El Miércoles de Ceniza inaugura un tiempo incómodo. La ceniza no adorna: recuerda. “Polvo eres y en polvo te convertirás” no es una frase meramente simbólica; es una confrontación directa con la fragilidad humana. La Cuaresma comienza con un acto público de humildad y conduce hacia la Semana Santa, donde el poder queda desnudado en su forma más cruda: juicio, manipulación de masas, cálculo político y, finalmente, crucifixión.
En este contexto, la algorética adquiere un significado espiritual. La Cuaresma es tiempo de conversión, como lo ha sugerido el Papa León XIV, y en estos tiempos digitales debemos entenderla también como el abandono de las irresponsabilidades derivadas de nuevas formas de delegación de conciencia que hemos normalizado. El algoritmo organiza nuestras búsquedas, anticipa intereses y modela preferencias. Lo que antes era reflexión y meditación, hoy se convierte en sugerencia automática.
La conversión cristiana presupone libertad interior. Nadie se convierte por optimización de datos. La fe nace de una decisión consciente, no de una recomendación personalizada. Sin embargo, vivimos en un entorno donde la visibilidad define la relevancia y la permanencia se mide en métricas. La fidelidad espiritual exige perseverancia; la fidelización digital exige retención.
La ceniza recuerda el límite entre la responsabilidad humana y las herramientas destinadas a hacerla más eficiente. Aprender a decidir entre la eficiencia prometida por el algoritmo y la reflexión que construye dominio personal sobre los propios fines no implica oposición absoluta: son eficiencias complementarias. Su arquitectura no exige subordinación, sino discernimiento. Siempre habrá una tensión profunda entre la interioridad y el estímulo externo continuo.
La Semana Santa, hacia donde conduce este tiempo, nos recuerda una “pasión” que también puede leerse en clave contemporánea: es, entre otras cosas, un drama de opinión pública. Multitudes que aclaman y luego condenan. Narrativas que se imponen. Autoridades que se lavan las manos. Poderes que se declaran inocentes mientras delegan responsabilidad. No es difícil encontrar paralelos actuales. La manipulación de la conversación colectiva no comenzó con el algoritmo, pero hoy dispone de herramientas infinitamente más precisas.
Sin embargo, la cuestión no es abandonar la tecnología. El compromiso es seguir siendo dueños de nuestra conciencia personal y colectiva. La democracia necesita ciudadanos capaces de discernir; la fe necesita creyentes capaces de examinarse. Ambas dimensiones se debilitan cuando la reflexión es sustituida por el consumo inmediato de respuestas ofrecidas por la tecnología digital.
Desde una perspectiva algorética, estos días de Cuaresma invitan a recuperar el silencio interior frente al ruido constante. A distinguir entre verdades sólidamente fundamentadas y eficiencias socialmente funcionales. A resistir una manipulación silenciosa, constante y real que compromete el pensamiento crítico, la comprensión profunda y, en ocasiones, fomenta un individualismo irresponsable.
La algorética no es un debate meramente técnico; es una exigencia de responsabilidad humana. Es recordar la primacía de la dignidad sobre cualquier sistema. Como ha señalado León XIV, escuchar y ayunar no son prácticas arcaicas, sino ejercicios de libertad: escuchar la propia conciencia y ayunar de las saturaciones externas que pretenden ocuparla.
Pienso, finalmente, que la ceniza en la frente es una afirmación radical: no somos datos, somos personas. No somos patrones previsibles, sino conciencia abierta a la trascendencia. El algoritmo puede anticipar hábitos, pero no puede medir el arrepentimiento. Puede segmentar audiencias, pero no puede producir conversión auténtica.
En este inicio de Cuaresma, la algorética se convierte en examen de conciencia colectivo:
¿Hemos delegado demasiado?
¿Hemos confundido eficiencia con verdad?
¿Hemos reducido la libertad a elegir entre opciones preconfiguradas?
La Pascua celebra vida nueva. Pero la vida nueva no surge de la automatización, sino de la transformación interior. Si el algoritmo organiza el entorno digital, la conversión organiza el corazón. Y sin un corazón libre, ni la fe ni la democracia pueden sostenerse.
El Miércoles de Ceniza no es nostalgia religiosa. Es advertencia contemporánea. Recordatorio de límite. Invitación a recuperar la centralidad de la persona frente a cualquier poder —visible o invisible— que pretenda administrarla. La tradición religiosa nos recuerda que toda autoridad debe responder ante la dignidad humana, que es y debe seguir siendo una medida superior a la mera eficiencia.
Y si algo queda claro es que la dignidad humana no es una métrica. Es una vocación.

