muro de madera con una ventanilla que podría dejarte ver al vecino si es que el vecino quisiera ser visto. La ventanita abre y cierra. La mayoría de los pacientes la mantienen cerrada, pero yo no. Soy demasiado curiosa como para perderme el detalle de lo que pasa junto. No es morbo, más bien una complicidad. 

Pienso…. No he parado de pensar con gran intensidad desde el 20 de enero, cuando todo esto empezó. 

Cuando, shockeada, llamé a mi amigo Toño Urrutia y me formuló una buena tesis: “es un momento crucial en tu vida, en realidad es una grandísima oportunidad”. 

Y no tuvo que ahondar más; sin hacer un gran plan de salvamento mental y espiritual, supe hacia donde era la ruta; poner en su lugar a la mente. Rendirme al diagnóstico. Rendir, no en el sentido bélico de la palabra, sino en la acepción más romántica: rendirse ante el elemento desconocido como se rinde uno frente al amante: con ilusión y respeto. Los amantes y los cánceres tienen sus cosas en común: te llenan de una extraña y excitante vida o te la quitan.   

Llamé también al mítico Silver, y entre jaibas y langostinos hizo alquimia y suscribió lo que Urrutia dijo horas antes: gran, gran oportunidad. ¿Para qué? Seguramente lo descubrirás pronto. 

Estoy sentada en el reposet… estar acá no es fácil, pero tampoco tan difícil como sería pasar por el mismo trance en alguna institución pública (no por falta de aparatos ni profesionales; ahí despachan también los mejores, pero un paciente puede morir porque lo dejan en ascuas durante meses por la demanda de lugar). Ahí se ve el sufrimiento desnudo, la estructura del dolor se asoma en los pasillos llenos de ojos ahogados en incertidumbre; en esos pasillos donde se revelan años y años de latrocinio de los gobiernos de todos los colores; se ve el México de las mayorías, y estar acá, sabiendo que existe esa otra versión de la enfermedad, me genera cierta culpa. Pero sigo: estoy conectada a un carrusel de medicinas líquidas y metales pesados, de venenos que arrasarán con mis células (malas y buenas). Debo creer en esos brebajes; son para mí, lo que para los creyentes es el agua bendita. Cada frasco es un cirio que bailotea de la flama. Y al extinguirse, ya está… el milagro se ha echado a andar. Estoy convencida y conmovida porque soy muy privilegiada de poder estar aquí. Desafortunadamente en este bello país, la salud (vivir o morir, tratarse a tiempo un trastorno) tiene mucho que ver con un vulgar tema de pesos y centavos. La gente se encomienda a Dios para sobrellevar el peso del alma, pero al cuerpo siempre conviene ponerlo en manos de algún experto que extirpe los tumores, que inocule el remedio a tiempo… y eso cuesta mucho. Recuperar la salud en México parece una acción supeditada a la meritocracia, el influyentismo y al sacrificio total de momentos de ocio… 

Aun así, a pesar de que este sea un hospital prestigiado en el que el personal te hace sentir verdaderamente reconfortado, el contexto para el paciente es denso siempre. 

Digámoslo sin eufemismos: todos los que estamos acá hemos visto la silueta de la muerte parada en el umbral de la puerta; cuando te diagnostican cáncer te pones una coraza de fortaleza para tratar de contener el drama que se avecina familiarmente, pero esa coraza no te impide pensar noche a noche que, hasta que no te den de alta, traes una pistola en la sien; y la mano que la carga es una mano omnisciente al que le encanta la ruleta rusa. Así que, por más que el lugar sea hermoso y confortable, nadie entra aquí jubiloso. Nadie se sienta en estos reposets para dormir la mona o para fantasear con vacacionar en Bali. 

Todos el que porta un catéter insertado en la epidermis y conectado al corazón, llega esperanzado, sí; sumiso también, dócil. Depende la fe que se profese, puede ser que muchos lleguen con sentimientos de culpa “por no haber acudido a tiempo, por dejada, por negligente” y un miedo paralizante; todos sentados mientras el Platino pasa por metros y metros de venas, al mismo tiempo que se instala en la mente la danza de los hubiera y los porqués. Dependiendo las mezclas que el oncólogo indique y los ciclos que se recomienden tomar, los pacientes toman esas horas para diversas actividades: unos duermen, otros leen, otros conversan a susurros con su familiar, otros ven tele, muchos se evaden en el celular, algunos tienen una conversación mística con la sustancia que pasa por la vena: le piden al químico ser benévolo. Es un ambiente confuso, silencioso, parece como si algo parecido a la Paz se instalara entre nosotros, cuando la realidad es otra cosa: no es paz, es el arrobo misterioso de la incertidumbre. La calma aparente de las aguas antes de un tsunami. El vuelo de los pájaros que se esconden cuando presienten el temblor. 

En estas cinco visitas a la unidad de quimioterapia noté que el 90 por ciento de las pacientes éramos mujeres. Mujeres entre 30 y 50 años. 

Antes, los cánceres se desarrollaban con mayor frecuencia en mujeres de 60 para arriba. 

Hoy veo muchas madres (como la mía) de 60 y tantos, llevando a sus hijas a enfrentar a este inquilino indeseable, cuando “lo natural” sería lo opuesto. ¿Es triste? Sí, porque no se sabe cuántas de esas madres verán morir a sus hijas, y será el golpe más fuerte de sus vidas… ¿Es triste? Sin pensamiento mágico ni romantizando nada, no es triste; es el riesgo de nacer. Es el riesgo de saberlo casi todo, la soberbia al sabernos dueños de la tecnología (que ayuda a salvar millones de vidas) pues también nos mete en una espiral sin fin de respuestas dadas, bastante crueles… pero la vida siempre ha sido así, tan injusta y misteriosa, por lo tanto, uno se empeña en permanecer por no perderse lo que creemos que es “el mejor momento”. 

La vida entera es eso que los jóvenes llaman FOMO, perderse del evento esperado… 

En mi caso han sido cinco quimioterapias las que se indicaron porque el tumor ya no está dentro de mi cuerpo; así que este tipo de tratamiento es lo que se conoce como “quimioterapia preventiva” ¿les suena el término? Ajá, lo mismo que le están haciendo a Kate Middleton, es decir, una especie de fumigación del área para evitar que las células cancerígenas (que por cierto adoran el azúcar) vuelvan para engendrar nuevos tumores. Por lo tanto, en donde un día hubo útero, hoy tengo un hueco, y ese hueco, como un terreno de barbecho, fue sometido a 25 sesiones de radiación, y la quimio es parte de ese ataque, es la fumigación general. 

Los cinco martes que estuve apoltronada en este reposet tuve visitas de mis amigas, que aminoraron el estrés. Aunque uno esté metido en el tema del cáncer 24/7 mientras estás en los tratamientos, debe llegar un momento en el que se fluya con ellos. Finalmente, la enfermedad es parte del performance de la vida, y por supuesto que la conversación no se debe estancar, aunque todavía nos horrorice nombrar las cosas tal cual son, el cáncer es el mal de nuestro tiempo; seguramente (y más por los pésimos hábitos y la mal estado de la naturaleza en general) en todas las casas y  familias de este mundo vivirán, sobrevivirán y morirán personas  que desarrollen la enfermedad. 

En esta generación está muy de moda y gusta mucho utilizar el término “normalizar”. Desde mi sillón trato precisamente eso: normalizar algo tan temido, pero tan común en nuestros días. 

La tuberculosis mató a millones, y el cáncer antes de ser nombrado como tal, se llevó a otros tantos, sólo que no tenía nombre ni apellido; simplemente la gente enfermaba gravemente hasta apagarse. Y era natural; y el drama no se prolongaba más allá porque el enemigo no tenía tarjeta de presentación…. 

Decía que las amigas me acompañaron y por supuesto que lo que pedí fue evitar el asunto que nos tenía ahí, mejor echar mano de uno de los grandes placeres que tenemos como humanos: el chisme. 

Decirle no a un buen chisme es como decirle no al vino o al sexo o a unas manitas de cangrejo gigante o a ver una película de Kurosawa o negarse a escuchar el Thannhäuser de Wagner o cerrar los ojos frente a Las Meninas. El chisme malicioso destruye la honra del personaje que lo estelariza, pero el chisme jocoso, de ocasión, te restituye, te hace humano, estoy segura que regenera células. 

Sin embargo, cuando las amigas se ocupaban de lo suyo, he aprovechado esos breves momentos en observar el proceso. Sé perfectamente lo que me ha sucedido y qué es lo que se ha hecho para pasar a través de. He dicho anteriormente que yo no me quiero considerar, ni nunca me quiero presentar o asumir como una sobreviviente del cáncer.   

En mi reposet, y mientras la amiga en turno sale a fumar o a tomar llamadas, acepto todo lo que ha pasado con tranquilidad y sin juicios. No me siento una guerrera porque no puedo ver a los ojos a mi adversario. Aunque sí me repito cada vez que volteo al rededor: dentro de lo duro del tema, estoy en la gloria. Estoy, como decía La Doña, llorando en un Ferrari, y claro que eso marca una diferencia. Si lo sabré yo, ahora mismo, mientras el Platino entra en mi torrente sanguíneo, pienso inevitablemente en mi maestro de danza africana, El Gran Karim Keita, que vino a México a formar a una generación de inquietos muchachos que nos enamoramos de los ritmos guineanos. 

El Platino pasa por mis venas, debilitando mi sistema inmune, pero retirando a los polizontes, mientras mi admirado Maestro, el que nos enseñó todas las posibilidades que tiene el cuerpo de moverse y gozar, entra y sale del hospital por un cáncer que ya avanzó y que le impide seguir bailando, que para él es lo mismo que respirar. 

En mi reposet, sentada con un casco en la cabeza que me congela a 2 grados hasta el pensamiento y la piamadre (googlear donde está) para evitar que se caiga el pelo, de repente cierro los ojos (como lo he hecho en cada radiación) y no me encomiendo a ninguna deidad porque nunca he sido creyente de Dioses invisibles, más bien creo que la divinidad habita y se ceba en las maravillas que el hombre puede hacer, sobre todo en el arte… 

Para mí la divinidad se manifiesta en el cuidado y el abrazo distante pero contundente que me da ese árbol frondoso que me ha guarecido de las tormentas, ese árbol que pierde sus hojas con tal de oxigenar mi raíz. Ese árbol que es un hombre de cortezas impenetrables, pero de núcleo increíblemente sensible, mi árbol gemelo se llama Carlos Meza Viveros. El ora por mí cada noche, y el poder de ese diálogo que yo no tengo con Dios, me beneficia por una suerte de contagio. 

Lamento mucho que exista gente en este mundo que no tenga a alguien como él a su lado. Lo suyo es una inédita y altísima forma de amor. 

En mi reposet miro en redes a muchos que hoy me leen, y les digo: Gracias. Sus buenos deseos han llegado a mí por todos los medios, y acá estoy, en el último día de actividades de este raro episodio de mi vida. Aquí sentada me refugio y negocio ser su representante en este plano a mis amados amigos, sobre todo a los que murieron de cáncer. Veo la cara de Fer Maspes, mi hermano por elección; a ese que, tras su diagnóstico, le dije con un mezcal en mano: no luches contra ti… el cáncer eres tú, el cáncer en realidad somos todos, es algo que nuestro propio cuerpo crea; es un órgano alien que no se llegó a formar. 

Pienso en don Beto Ochoa, a quien vi en sus últimos momentos de lucidez, antes de que el inquilino lo sitiara y cerrara el telón. 

Pienso en la gran Enoé González, ella es de esa casta de inmortales. Su voz resuena en cuanto se le invoca. 

A Héctor González no se lo llevó un cáncer, pero en presencia de Novalis (así se llama el aparato que te radia) pienso en él: pragmático, generoso, encabronadamente humano. 

Ellos son mis espíritus santos/ veo sus rostros en el goteo de Platino y mientras Novalis pasa su brazo disparando energía brutal que pulveriza, regaña y sana, a mis muertos les prometo ser una digna camarada que siga dando lata en este mundo: la misma lata, pero con más sentido. Como el polvo enamorado de Quevedo. 

Asimismo, desde mi reposet, entre visitas de las voluntarias de color de rosa y las rondas del médico que llega a revisar a mi vecina, pienso en Lore, admirable amiga que está, justo como yo, en medio del proceso. Pienso en mis ídolos, los que pasaron por cáncer y a los que se los llevó, y cómo pese a la madriza que se lleva el cuerpo en los tratamientos, siguieron creando maravillas: en mis audífonos suena Blackstar de David Bowie. ¿Se puede ser más genial y más honesto y más merecedor de la gloria, y estar más que reconciliado con la vida como para hacer tu propio Réquiem mientras esperas el guadañazo? 

Bowie no murió. Volvió a la estrella de la que se cayó. 

Leo a Christopher Hitchence, otro ejemplar de animal brutal que entendió más que nadie esta enfermedad y supo describirla con la frialdad que solo el que la vive (y se rinde a ella) puede hacerlo. 

Estoy sentada en el reposet que me contuvo cinco semanas. 

La última dosis de Cisplatino llega a su fin. Las gotas ingrávidas pasan por el catéter; las piernas que han perdido su masa quieren moverse para cruzar ese otro umbral; el de la puerta de salida. Quiero un cóctel de camarón y un albariño. Quiero abrazar a mi hija. Quiero ganarle todas las discusiones a mi padre. Quiero bailar con mis comadres. Quiero llevar a mi mamá al país de su abuelo. Quiero ser el regalo de cumpleaños del licenciado Meza. Quiero llegar a mi casa y dejarme de hacer pendeja para escribir. Como sea que me sienta… No hacerlo es ser ingrata con la vida. 

Creo estar preparada para volver, no a la vida (la vida es el rey de los lugares comunes), precisamente el cáncer me ha hecho sentirme más viva, en un plano más vívido, con toda la belleza y la monstruosidad que sólo una mente en vilo puede crear. 

Desde mi sillón escucho Shipbuilding cantada por Robert Wyatt. Y no me he convertido en una redimida que reniegue de su frivolidad. No prometí nada a cambio de salvación. Todos lo estamos/ y nadie lo está realmente. Sigo queriendo el abrigo y los zapatos nuevos que compran los marineros para sus esposas antes de subirse a esos barcos que los llevan a la guerra. (De eso habla Shipbuilging). 

De pronto pasa por mi mente la imagen de Selene Ríos. No pienso en lo que estaría haciendo hoy si su cáncer no se hubiera empecinado tanto con ella. Más bien pienso en lo que sí hizo, y cómo. Y lo hizo tan bien que, hasta yo, con quien tuvo polémicas públicas y encarnizadas, la reconozco y la tengo viva en la memoria. 

Se llevan ya el recipiente vacío del platino. La sustancia corre en mi cuerpo y renuncio a ser una víctima. No me cuestiono el clásico “¿Por qué a mí?”. Más bien: “¿Y por qué no me iba a tocar a mí?”.    

Nadie es especial/ todos somos especiales. 

Sería mejor ser espacial, pero ahí sí, solo Bowie y Nietzsche y Borges. 

Ya estuvo. 

En realidad, el cáncer no me quitó nunca la salud. Urrutia me reafirmó que es un estado mental: como Nueva York o los pechos de Ava Gardner.   

Es paradójico, el tumor estuvo ahí años, y nunca lo sentí. La enfermedad se instaló en mi cuerpo por los síntomas del tratamiento. 

Hoy termina la Razzia. Volverán los días de vino y rosas. Le podré decir a Miguel Sáenz: estaré en Madrid para festejar tus primeros 92 años de vida. 

Antes de tocar la campana que avisa que el tratamiento terminó, pienso que por primera vez entiendo el concepto de satisfacción: 

La satisfacción llega cuando dejamos de perseguir inútilmente la felicidad (que es un espejismo). La satisfacción se instala en tu casa cuando creas intimidad y negocias sin miedo con la enfermedad. Cuando tu perro te lame los pies día y noche creyendo que está haciendo una extracción ilegal del mal que huele. La satisfacción es que tu madre esté ahí para mover contigo el badajo. 

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