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jueves, marzo 26, 2026

Princesa negra de dos estambres, de Anisuz Zaman

Princesa negra de dos estambres, de Anisuz Zaman

Uno de los momentos más intensos que puede vivir un lector es cuando retira el retractilado de un libro nuevo. De pronto su olor a tinta lo asalta, lo avasalla. Repasar las primeras páginas, las dedicatorias, el prólogo, las introducciones y demás elementos de análisis previos al inicio en sí de la historia, constituye un acto similar al que se lleva a cabo al interior de un templo. Empezar a leer una novela y sentir que estamos entrando a un lugar sagrado con los pies desnudos y la mirada deslumbrada por las imágenes y la resonancia de ecos familiares, resulta un fenómeno que se verifica cada vez con menos frecuencia. No solo porque cada vez haya menos lectores, sino porque el hábito de la imagen en movimiento nos ha inhabilitado para generar con nuestra imaginación el rostro de los personajes o los colores de una historia escrita en blanco y negro. En lo personal, aún puedo nombrar los títulos de obras que me hicieron caminar por sus calles y oler el tufo de la sopa de col en un brasero. Compartir de manera tan profunda lo escrito en un texto es una habilidad que tienen muy pocos escritores. Muchos lectores, sin embargo, privilegian la lectura cómoda en lugar de aquella que empuja a entrar en contacto con mundos por descifrar o conocer desde perspectivas desconocidas, donde las voces resuenan con timbres auténticos, y la piel arde al entrar en contacto con las emociones de los personajes.

Princesa negra de dos estambres es una de esas obras. Con la cadencia de los relatos orales contados a la luz de una hoguera, esta novela del autor bengalí Anisuz Zaman invade nuestros sentidos gracias a la polifonía de un lugar que se rige y se construye con sus propias reglas. A la manera de Macondo, de Gabriel García Márquez, el puerto de Santa María de Juan Carlos Onetti o el Comala de Juan Rulfo, Etzatlán, un pequeño poblado en la sierra de Jalisco, se vuelve el centro del misterio y la leyenda.

La primera novela de Anisuz Zaman —traductor al bengalí de varios importantes escritores latinoamericanos— fue escrita directamente en español. Proeza similar a la que en algún momento llevó a cabo el escritor ruso Vladimir Nabokov al escribir sus obras en inglés y no en su idioma materno. El español, con todas las dificultades que representa para quienes hablan idiomas no romances (por ejemplo, los verbos, primera gran barrera para la escritura, porque cada verbo se transforma según persona, número, tiempo y modo) se convirtió para el autor en un constante reto. El resultado es una historia de enorme encanto lingüístico que fluye a manera de corriente narrativa que envuelve al lector con su música. Los más de 30 años que Anisuz lleva viviendo en México aportan melodía, silencios y ritmo a un relato altamente sonoro.

Zaman crea y recrea una atmósfera que le debe sus matices a la épica. Entre el romance y la violencia, con el sudor de las espaldas musculosas de los jóvenes resbalando por las fantasías de las quinceañeras que dan vueltas alrededor del kiosko del pueblo, el relato gira en torno de la sobrevivencia y las pequeñas ambiciones de un lugar sin tiempo. Las ambiciones carnales de los habitantes de Etzatlán, Jalisco, sin embargo, nos ofrecen momentos deliciosos con los jóvenes entregando flores a las muchachas para que caminen con ellos por el parque. Con una obvia y muy deleitable deuda al realismo mágico y a las atmósferas de Pedro Páramo, el flujo narrativo de esta novela se percibe como un coro de murmullos que acompaña el presente, el pasado y el futuro de los personajes.

Princesa negra de dos estambres, de Anisuz Zaman, es una novela que renueva la tradición narrativa sobre la Revolución en un momento en que los mexicanos asistimos, ya en pleno siglo XXI, a la reformulación de estructuras políticas herrumbrosas y asesinas.

El triángulo amoroso entre María —el personaje más contundente de la obra—, Librado y el Mariachi, junto con la irrupción de rosas indiscretas que impiden olvidar la indecisión existencial, conduce al lector por los senderos abiertos por novelas como Los de abajo, de Mariano Azuela, escrita durante la revuelta, o La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, obra maestra de la crítica al México posrevolucionario.

Sin embargo, Anisuz se aparta de la tentación de volver a las batallas y a los generales. En su lugar, crea un microcosmos tejido con los recuerdos de un mítico Etzatlán, al que llegan las oleadas de violencia provocadas por la prohibición de los cultos religiosos decretada por el presidente Plutarco Elías Calles.

Jalisco, como se sabe, fue venero de cristeros: campesinos, sacerdotes, comerciantes, padres de familia, exmilitares y jóvenes creyentes que se lanzaron a la lucha armada entre 1926 y 1929, en abierta rebelión contra un gobierno empeñado en limitar la influencia de la Iglesia católica en todas las áreas de la vida social. Más de 90 mil ciudadanos murieron en esos años cruentos.

Las encrucijadas históricas y sociales del México violentado adquieren en Princesa negra de dos estambres una dimensión épica gracias al estilo polifónico que acompaña al lector a través de un recorrido marcado por la poesía descriptiva y la metaficción. El autor emplea estos recursos con una cualidad fantasmal, como si su espíritu se desdoblara en el tiempo y el espacio para estar presente en la historia más profunda de una familia mexicana atrapada en las contradicciones de su época.

Mención aparte merece la sensibilidad del autor bengalí para crear diálogos que evocan atmósferas de gran influencia rulfiana, así como formas de pensamiento, reacciones y reflexiones nutridas por sus lecturas de autores del realismo mágico. Uno de los pasajes recuerda el lenguaje apocalíptico de “Isabel viendo llover en Macondo”, cuento de García Márquez, cuando María, atravesada por el dolor del parto, escucha la lluvia caer de manera tan definitiva que parece apoderarse de su destino

 “Cuando Librado volvió de la cocina con la infusión de manzanilla, la lluvia había amainado. Casi al instante, el aguacero arremetió otra vez, con fuerza, sobre el valle de soledad que rodeaba la casa. Al recibir la infusión te volvieron los dolores.

—No pudo nacer en otra época —dijo Librado, su voz ahogada por el tamborileo del agua en el techo de zinc.

—No pudo llover en otra época —corregiste con la frase entrecortada por el dolor.”

En el pequeño pueblo de Etzatlán, Jalisco, a partir de las expectativas propias de los jóvenes de esa época, María y Librado Jiménez se enamoran, se casan y forman una familia, pero María se pregunta si habrá elegido bien, porque prefirió lo seguro y convencional sobre la pasión y el clamor de su sangre. El Mariachi, un personaje carismático que representa tanto el deseo como la incertidumbre de lo imprevisible, lo errante y lo aventurero, es el tercero en discordia. A lo largo de la novela, María oscila entre la nostalgia por lo que pudo haber sido y la resignación ante las decisiones tomadas, mientras el trasfondo histórico y social del México posrevolucionario impregna cada aspecto de su vida de adulta.

El relato se construye a partir de múltiples voces narrativas: la primera persona de María, la tercera persona de un narrador omnisciente, la segunda de una conciencia resquebrajada, así como la irrupción ocasional de la voz del propio autor, quien se introduce como parte de ese mundo de murmullos venidos de lo profundo de la memoria colectiva.  De esta forma, el pueblo de Etzatlán adquiere un carácter mítico, similar al de Comala en Pedro Páramo o Macondo en Cien años de soledad, pero tejido con una conciencia nueva, una percepción más amorosa y posible de la sociedad mexicana.

La figura del mariachi, el hombre misterioso y sus rosas, su empecinado amor hacia María, la fatalidad que se cierne sobre quienes han aprendido a amar en silencio, poco a poco se vuelven parte de otra revolución, la del tiempo y lo imposible. Cuando llegan los narcos o cuando cae el temporal de lluvias que arrasan con casas, autos y personas, Anisuz nos invita a pensar que, al igual que sus personajes, cada uno de nosotros en algún momento regresaremos a nuestro origen, ese refugio que nos protegerá de las guerras y los desastres venideros.

Radicado en Etzatlán, Jalisco, Zaman se ha integrado de manera natural a la vida cultural mexicana. Su primera novela, Princesa negra de dos estambres, representa la admiración hacia las naciones que le han dejado un bagaje polifónico con el cual construye mundos sonoros, olorosos a tierra y a humedales, donde las pasiones estelarizan la eterna batalla entre la resistencia y el amor.

Debo confesar que esta novela me recordó que la familia de mi padre también provino de una migración europea. A principios del siglo XIX, la necesidad de buscarse la vida en un mejor lugar trajo a las dos familias de las que provengo: mi bisabuelo Meyer, un alemán que se instaló justo en los Altos de Jalisco, donde se casó. Su hijo migró después a la ciudad de México y hasta hace muy poco supimos de nuestra relación con Jalisco. La familia de mi madre llegó de España y se asentó en Teziutlán. Luego de tragedias muy similares a las de María y Librado, mis abuelos se mudaron a la ciudad de México. Y como siempre pasa con aquellas familias provenientes de éxodos forzados, algunos de sus descendientes han emigrado de vuelta a España y a otras regiones de Europa.

En conclusión, Anisuz Zaman nos entrega en su primera novela una alegoría de la resistencia y la desilusión revolucionaria, de los amores atravesados por la sinrazón del poder, así como del legado  de familias marcadas por el negro sello del desencanto, y que, sin embargo, portan en su morral y en su corazón múltiples semillas de esperanza.

 

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