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domingo, marzo 1, 2026

La raíz del horror…

La raíz del horror…

Hubo un momento en que la ciencia quiso encontrar respuestas dentro del cerebro de Jeffrey Dahmer. Como si el horror pudiera localizarse en un pliegue exacto, como si bastara señalar una región defectuosa para explicar por qué un ser humano es capaz de asesinar, desmembrar y hasta devorar a otro.
Dahmer asesinó a 17 jóvenes entre 1978 y 1991. Practicó necrofilia, conservó restos humanos en su departamento y realizó actos de canibalismo que estremecieron al mundo. Desde la adolescencia mostraba una obsesión con animales muertos; los recogía, los diseccionaba, experimentaba con ellos. Algunos lo describen como una forma temprana de taxidermia casera; otros, como una señal ignorada de alarma emocional. Fue condenado a múltiples cadenas perpetuas y murió en prisión en 1994, asesinado por otro interno.
La brutalidad de sus actos no admite matices. Pero la pregunta permanece: ¿cómo se forma una mente capaz de convertir el cuerpo de otro en objeto?
Durante décadas, la neurociencia ha buscado respuestas. Estudios sobre psicopatía han encontrado diferencias funcionales en la amígdala —relacionada con el procesamiento del miedo y la empatía— y en la corteza prefrontal —encargada del juicio moral y el control de impulsos—. El trauma temprano puede alterar la arquitectura cerebral, mantener el sistema de estrés activado y dificultar la regulación emocional.
Pero la ciencia también ha sido firme: no existe un “cerebro asesino”. No hay una lesión única que explique el mal.
Entonces la mirada se desplaza hacia la infancia.
En México decimos “no tuvo madre” para describir actos sin compasión. En algunos casos, la expresión deja de ser metáfora. Muchos asesinos seriales comparten historias de abandono, abuso o negligencia severa en sus primeros años. No como destino inevitable, sino como una herida temprana que nunca cicatrizó.
Charles Manson creció entre la ausencia y la institucionalización. Su madre fue intermitente; su hogar, inestable. Décadas después, construiría una “familia” donde él era el centro absoluto. No asesinó con sus propias manos a Sharon Tate y las otras víctimas de 1969, pero ordenó los crímenes y moldeó la ideología que los hizo posibles. Lo inquietante es que, aun después de su muerte en 2017, el culto a su figura persiste en ciertos sectores marginales.
El abandono puede deformarse en necesidad de control.
En México, Juana Barraza, conocida como “La Mataviejitas”, asesinó al menos a 17 mujeres de edad avanzada. Fue condenada en 2008 a 759 años de prisión, una de las sentencias más largas en la historia penal del país. Su infancia estuvo marcada por violencia y abuso sexual tras ser entregada por su madre a un hombre que la agredió. Nada de eso excusa sus crímenes, pero revela un patrón: el daño no atendido puede transformarse en resentimiento profundo.
La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby, sostiene que los primeros vínculos moldean la capacidad de empatía y regulación emocional. Estos vínculos —especialmente con los cuidadores principales— actúan como un modelo interno de trabajo (mapa mental) que moldea cómo el individuo percibe el mundo.
Las llamadas Experiencias Adversas en la Infancia —abuso físico, sexual, negligencia, violencia doméstica— se asocian estadísticamente con mayor riesgo de conductas violentas en la adultez. No como condena, sino como vulnerabilidad.
Aquí es donde la reflexión se vuelve incómoda.
Millones de personas han sufrido abandono y no se convierten en asesinos. La responsabilidad individual es innegociable. Las víctimas merecen justicia sin ambigüedades. Comprender no significa absolver.
Pero si como sociedad solo miramos el acto final —el crimen— y no las raíces, dejamos intactas las condiciones que incuban la violencia.
Tal vez el horror no nace de la nada.
Tal vez comienza en silencios prolongados, en infancias donde el afecto fue escaso, donde nadie enseñó a nombrar la rabia ni a regular el dolor.
El cerebro que un día se preguntaron cómo estudiar fue, antes que nada, el cerebro de un niño. Un niño que no encontró contención suficiente. No todos los niños heridos dañan; la mayoría no lo hace. Pero algunos, sin intervención ni apoyo, pueden convertir su resentimiento en identidad.
Y aquí la reflexión deja de ser psicológica para volverse ética.
Es responsabilidad de los padres, sí, pero también de la sociedad entera, velar por esos menores. Garantizar entornos seguros, afecto, límites claros, educación emocional y acceso a salud mental no es un gesto opcional: es prevención. Cada niño que recibe contención aprende a transformar su dolor en creatividad, en pensamiento crítico, en fuerza interior. Cada niño que es escuchado desarrolla una mente capaz de construir, no de destruir.
No basta con castigar el crimen cuando ya ocurrió.
Hay que invertir en la infancia cuando todavía es esperanza.
Porque las mentes que hoy parecen frágiles pueden convertirse en las más poderosas si se les acompaña a tiempo. Y las que crecen en abandono, si nadie interviene, pueden deformar su dolor en violencia.
El crimen se castiga.
El abandono, en cambio, suele pasar desapercibido.
Y a veces, en ese descuido silencioso, comienza la raíz del horror.

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