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martes, enero 13, 2026

Los dos sublimes

Los dos sublimes

Últimamente me aplastan cosas que no han ocurrido ni van a ocurrir. Catástrofes privadas sin presupuesto, pero mi cabeza las trata como emergencias reales.

Esta mañana, por ejemplo, mientras veía la marcha que no era de la generación Z —la de los señores que respiran fuerte— imaginé que una estampida de cuerpos viejos, clones de Fox y Salinas Pliego multiplicados, me rompería las costillas. Nadie corría ni gritaba ni me miraba, pero mi estómago subió como si un barandal hubiera cedido. No era miedo real. Era el otro: el de laboratorio, el de algunas películas, el que sólo sirve para recordarte que sigues vivo.

Luego vino la ponencia. Revisaba mis notas en el auditorio y sentí un pinchazo en la próstata. El cuerpo es un casero que cobra puntual. Estaba por hablar de un tema que a mí mismo me hacía bostezar, temiendo lo único que sí importaba: ¿y si me meo aquí? Mi cabeza ya había filmado la escena completa: mi charco, las risas de los alumnos y colegas, mi caída del decoro institucional al zoológico. Un miedo inútil, uno que entreno con disciplina.

Después está ella. La de inteligencia social y sonrisa perfecta. Me escribió: “Siento como si hubiéramos sido amigos toda la vida.” Ahí estaba: “amigos”. Cinco letras, un tiro limpio. Yo había leído chispa, promesa, preludio; ella mandó condolencias. Miré el mensaje como se mira un electrocardiograma plano. Nada revivió.

Hay otro vértigo: el de los números. Uno se sienta, hace un cálculo, multiplica años por colesterol, estrés, torpeza emocional, mala vida, y descubre que apenas le quedan unos cientos de fines de semana (si es que multipliqué bien). No miles. Cientos. ¿Cuántos viajes? ¿Cuántos libros? ¿Cuántas mujeres a las que no voy a gustar? ¿Cuántos objetivos aplazados? ¿Y los negocios que no cerré? La cuenta me deja inmóvil. Es un abismo sin espectáculo. Dan ganas de arrojarse.

Esta vocación por confeccionar tragedias viene de mi madre. Ella siempre espera lo peor, incluso cuando escucha al meteorólogo. “Si no llueve, habrá sequía; si llueve, habrá inundación. Estamos jodidos” La economía del desastre, la metafísica de Nostradamus. De niño, si mi mamá tardaba diez minutos en volver del mercado, yo ya le organizaba el velorio. Crecí con la habilidad de exagerar todo hasta volverlo teatro de barrio.

Hoy soy más maduro. Cuando exagero mastico la misma frase: “No va a pasar nada, pero podría pasar.” Es un tranquilizante que estimula: calma al animal pero le da permiso de temblar. La repetí viendo la marcha de Fox; la repetí en la ponencia, cuidando que mis piernas no me traicionaran; la repetí anoche, después del “amigos”.

Mi mente no soporta el exceso: de gente, de deseo, de tiempo, de cálculo. Se rompe antes de que pase nada. Y en ese quiebre aparece un brillo extraño: no belleza, no terror, es el testimonio de que no puedo administrar lo que imagino.

Hay dos formas de caer en lo sublime: una te aplasta desde afuera; la otra te deshace desde adentro. Ambas se sienten como cuando alguien hermoso te mira para no pisarte. Como cuando un calcetín se hace bola dentro del zapato. Una molestia con potencial. Una tragedia menor.

Algunos días soy las dos cosas: la estampida que no ocurre y el precipicio que invento. Una combinación idiota, pero mía.

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