En tiempos donde la violencia ocupa los titulares y marca el ritmo de la conversación pública, resulta urgente detenernos a pensar qué tipo de mundo estamos construyendo. México atraviesa una crisis persistente de seguridad, desapariciones y fracturas sociales. Al mismo tiempo, el escenario internacional vuelve a tensarse con los recientes ataques de Estados Unidos contra Irán, una escalada que amenaza con profundizar la lógica de la guerra como respuesta automática al conflicto. En ambos casos, la violencia se presenta como inevitable. Pero no lo es.
La filósofa Judith Butler ha insistido en que la violencia no solo se expresa en el acto físico, sino también en los marcos que determinan qué vidas son lloradas y cuáles no. Cuando normalizamos la guerra o justificamos la militarización bajo el argumento de la seguridad, aceptamos implícitamente que hay vidas prescindibles. Esa lógica atraviesa fronteras: desde los barrios mexicanos marcados por la presencia del crimen organizado y la militarización, hasta las ciudades de Medio Oriente convertidas en tablero geopolítico.
En México, la estrategia centrada en el uso de la fuerza no ha logrado devolver la paz. Décadas de confrontación armada han dejado miles de víctimas, comunidades desplazadas y una sensación de miedo cotidiano. En el ámbito internacional, la repetición de bombardeos y represalias —como los protagonizados por Estados Unidos e Irán— refuerza un mensaje peligroso: que la violencia es el único lenguaje que los Estados comprenden.
Sin embargo, hay otros caminos. Butler y otros pensadores contemporáneos han propuesto la construcción de “espacios de paz”: ámbitos donde la vulnerabilidad compartida se convierta en punto de partida para el diálogo y la reconstrucción del tejido social. Estos espacios no son ingenuos ni abstractos; son prácticas concretas que buscan desactivar la lógica del enemigo.
Un ejemplo significativo es el proceso de paz en Colombia tras el acuerdo entre el Estado y las FARC en 2016. Aunque imperfecto y aún en disputa, permitió reducir la intensidad del conflicto armado y abrir mecanismos de justicia transicional donde las víctimas ocuparon el centro. Otro caso es el de Irlanda del Norte, donde el Acuerdo del Viernes Santo en 1998 demostró que décadas de violencia sectaria podían transformarse mediante negociación política, reconocimiento mutuo y participación ciudadana.
Estos procesos no borraron el dolor ni eliminaron por completo las tensiones, pero evidenciaron algo fundamental: la paz no surge de la aniquilación del adversario, sino del reconocimiento de su humanidad. En México, experiencias locales de justicia restaurativa, colectivos de búsqueda y redes comunitarias de cuidado muestran que la sociedad civil puede abrir grietas en el muro de la violencia. Son esfuerzos pequeños frente a la magnitud del problema, pero encarnan una ética distinta: la de la interdependencia.
Hablar de espacios de paz implica también cuestionar el lenguaje que utilizamos. Cuando aceptamos términos como “daños colaterales” o “guerra necesaria”, desdibujamos el sufrimiento real de personas concretas. Butler propone que ampliemos el marco de lo que consideramos digno de duelo. Si cada vida cuenta, entonces cada muerte es una herida colectiva que nos obliga a buscar alternativas.
No se trata de negar los riesgos ni de idealizar el diálogo. Se trata de reconocer que la violencia sostenida solo produce más violencia. En México hemos permitido que durante décadas se desvié la atención con ataques constantes al crimen y solo se ha generado más crimen, cuando quizás deberíamos priorizar la educación, la prevención y sobre todo el fortalecimiento de espacios comunitarios, pues desde el encuentro con otros podemos crear empatía que disminuya los puntos de riesgo, principalmente en niñez y juventudes.
La historia demuestra que la paz es frágil, pero posible. En medio de la incertidumbre, cuando parece que la guerra y el miedo dominan el horizonte, debemos recordar que la esperanza también es una forma de resistencia. Porque, incluso en los tiempos más oscuros, no nos pueden quitar la esperanza.

