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lunes, septiembre 26, 2022
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Evolución influencer

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A partir de la pandemia, muchas influencers mexicanas de moda se vieron en la necesidad de cambiar sus contenidos por otros menos redituables y glamurosos.  

El año pasado se suspendieron los Fashion Weeks presenciales, entonces estas figurillas híper infladas tomaron su verdadera proporción dentro del cyber mapa.  

En el encierro muchos nos volvimos adictos o más asiduos a las redes sociales; en mi caso, yo sigo a una buena cantidad de personajes que me agradan, pero también aquellos que me generan cierta repulsión. Lo hago por morbo, para asomarme en esas vidas y observar atenta cómo casi todas son la repetición de la anterior. Las mismas muletillas al hablar, las mismas limitaciones intelectuales, pero eso sí, siempre impecables y mostrando alucinantes pasajes de sus días (comiendo y tomando matcha) en las historias de Instagram.  

Sigo, y no sé por qué, a una regiomontana que arma cursos de ejercicio para ponerse igual de buena que ella.  

La chava tiene un cuerpo muy trabajado, y si te vas para atrás en su feed te das cuenta de que es natural y que, de hecho, pasó por una serie de trastornos alimenticios severos, lo que la convirtió, por ende, en una autoridad moral.  

Esta mujer es un ejemplo a seguir para quienes aspiran tener una buena carrocería, sin embargo, no genera mayor conversación que frases hechas para la vida sana, para verse bien y “sentirse tan bien por dentro como por fuera”… Bla, bla, bla 

Quitando eso y el indiscutible taco de ojo, su muro de TikTok no dice absolutamente nada más. 

Asimismo, las it girls, o las hinchas de Prada en México, a quienes por cierto ya no vi este año como invitadas (gorronas) a las pasarelas de Milán ni París.  

Pasaron de ser los íconos exprés de la falta de estilo, como las llamó Carolina Herrera, a ponerse frente a la cámara con sus aros de luz led para dar recetas de cocina y tours gastronómicos en restaurantes de Masaryk.  

Con esta devaluación pandémica de las influencers, llegaron nuevos personajes, sobre todo en TikTok 

Jóvenes con propuestas un poco más interesantes: Paco de Miguel o Herly, o ladillas extraterrestres como Elan y reseñistas extraordinarios como Javier Ibarreche, quien con un sentido del humor ácido y ágil da morralla y cambio de estrenos de películas (no sólo de estrenos).  

Ibarreche era, antes del Covid, profesor de literatura y actor de teatro, por lo que tiene un gran dominio del lenguaje y del espacio en el que se mueve.  

Contenidos como el de Ibarreche son una bocanada de aire fresco en ese desierto lleno de camellos famélicos que es TikTok, plataforma que encumbra sobre todo a buchonas, proto-narcos, bonitillas regiomontanas que presumen bolsas de marcas top y millennials acéfalas cuyo mayor logro es mostrar su outfit del día.  

A esta jungla llegaron también chefs en ciernes, señoras que ya no sabían qué hacer con su tiempo más que bailar (yo, entre ellas), coleccionistas de huesos de dinosaurios y cachos de asteroides, freaks que narran en un minuto teorías reptilianas de conspiración y una legión de chavitas que han descubierto en las pacas de ropa del tianguis el hilo negro.  

Una de ellas, llamada Cremita de Coco, se ha vuelto famosa por llorar y decir que está caliente en todas sus historias y, contrapuesta a las exorbitantes cuentas que pagan las influencers condechi para figurar, ella lo que presume es que es una vaga que viste ropa de segunda y que tiene un estupendo trasero, aunque se la pasa comiendo chatarra.  

De esto hablamos cuando hablamos de influencia.  

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