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lunes, marzo 23, 2026

Statement: Dejar de aprender

Statement: Dejar de aprender

Dejé un poco de lado la columna periódica (no periodística), por causas engorrosas que no estaban en mi agenda (llamémosle a esas “causas” recuperarme al 100 de un cáncer que amenazaba con quitarme la vida si no se atendía de inmediato).

Hoy regreso a este espacio con los ánimos renovados, veneno de alta calidad en mis dardos, y una manera de vivir mucho más ligera… sin prescindir nunca de la buena dosis de mala leche que necesita todo escritor para atraer a los lectores sedientos de ver correr y degustar de la sangre ajena.

No me había dado cuenta, pero, justo el día de hoy, se cumplen dos años en los que, a través de una ventana  del Hospital ABC observatorio, miraba con gran curiosidad y asombro (con la mirada que adquiere el patibulario que está en el paredón de fusilamiento, esperando el milagro), las grandes diferencias socioeconómicas de nuestro país; pues dentro de los cubículos de quimioterapia estaban –en su mayoría– pacientes judías de fortunas rebosantes, mientras que del otro lado está la colonia Bondojito, en donde la precariedad no se puede ocultar.

Así, mientras el cisplatino entraba por mis venas, me prometí a mí misma bajarle diez rayitas a mi necesidad de control, y aprendí a no generar expectativas sobre absolutamente nada. Durante las cinco sesiones de quimio, lo que más hice fue reflexionar sobre qué iba hacer una vez que recuperara la salud, y creo que al día de hoy, he cumplido a cabalidad mis propósitos: el año pasado –que fue mi primera “era” en remisión– brindé sin parar por la vida, los lechones, las vacas, y sobre todo, por la salud;  perfeccioné mi ojo fotográfico, y ejercité el músculo de la sinceridad a rajatabla; porque no hay una cosa más liberadora y sanadora que no andarse con chingaderas… aunque esto signifique cierta incomodidad en tus colegas, ya que parece ser que la mentira es un elemento de cohesión mucho más fuerte que la verdad, sin embargo, siempre he pensado (y  comprobado) que las heridas propinadas por la daga de la verdad, sangran escandalosamente, pero  siempre sanan; en cambio,  las heridas propinadas por la daga de la mentira nunca cierran y se infectan hasta la gangrena.

Comencé a escribir columna desde el año 2011; al principio con la rabia y la voracidad de la juventud; con veleidades intelectuales que hoy me dan pena, pero siempre con mucha hambre de saber y de conocerme mediante lo que escribo. Reflejarme en el espejo de quien critico; pues ya sabemos que lo que nos revienta de los demás, es generalmente lo que nos acusa.

Una vez que he pasado mi año sabático y de reacondicionamiento, el primer día de 2026 decidí dejar de brindar, es decir, de agarrar la copa durante 365 días, no porque haya sentido que se me estaba yendo la olla en el arte de empinar el codo, sino porque no hay nada que nos haga perder más tiempo y la esperanza en la vida que una cruda.

Quiero empezar este nuevo ciclo de columnas en HL, con un statement, ya que esta palabra está tan de moda, tan manoseadas por todos, y que significa, palabras más, palabras menos, fijar una postura.

Lo primero que quiero decir y que puede herir susceptibilidades, es que estamos contaminados por la idea del emprendedurismo.

Hay miles de ofertas y de cursos y de coaches sin credenciales que invitan al respetable público a emprender, prometiendo resultados fantasiosos a través de métodos poco viables en un país en donde los jóvenes salen de la preparatoria con una cultura general paupérrima, pero eso sí, con muchas ganas de tumbarle la chamba y la vieja a Jeff Bezos.

Qué daño nos hizo la pandemia no solo mentalmente, sí no discursivamente, al situarnos en una aparente realidad buenaondita en donde vender obleítas de matcha sintético,  y grabar vídeos sobre cómo se viste y se prepara una whitexican para salir a la calle, es una ruta hacia el éxito, la belleza, el glamur  y la riqueza.

En México tenemos el grandísimo problema de no analizar las palabras que usamos en el cotidiano.

Hemos reemplazado el aprender por el emprender; cuando la segunda es un verbo emparentado a la inmediatez, la improvisación, y por lo tanto, su última parada suele ser el fracaso.

Mientras que, aprender es una actividad de cocción lenta. Que saca jugo y miel.

El que aprende, concreta, solidifica.

Los que emprenden, en su mayoría, desbordan, no cuajan y se evaporan.

 

 

 

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