Martha, el saludo y la inducción
Llevo décadas esperando que alguien de Puebla me confirme que no soy como ellos. Nadie ha cooperado.
Esta mañana, Martha me dijo:
—Buenos días, joven.
La misma Martha que durante décadas me cobró los refrescos sin mirarme. La que parece anciana desde hace treinta años, hoy dejó de responder mi saludo con el zumbido del refrigerador.
“Buenos días, joven.”
El sol me quemó. Me quedé quieto, sosteniendo unas cervezas menos frías que yo. Uno no rompe una ley natural así de gratis en esta colonia.
A los siete años llegué a El Vergel con acento del norte y tenis mugrosos.
A los catorce caminaba con otros tenis mugrosos, el pelo larguísimo y odiando la ciudad.
Martha nunca me perdonó ninguna de las dos cosas.
Una vez intenté entrar a su tienda sin saludarla. Me sostuvo la mirada hasta que bajé los ojos. Desde entonces la saludé por disciplina. A ver si el muro respiraba.
Pero hoy me dijo “Buenos días, joven”.
Mi tío Rubaldo, antes de largarse a un cerro y dejarle de hablar a la familia, me lo advirtió:
—Mijo, puedes irte veinte años si quieres. Pero caminas como poblano.
Yo me fui a la Ciudad de México.
Se me quitó el cantadito. Aprendí a hablar plano.
Paseé por parques. Me creí distinto.
Quince años después, volví sin notarlo.
Y nunca revisé mi forma de caminar.
Tal vez en Puebla nadie necesita verte la cara. Basta con verte cruzar la calle.
Hoy Martha no necesitó más.
Eso fue lo insoportable.
Si me vuelve a saludar mañana, voy a mirar hacia otro lado.

