12.9 C
Puebla
martes, marzo 17, 2026

Manual de una araña

Manual de una araña

Siempre me han gustado las arañas, y mucho.

Hay algo en ellas que me parece elegante. La forma en que esperan, en que no se apresuran, en que todo lo resuelven sin ruido.

Por eso empecé a fijarme en mi vecina.

Vivía a tres casas de la mía, en una casa antigua con rejas negras y cortinas siempre a medio cerrar. Su nombre lo supe por accidente, pero aquí nadie la llama así.

Aquí todos la llaman la viuda negra.

No es un apodo nuevo. Se le fue quedando con los años, como se quedan ciertas historias que nadie quiere contar completas.

Dicen que no siempre vivió aquí. Que llegó después de todo… o después de casi todo. Que antes había sido enfermera, de esas que saben medir, calcular, no equivocarse. “Manos exactas”, escuché una vez en la tienda.

También dicen que se casó varias veces.

Tres, según algunos.

Más, según otros.

Los hombres no duraban mucho.

No es algo que se diga en voz alta. Aquí las cosas se comentan con cuidado, sin comprometerse. “Qué mala suerte”, dicen. “Qué vida tan dura”, repiten.

Pero a veces, cuando creen que nadie escucha, cambian el tono.

Y entonces la llaman por su nombre real, casi en susurro: como aquella mujer de la que hablaron en todos lados… la que conquistaba, la que acompañaba, la que sabía exactamente cuánto era demasiado.

La que entendía el cuerpo mejor que nadie.

Recuerdo haberla buscado una noche. No a ella, sino a esa historia que parecía repetirse. Leí sobre una mujer envenenadora, sobre esposos que enfermaban sin explicación, sobre una vida entera construida en la confianza de otros.

Leí que nunca parecía alterarse.

Que siempre estaba tranquila.

Que nunca había pruebas suficientes… hasta que las hubo.

Cerré todo.

No quise seguir.

Porque hay algo inquietante en reconocer patrones fuera de los libros.

Mi vecina es discreta. Sale poco. Compra lo necesario. Nunca se equivoca en el cambio. Nunca olvida nada.

A veces la veo regar plantas que no florecen. A veces se queda quieta, mirando hacia la calle, como si esperara algo… o a alguien.

Nunca la he visto llorar.

Nunca la he visto reír de verdad.

Pero hay momentos, muy breves, en los que su expresión cambia. No es felicidad. No es tristeza.

Es otra cosa.

Como si recordara.

En la tienda, alguien dijo una vez: “esas mujeres existen, ¿sabes? las que parecen normales… hasta que no lo son”.

Nadie respondió.

Yo pensé en las arañas.

En cómo no necesitan esconderse. En cómo la red siempre está ahí… aunque no la veas.

Desde entonces, intento no mirarla demasiado. Me repito que no es asunto mío, que son coincidencias, que las historias crecen solas cuando nadie las detiene.

Pero hay algo que no encaja.

Como si su vida no fuera solo una vida… sino una repetición cuidadosa.

Y últimamente, cuando paso frente a su casa por las noches, me pasa algo extraño.

Bajo la velocidad.

Miro hacia las cortinas.

Nunca veo nada.

Pero sé, lo sé con una certeza que no puedo explicar, que ella está ahí.

Observando.

Esperando.

Como si el tiempo no le urgiera.

Como si supiera que todo, tarde o temprano… termina por caer en el lugar correcto.

Notas relacionadas

Últimas noticias

Lo más visto