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jueves, enero 6, 2022
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Bellas forever

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La belleza no está en los ojos de quien la mira, sino del cirujano que la reinventa.

Pero el cirujano deberá tener algo de artista, de arcano y semi-dios.

He visto a la mujeres más bellas de mi generación perder la expresión natural de la cara por culpa de un carnicero que en aras de sacar tres duros las someten a experimentos raros para reincorporarlas a las grandes ligas de la autoestima y la bendita liviandad.

De esos cirujanos está empedrado el camino al infierno… de la inconformidad.

La belleza perece en la vida, no en el arte, dijo un tal Leonardo da Vinci.

Pero el arte es materia inerte que sobrevive a la flacidez de la piel y a los surcos que deja el duro oficio de llorar y de reír.

¿Qué fue de la Gioconda años más tarde de su famoso retrato?

¿Qué de la Venus de Boticelli y de las flacas de Modigliani?

El tiempo no tasajeó sus formas. No sufrieron la indignidad de la mancha y la resequedad.

Cirujanos de otros tiempos, los pintores, las salvaron. Y corrieron desnudas por El Prado, por Louvre y por la Tate sin temor al espasmo trémulo del cebo atroz.

He visto a las mejores pieles de mi generación vencidas por la abyección de la gravedad.

Y las he visto ahorrar y robar y empeñar cosas para asistir a una cita en El Ángeles u otras clínicas de dudosa reputación esperanzadas y felices ante la idea de recuperar lo que el tabaco y el alcohol y el desvelo y la propia vida les robó.

Las vi salir deconstruidas del quirófano disfrutando ese dolor voluntario con el que pensaban recuperar lo que no se recupera: la química sexual con sus hombres. Esos hombres que se fueron con otras mujeres no porque tuvieran la piel más firme o el ojo más almendrado, sino porque su instinto primitivo y animal los ha conservado nómadas y crueles. Infieles e infelices.

Y las vi seguir sufriendo ya hermosas mientras sus bocas inmóviles, por una suerte del hilo ruso, extraviaron la capacidad de hablar.

He visto a los mejores cirujanos pasear en sus Mercedes y en sus Aston Martin.

Dichosos Michelangelos del siglo XXI que convierten en estatuas frías a mujeres que sólo querían recuperar el olor y el humor de una sangre caliente.

Venus de Milo sin brazos para abrazar.

Victorias de Samotracia que desde hace siglos perdieron la cabeza que nunca les ayudó a pensar.

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