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jueves, marzo 26, 2026

Atrapado en la noche de una plaza comercial (por culpa de Parkimovil)

Atrapado en la noche de una plaza comercial (por culpa de Parkimovil)

🚗 ERAN LAS DIEZ QUINCE DE LA NOCHE cuando subí a mi auto, lo encendí y me preparé a salir de una plaza comercial. Cuando llegué a la caseta, abrí mi aplicación Kigo Parkimovil, pero el escáner para leer el código QR se había paralizado. No servía. De hecho, dentro del cuadrado para escanear se veía la casetita de otra plaza comercial a la que había ido hace dos meses. Retrocedí como pude, estacioné el auto, bajé a pedir ayuda y así estuve (a la deriva) unos quince minutos.

🌓 LA PLAZA ESTABA VACÍA Y NO HABÍA NADIE QUE ME AUXILIARA. Una y otra vez reinicié el celular. Inútil. El escáner estaba absolutamente inmovilizado. Igual que algunos ayuntamientos como el de Atlixco, Huauchinango y Xicotepec. Igual que ciertos Congresos del estado. Y no es que fallara el servicio de internet. Lo que fallaba era la inteligencia artificial de la aplicación.

💰 PENSÉ QUE, ASÍ COMO EL MUNDO SE MUEVE CON DINERO, Kigo tendría la misma lógica. Entré a mi saldo y cargué 50 pesos. Se va a trabar, aposté, pero no fue así. Mi botón del saldo funcionaba correctamente. El que estaba muerto era mi escáner para leer el código QR (“respuesta inmediata”).

🤵‍ CAMINÉ A LA DERECHA, CAMINÉ A LA IZQUIERDA, CAMINÉ AL CENTRO (igual que el Partido del Trabajo y el Partido Verde), pero fue infructuoso: no había nadie que me auxiliara. Por fin, media hora después de estar atrapado en el submundo de la movilidad inteligente, me topé con un franelero. Al contarle mi caso, me señaló a un joven de traje que platicaba con alguien. (Pudo haber sido un alien, un petista o un alcalde). Llegué ante él, le expuse mi problema, y de inmediato me dijo algo que ya sabía: que la imagen que aparecía en mi escáner no correspondía a esa plaza comercial. Tras explicarle detalladamente mi caos interior. Pareció entender y me dijo que resolvería la trama en diez minutos.

👋 QUISE CREERLE, PERO CUANDO DESCUBRÍ QUE LLEVABA una hora atrapado en el submundo de Kigo (cuyos dueños son poblanos), empecé a desesperarme. A las once veinticinco la noche, el franelero me dijo que me acercara al módulo donde entran y salen los autos, y que esperara instrucciones. Así lo hice. Al llegar ahí, la voz de una amable señorita (que bien pudo haber sido una alien, una petista o una alcaldesa desocupada) me dijo “buenas noches”. En ese momento mágico, la barrera vehicular se levantó, y me dio la impresión, desde mi retrovisor, que desde ahí salió una manita (con el logo de Kigo Parkimovil) que me decía “adiós, imbécil. Regresa pronto”.

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