Entre más conozco la Inteligencia Artificial (IA), más quiero a mis perritos.
Sé de gente que todo el tiempo está metida en ChatGPT o Gemini, pero es incapaz de mantener una mediana conversación.
Esos asistentes de la IA no les ayudan a resolver lo inmediato: la deficiente sintaxis.
Su erudición termina donde empieza la vida cotidiana.
Dicen “fuistes” y “dijistes”.
Y lo más sórdido: dicen “háyamos”, “más pior” o “crío yo”.
Lo mejor que les he leído normalmente proviene de un plagio.
Plagiar se ha vuelto un ejercicio recurrente.
Hay quienes incluso plagian tuits.
Odio descubrirlos, pero tengo un sexto sentido que me permite hacerlo.
Sé que se robaron una idea cuando leo sus tuits perfectamente escritos: con una prosa y una puntuación impecables, muy lejos de su natural analfabetismo funcional.
Entonces copio el tuit, lo meto a la licuadora de Google y en unos segundos aparece —prístina— la idea robada con la redacción exacta del autor plagiado.
He estado a punto de exhibir a los ladrones, pero sé que perderé dos cosas: mi tranquilidad y cierta amistad construida durante años.
Lo más grave es que si alguien es capaz de robarse el tuit de una celebridad, es capaz de robarse una columna entera.
(También los he descubierto, pero guardo un silencio prudente. Ya discutí en el pasado con todo mundo. Ahora que otros difieran).
El periodista Raúl Novoa, de EL PAÍS, revela en un artículo brutal que la IA es una gran creadora de fake news y que, en consecuencia, es poco confiable en las redacciones de los periódicos, una vez que miente o tergiversa las notas con demasiada frecuencia.
Mientras unos celebran a la IA como la joya de la corona, otros (tan inteligentes como Novoa) descreen de ella.
Y no quiero decir que la inteligencia artificial sirva para un carajo en áreas financieras o científicas, pero en el ámbito de las redacciones tiene la cola severamente sucia.
Moraleja: prefiero los errores humanos a la hora de escribir una línea, que tragarme las noticias falsas de una inteligencia que carece de cuajo, tripas y cogote.


