La obra de Emmanuel Rodríguez se ha ido construyendo como una especie de crónica prolongada del agotamiento de un orden político. No es un autor que escriba libros aislados. Cada volumen se suma a un proyecto que, con el paso de los años, ha adquirido la forma de una interpretación sistemática de la historia reciente de España. El fin de nuestro mundo. La lenta irrupción de la catástrofe (Traficantes de Sueños, 2025) es el capítulo más reciente de esa investigación, pero también el momento en que su argumento alcanza mayor amplitud histórica.
Para entender ese libro conviene retroceder. La serie comienza con Fin de ciclo (2010), escrito junto con Isidro López en pleno derrumbe del modelo económico español tras la crisis financiera de 2008. Aquel ensayo proponía una tesis que en ese momento parecía excesiva: el llamado “milagro español” de las décadas anteriores no había sido una modernización sólida, sino un crecimiento apoyado en una estructura económica profundamente frágil, dominada por el crédito, el sector inmobiliario y la financiarización. El crecimiento sostenía el consenso político. Cuando ese crecimiento se detuviera, ese consenso también entraría en crisis.
La hipótesis se desarrolló después en ¿Por qué fracasó la democracia en España? La Transición y el régimen del 78(2015). Rodríguez proponía allí una lectura poco complaciente de la transición española. En lugar de celebrarla como el origen de una democracia modélica, la analizaba como un compromiso histórico específico entre élites políticas, económicas y sociales que permitió estabilizar el país tras el franquismo. Ese pacto institucional produjo un régimen político relativamente estable durante décadas, pero su estabilidad dependía de condiciones económicas muy concretas.
El análisis continuó con La política en el ocaso de la clase media. El ciclo 15M-Podemos (2016), donde Rodríguez intentó interpretar el terremoto político que había comenzado en España a partir de 2011. El movimiento 15M no aparecía allí como un episodio generacional ni como una simple protesta contra la austeridad. Era el síntoma visible de una transformación social más profunda: la erosión del pacto social que había sostenido la democracia española durante treinta años. La irrupción de Podemos en el sistema político, lejos de ser una anomalía, formaba parte de ese proceso de recomposición.
Ese argumento alcanzó una formulación más general en El efecto clase media (2022). En ese libro Rodríguez introducía un concepto central para entender su proyecto intelectual. La clase media, sostenía, no es únicamente una categoría económica. Es también un mecanismo político de estabilización social. Cuando amplios sectores de la población se perciben como parte de una clase media relativamente protegida, el conflicto social disminuye y las instituciones políticas adquieren legitimidad. Durante varias décadas Europa occidental vivió dentro de ese “efecto clase media”. Pero ese equilibrio dependía de una estructura económica concreta: crecimiento sostenido, expansión del consumo y expectativas de movilidad social.
Cuando esas condiciones desaparecen, el efecto también se desvanece.
El fin de nuestro mundo retoma esa línea argumental y la proyecta hacia un horizonte más amplio. El libro describe lo que Rodríguez llama una “catástrofe lenta”. La expresión no remite a un colapso repentino sino a un proceso histórico prolongado en el que se acumulan distintas crisis: la ecológica, la energética, la social y la institucional. Ninguna de ellas produce por sí sola un punto de ruptura definitivo, pero juntas transforman gradualmente las condiciones de vida y de organización política de las sociedades contemporáneas.
El diagnóstico de Rodríguez no tiene el tono apocalíptico que podría sugerir el título. Más bien pertenece a una tradición sociológica que insiste en que los cambios históricos decisivos suelen desarrollarse de manera gradual. Las estructuras políticas no se derrumban de un día para otro. Se erosionan lentamente, pierden capacidad de integración social y dejan de ofrecer respuestas convincentes a los conflictos emergentes.
En entrevistas recientes sobre el libro, Rodríguez ha insistido en que el problema central de las democracias contemporáneas no es simplemente institucional. Durante décadas se asumió que los sistemas democráticos poseían mecanismos automáticos de autocorrección. La experiencia reciente sugiere algo distinto. Cuando las bases sociales que sostenían la estabilidad política se deterioran, las instituciones dejan de funcionar como amortiguadores del conflicto. Lo que aparece entonces no es necesariamente una alternativa política clara, sino una prolongada fase de incertidumbre. En ese punto el análisis de Rodríguez se conecta con una discusión más amplia dentro del pensamiento crítico europeo. Autores como Wolfgang Streeck o Nancy Fraser han señalado que el capitalismo contemporáneo atraviesa una crisis múltiple en la que convergen problemas económicos, ecológicos y políticos. Rodríguez comparte esa intuición, pero su trabajo tiene una particularidad: intenta describir esas transformaciones a partir de la historia concreta de un país y de un ciclo político específico.
El resultado es una obra que combina historia económica, sociología política y análisis del presente. Esa combinación explica también la radicalidad que atraviesa sus textos. Rodríguez no utiliza el término en un sentido retórico. Su argumento es más bien histórico. La moderación política que caracterizó a las democracias europeas durante la segunda mitad del siglo XX fue posible porque existía una estructura social relativamente estable. Cuando esa estructura se debilita, la política inevitablemente se vuelve más conflictiva. Las soluciones tecnocráticas o los consensos superficiales dejan de ser suficientes.
Desde esa perspectiva, El fin de nuestro mundo no propone un programa político cerrado. Lo que intenta es describir un cambio de época. Leer ese diagnóstico desde México produce una sensación peculiar de familiaridad. La historia política mexicana es distinta a la española, pero algunas de las tensiones que describe Rodríguez resultan reconocibles. Durante varias décadas el país vivió también bajo un equilibrio político relativamente estable, sostenido por un crecimiento económico irregular pero persistente y por ciertas expectativas de movilidad social. Ese equilibrio se ha ido debilitando con el tiempo.
Hoy México enfrenta un conjunto de crisis que recuerdan, al menos parcialmente, el panorama descrito por el historiador español: desigualdad persistente, precarización laboral, desgaste institucional y una polarización política cada vez más visible. En ese contexto, la obra de Rodríguez ofrece algo más que una interpretación de la historia reciente de España. Funciona también como una advertencia sobre los límites de los sistemas políticos cuando sus bases sociales se erosionan.
Tal vez ese sea el valor principal de su trabajo. En una época dominada por diagnósticos rápidos y opiniones efímeras, Rodríguez ha intentado construir una interpretación de largo aliento sobre la transformación del capitalismo contemporáneo. Sus libros pueden leerse como capítulos de una misma investigación que comenzó hace más de quince años y que todavía sigue abierta.
El fin de nuestro mundo no pretende anunciar el colapso inmediato de nuestras sociedades. Lo que describe es algo más inquietante: el lento desgaste de un orden político que durante décadas parecía estable. En ese proceso de desgaste, la política vuelve a convertirse en lo que siempre ha sido en los momentos de transición histórica: un terreno incierto donde las viejas certezas dejan de funcionar y las nuevas todavía no han terminado de aparecer.

