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miércoles, marzo 18, 2026

Más allá del bien y el mal: la neurociencia de la moral

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Mario de la Piedra Walter

 

Cuando el juez ordenó al acusado subir al estrado, una ráfaga de destellos iluminó la sala del tribunal. Cuatro cámaras de televisión, ocultas en cabinas especiales, apuntaron al rostro del supuesto mayor criminal del mundo. Desde las pantallas de sus televisores, cientos de miles de espectadores en treinta y siete países sintonizaron “el juicio del siglo”, una operación global para condenar a un régimen a través de un individuo.

Un año atrás, en 1960, el Mossad (servicio de inteligencia israelí) incursionó en Argentina y secuestró a Adolf Eichmann, un oficial de las SS (organización paramilitar y policial del nazismo) que había sido el responsable de coordinar el transporte de millones de judíos desde toda Europa hacia los guetos y los campos de exterminio, y que huyó a Sudamérica después de la caída del Tercer Reich.

La mayoría de los líderes del régimen nazi habían evitado – por suicidio o huida – los juicios de Núremberg catorce años atrás, por lo que la captura de Eichmann fue recibida en occidente con enorme entusiasmo. Esta euforia contrastaba, sin embargo, con dos hechos incómodos: la violación de la soberanía argentina y, sobre todo, la silenciosa reinserción de centenares de exoficiales nazis en el gobierno de la Alemania Occidental por parte de los aliados.

El proceso se convirtió en un evento mediático y en un espectáculo de la justicia. Cientos de periodistas viajaron a Jerusalén para cubrir el juicio. Entre ellos se encontraba Hannah Arendt, una filósofa alemana de origen judío, que fue perseguida durante el régimen nazi y que se refugió en los Estados Unidos, donde obtuvo la ciudadanía. Su obra, los orígenes del totalitarismo, la habían consagrado como una de las grandes pensadoras de su tiempo, por lo que The New Yorker no dudó en contratarla como corresponsal durante la audiencia.

Al igual que los espectadores dentro y fuera de la sala, Arendt esperaba ver la cara de un monstruo sádico detrás de los flashazos, la encarnación misma del mal. Lo que vio fue algo mucho más atroz: una persona normal. Sobre el estrado, rodeado por cristales a prueba de balas, un burócrata de baja estatura, lentes redondos y escaso cabello, escuchaba impasible los quince cargos en su contra a través de unos auriculares.

Durante el juicio, le fueron mostradas fotografías de ejecuciones masivas y videos de los campos de exterminio, ante las que no mostró ningún indicio de arrepentimiento. En su defensa, argumentó que sus actos fueron realizados en cumplimiento de las leyes del Reich. Como funcionario público debía llevar a cabo políticas de Estado, como la gestión de logística y transporte, por lo que –según él– no podía imputársele culpa alguna. Incluso, negó simpatizar con los valores nazis o albergar sentimientos antisemitas, desligándose de cualquier motivación ideológica o personal.

El 15 de diciembre de 1961, Eichmann fue declarado culpable de crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. Fue condenado a muerte y ejecutado por ahorcamiento la última noche de mayo de 1962.

Arendt, por su parte, publicó un año más tarde Eichmann en Jerusalén. Más que la crónica de un juicio, el libro es un estudio profundo del comportamiento humano. Según Arendt, el rasgo terrorífico de Eichmann era su normalidad. Por motivos banales, como un sentido del deber y de obediencia, las personas corrientes llevan a cabo crímenes atroces y no por una maldad innata. La banalidad del mal radica en que cualquier individuo puede ser partícipe del horror sin ser consciente de ello.

Además, cuestionó la función legal del proceso, al que calificó como sensacionalista; y señaló que muchos líderes judíos o Judenräte también cooperaron con los nazis durante las deportaciones masivas. Por supuesto, el libro generó una enorme polémica, donde se acusó a Arendt de traicionar a su propia comunidad judía y de absolver a Eichmann. Para otros, el libro planteó un enfoque revolucionario: el mal como un acto cotidiano y no como una entidad metafísica.

Casi en paralelo al juicio de Eichmann, un psicólogo de la Universidad de Yale, Stanley Milgram, demostró en un experimento cómo individuos comunes son capaces de cometer los actos más atroces. Milgram reclutó alrededor de cuarenta participantes, entre veinte y cincuenta años, de trabajos diversos (obreros, oficinistas, profesores, ingenieros); a los que les hizo creer que investigaba los efectos del castigo en el aprendizaje.

Debían administrar una descarga eléctrica a un “alumno” cada vez que este fallaba en una prueba de memoria. Sin saber que los “alumnos” eran actores y que la máquina no era real, los participantes debían aumentar el voltaje de la descarga ante cada error. Un experimentador, vestido de bata blanca, los instaba a continuar a pesar de los gritos de dolor del “alumno”. Aproximadamente el 65% de los participantes administraron la descarga máxima, etiquetada como “peligro: descarga grave.” La mayoría se excusó diciendo que solo seguían órdenes, que la responsabilidad recaía en quienes daban las instrucciones. Otros, aunque apartaran la vista, consideraron al “alumno” responsable del castigo por sus deficiencias.

Una década más tarde, otro psicólogo, Philip Zimbardo, demostró que, además de la obediencia a un orden puntual, el entorno y los roles sociales pueden transformar la identidad y el comportamiento de los individuos. En el sótano de la Universidad de Stanford simuló una prisión con un grupo de estudiantes a los que se les asignó aleatoriamente los roles de “guardias” y “prisioneros”.

Diseñado para durar dos semanas, el experimento tuvo que ser suspendido a los seis días por la brutalidad fuera de control. Los estudiantes asignados como “guardias” adoptaron rápidamente conductas autoritarias y sádicas contra los “prisioneros”, como despojarlos de sus camas, aislarlos en celdas o forzarlos a participar en actos de humillación sexual. Varios “prisioneros” sufrieron crisis emocionales severas en los primeros días, pero el mismo Zimbardo – inmerso en su papel de “superintendente” – se negó a detener el experimento.

Fue Christina Maslach, una psicóloga que visitó el laboratorio, quien confrontó a Zimbardo después de mirar con horror lo que estaba sucediendo. Con el pasar de las décadas, Zimbardo volcaría sus investigaciones hacia el polo opuesto: el heroísmo. Su Heroic Imagination Project es una organización no gubernamental que fomenta el pensamiento crítico en niños de todo el mundo para actuar de manera positiva y solidaria ante situaciones adversas.

Para investigadores contemporáneos como Robert Sapolsky, la moral no es solo un concepto filosófico, es también un proceso biológico que podemos rastrear en el cerebro.

Nuestro comportamiento, ya sea virtuoso o sádico, depende de la interacción de factores genéticos, hormonales y psicosociales de los que no somos conscientes. Dentro de nuestro cerebro, distintas regiones están involucradas en el procesamiento de emociones y la toma de decisiones.

A grandes rasgos, existe un sistema emocional-automático que favorece la toma de decisiones precipitadas, basado en conceptos preestablecidos, y que es eficiente para la mayoría de las situaciones cotidianas. Este sistema incluye regiones cerebrales asociadas al aprendizaje social y al procesamiento emocional, como la amígdala, la corteza prefrontal ventromedial y la ínsula. Por otro lado, el sistema cognitivo-controlado permite un análisis más detallado de la situación, ponderando los costes y beneficios antes de ejercer la conducta.

Las regiones asociadas al control cognitivo son la corteza prefrontal dorsolateral y los lóbulos parietales. Ambos sistemas “compiten” entre sí y son influenciados por procesos neurobiológicos que suceden milisegundos antes de la toma de decisión. Estos procesos, a su vez, están ligados tanto a la historia evolutiva como al contexto social del individuo. Si nuestras decisiones se gestan en un plano inconsciente, mediado por factores que no elegimos, ¿qué espacio queda para el libre albedrío? Sapolsky no ofrece una respuesta definitiva, pero nos obliga a reconsiderar el concepto.

La neurocientífica Liane Young ha utilizado técnicas como la estimulación transcraneal para “silenciar” temporalmente la corteza prefrontal dorsolateral derecha. Al hacerlo, observó que las personas juzgaban con la misma dureza un daño accidental que uno intencional. Es decir, que la capacidad de considerar las intenciones de los otros estaba ligada a la actividad cerebral. Estas investigaciones han trascendido la neurociencia. El psicólogo Jim Everett se pregunta si máquinas e inteligencias artificiales podrían – o deberían – tomar decisiones morales.

Medio siglo después de aquellos juicios y experimentos, la neurociencia nos revela que no existe un límite moral fijo. Más allá de sus crímenes, el caso de Eichmann funciona como un espejo de lo que puede llegar a hacer cualquier individuo que no se cuestiona sus propios actos. En palabras de Arendt, «la mayor parte del mal es hecho por personas que nunca deciden ser buenas o malas». Ante la banalidad del mal – la posibilidad de cometer actos atroces sin ser conscientes de ellos – debemos vigilarnos a nosotros mismos. En todos nosotros reside la capacidad de ser héroes o verdugos. No por una esencia moral inmutable, sino por lo que decidimos – o no – cuestionar.

 

 

*Mario de la Piedra Walter

Médico por la Universidad La Salle y neurocientífico por la Universidad de Bremen. En la actualidad cursa su residencia de neurología en Berlín, Alemania. Autor del libro Mentes geniales: cómo funciona el cerebro de los artistas (Editorial Debate, Barcelona, 2025).

 

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