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domingo, febrero 15, 2026

El ecosistema literario en crisis

El ecosistema literario en crisis

La semana pasada, The Washington Post anunció nuevos recortes y, con ellos, la segunda muerte de su suplemento Book World. The Atlantic publicó entonces un ensayo de Adam Kirsch titulado “The Literary Ecosystem Is Dying”, donde lamenta la desaparición de la crítica de libros en la prensa generalista y describe el círculo vicioso: menos lectores de reseñas, menos cobertura, menos conversación compartida. Kirsch intenta consolarse recordando que aún existen espacios prestigiosos —The New Yorker, The New York Review of Books, Harper’s— y que en internet florecen comunidades lectoras dispersas, de BookTok a Substack. La crítica no muere, sugiere, se desagrega.
En México, el proceso no solo ocurrió antes: fue más radical. Aquí no asistimos a la segunda muerte de un suplemento prestigioso. Asistimos, más bien, a la lenta evaporación de un ecosistema que nunca terminó de consolidarse del todo.
La diferencia es estructural. En Estados Unidos, incluso en crisis, existen instituciones críticas con tradición, continuidad y recursos. El cierre de un suplemento es una amputación dolorosa de un cuerpo todavía vivo. En México, en cambio, la crítica literaria en prensa cultural ha sido históricamente frágil, dependiente de subsidios, voluntarismos y prestigios personales. Cuando se desmorona, no deja detrás un bosque disperso, sino un terreno erosionado.
El problema no es solo la reducción de páginas culturales en los diarios. Es la desaparición del mediador. Kirsch defiende la figura del crítico como “convener”, como convocante: alguien que hace que personas que no se conocen estén pensando al mismo tiempo en el mismo libro. Esa simultaneidad crea comunidad. En México, esa función se ha debilitado hasta casi extinguirse. No porque no existan críticos brillantes, sino porque ya no existen plataformas con alcance suficiente para producir concentración de atención.
La desagregación aquí no ha producido una abundancia de microespacios sofisticados, sino una atomización ruidosa. Las redes sociales generan entusiasmo, sí, pero rara vez establecen jerarquías argumentadas. Goodreads o BookTok en versión mexicana no reemplazan al suplemento cultural; lo sustituyen por recomendación afectiva inmediata. El algoritmo premia la visibilidad, no la densidad. El resultado es una conversación dispersa donde cada lector habla en su nicho sin que exista un lugar donde esas voces confluyan.
Hay, además, un elemento más incómodo. En Estados Unidos, la crítica pierde terreno frente a la desconfianza general hacia los “gatekeepers”. En México, la figura del mediador cultural ha sido erosionada tanto por la precariedad económica como por la politización extrema del campo cultural. Cuando el espacio público se polariza, la crítica literaria deja de ser un ejercicio de juicio estético y se convierte en posicionamiento ideológico. Eso ahuyenta lectores y empobrece la discusión.
El ecosistema mexicano sufre también de un problema demográfico: el público lector es reducido y socialmente concentrado. Si en Estados Unidos la comunidad literaria necesita ayuda para encontrarse porque es minoritaria, en México esa minoría es aún más pequeña y más frágil económicamente. El libro compite no solo con Netflix o TikTok, sino con urgencias materiales. La crítica literaria requiere tiempo, formación y una cultura de debate sostenido. Cuando las universidades mismas reducen el espacio para la discusión humanística en el espacio público, la cadena se rompe por varios eslabones.
Lo más grave no es la pérdida de empleos para reseñistas —aunque lo sea— sino la pérdida de una agenda compartida. Sin mediadores visibles, cada libro nace y muere en su propio círculo promocional. Las editoriales suplen la crítica con marketing; los escritores se convierten en sus propios promotores; las polémicas se agotan en Twitter en 48 horas. Falta ese lugar donde la atención se condense y se prolongue. Falta el tiempo largo de la conversación.
Paradójicamente, nunca se han publicado tantos libros en México. El problema no es la producción, sino la circulación simbólica. Un ecosistema literario no es solo una suma de autores y lectores. Es una red de instituciones, suplementos, revistas, premios, universidades, librerías y, sobre todo, críticos capaces de establecer puentes. Cuando esos puentes desaparecen, cada orilla se vuelve más solitaria.
Kirsch sugiere que el todo era más que la suma de las partes. En México, ese todo se fragmentó antes de que pudiera consolidarse plenamente. La crítica sobrevivió en revistas especializadas, en blogs, en proyectos independientes admirables pero de alcance limitado. Lo que no ha sobrevivido es la conversación nacional sobre literatura. No hay un espacio donde el lector común pueda encontrarse con la discusión exigente sin sentirse expulsado por tecnicismos o capturado por propaganda.
Quizá la pregunta no sea cómo resucitar el suplemento cultural del siglo XX, sino cómo reconstruir la función del mediador en el siglo XXI. Eso implica financiamiento, pero también autoridad intelectual. Implica formar lectores capaces de exigir algo más que entusiasmo instantáneo. Implica defender la idea de que el juicio crítico no es elitismo, sino una forma de responsabilidad cultural.
Un ecosistema muere cuando deja de producir interdependencia. La literatura necesita lectores; los lectores necesitan mediadores; los mediadores necesitan instituciones; las instituciones necesitan una sociedad que crea que la conversación sobre libros importa. En México, esa cadena está peligrosamente debilitada. No es que no haya lectores. Es que no se encuentran. Y cuando una comunidad deja de encontrarse alrededor de sus libros, empieza a perder algo más que suplementos culturales: pierde una parte de su imaginación compartida.
La paradoja final es amarga. En tiempos de hiperconectividad, lo que escasea es la atención común. Sin ella, la literatura se convierte en ruido de fondo. Con ella, puede convertirse en espacio de sentido. El desafío mexicano no es lamentar la muerte de un ecosistema importado, sino reconstruir uno propio, con mediadores visibles y lectores que quieran volver a encontrarse en el mismo párrafo al mismo tiempo.

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