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martes, marzo 3, 2026

¿Vuelta a Calderón?

¿Vuelta a Calderón?

Publicado originalmente por Carlos Pérez Ricart en REFORMA, compartimos este reportaje por su relevancia e interés periodístico:

La captura de El Mencho por el gobierno de Claudia Sheinbaum Pardo activó un reflejo inmediato en la oposición: “Calderón ha vuelto”.

En su lectura, el presente no solo se parece al pasado: lo reivindica.

Las acciones de hoy operarían como validación retrospectiva de una estrategia de seguridad nacional.

La comparación es comprensible. También es incompleta.

Equipara un instrumento —la captura de un líder criminal— con una estrategia integral de seguridad pública.

Confunde la similitud de un operativo federal con la identidad de un diseño estratégico.

Peras con manzanas. Manzanas con peras.

Mal empezamos.

Conviene, pues, recordar qué fue realmente la estrategia calderonista y, sobre todo, qué produjo. A juzgar por el debate de los últimos días, la tarea es perentoria.

El núcleo de la estrategia calderonista de seguridad residió en la adopción sistemática de un enfoque kingpin: intervenir en la cúspide de las organizaciones criminales bajo la premisa de que su descabezamiento produciría debilitamiento estructural y, en consecuencia, reducción de la violencia.

La estrategia vino, además, acompañada de un despliegue militar sin precedentes y bajo la dirección de un policía que hoy duerme en una cárcel federal de máxima seguridad en Estados Unidos.

La captura de líderes no constituía, en sí misma, un error. El problema radicó en la secuencia: intervenir en la cúspide sin preparar el entorno que esa intervención inevitablemente alteraría.

Ni fiscalías, ni programas sociales, ni política de seguridad. Nada.

Lo sospechábamos antes, lo hemos comprobado en las últimas dos décadas: decapitar una organización criminal no la disuelve automáticamente. Altera un equilibrio violento preexistente. Fragmenta cadenas de mando, activa incentivos de sucesión y multiplica disputas por rentas ilícitas. Si el Estado no tiene capacidad para estabilizar ese reacomodo —antes y después del golpe— el resultado será subóptimo. Más violencia, más grupos armados.

La evidencia empírica de aquel ciclo es imposible de eludir. En el arranque del calderonismo, México registraba poco menos de 9 mil homicidios al año. Dos años después, la cifra se aproximaba a los 20 mil. En menos de 24 meses, la violencia letal en México se disparó más de 120%.

Aquel salto violento fue la expresión empírica de una fragmentación mal gestionada. La metáfora funciona: se pateó el avispero a lo tonto.

El diseño (por llamarlo de alguna forma) adolecía de dos vacíos. El primero: intervenir en la cúspide sin desarticular previamente a los generadores inmediatos de violencia —mandos regionales, operadores armados, células con control territorial— que, tras la captura, disputarían el control. En segundo, la ausencia de una arquitectura de contención posterior capaz de absorber la fragmentación y evitar que el vacío se tradujera en expansión letal.

A la luz de ese antecedente, el paralelismo automático con el presente parece equivocado.

Un operativo contra el líder del CJNG no constituye por sí mismo una doctrina. La variable crítica es la secuencia estratégica que lo rodea. El actual gobierno ha insistido en una categoría operativa distinta: priorización de “generadores de violencia”. Su lógica es intervenir selectivamente en los nodos que producen letalidad inmediata antes o en paralelo a cualquier golpe en la cúspide. Esa capa preventiva busca reducir la intensidad del estallido sucesorio.

La diferencia decisiva no es si se captura o no a un líder. Poner el debate en esos términos es ridículo. Lo determinante es si el Estado articula tres niveles simultáneos: desarticulación selectiva previa, contención territorial inmediata tras el golpe y persecución financiera que limite la capacidad de recomposición acelerada.

Si esas capas no existen, el antecedente de 2008-2009 debería preocuparnos. Si existen y se sostienen en el tiempo, el desenlace puede ser distinto. Y, a juzgar por las cifras recientes, empieza a serlo.

El calderonismo fue más que una mala estrategia. Fue una guerra lanzada bajo la sombra de una legitimidad en disputa.

Hoy no acompañan ni las mismas premisas, ni el mismo entorno, ni el mismo mariscal.

Quienes necesiten el espejo de 2007 pueden esperar sentados. Ese ciclo terminó. No hay vuelta atrás.

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