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viernes, febrero 13, 2026

Amor(es)-odio

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Por América Benítez

Mucho tiempo ha pasado desde que aquel filósofo racionalista, conocido como Descartes, postulara las pasiones del alma, entre las cuales incluyó al amor. Al igual que Platón, ambos tomaron ese concepto como protagonista de sus ideas, que quedaron como legado para el mundo contemporáneo —aunque en la actualidad se ha tergiversado el “amor platónico” y se le considera como “imposible”—. Y es que ¿quién de los mejores pensadores de todos los tiempos no ha sido impulsado a escribir acerca de esta palabra tan corta en letras, pero tan amplia en significados y sensaciones?

Ya que es uno de los conceptos más importantes y determinantes en la existencia del ser humano, al amor se le han dedicado desde guías sobre cómo enamorar al otro en la antigua Roma —como El arte de amar, de Ovidio—, hasta postulados humanísticos que apelan a que el amor es la respuesta al malestar de la existencia humana y debe dominarse como cualquier arte —libro escrito por Erich Fromm, el cual, curiosamente, lleva el mismo nombre que el texto de Ovidio—. Sea cual sea el título, existen infinitas obras literarias dedicadas a este sentimiento directriz del comportamiento del individuo.

Pero más que escribir sobre él, este también es inspiración para las demás ramas del arte, porque el amor, de alguna manera, transforma en arte la violencia del vivir cotidiano del ser humano. El amor está en lo real, en todos lados, en cualquier momento: en el actuar del ama de casa para con su familia o en el lenguaje corporal de una pareja joven que se pasea por el parque; así como en el discurso del paciente angustiado que acude al diván para apalabrar sus malestares y hasta en la demanda de solución que le hace al terapeuta.

Los Beatles no lo pudieron explicar mejor con el título de aquella canción un tanto melosa: el amor está Here, there and everywhere, aunque no siempre se manifiesta de la forma en que más nos gustaría.

Principalmente, el amor nos provoca bienestar y, si bien hoy existe una infinidad de explicaciones científicas al respecto —en torno a funciones cerebrales y neurotransmisores como causa y/o efecto de dicho bienestar, experimentado en el organismo cuando estamos enamorados—, siempre hay cabida para ver y describir este fenómeno a través de otro lente: no más romántico, sino más filosófico y menos orgánico. Es necesario dirigir la mirada a la esencia de esta “pasión” y, además, a la del “ser”, porque justamente el amor permite al sujeto descubrir algo de su propio interior, algo que creía ignorar, pero que siempre estuvo en él.

Sabemos muy bien qué es el amor: lo hemos sentido con alegría o lo hemos llorado con melancolía; sin embargo, seguramente ha surgido en cada uno de nosotros la duda ontológica sobre su causa: ¿qué lo origina?, ¿se elige conscientemente a quién amar? La respuesta pareciera algo que no puede describirse cabalmente y, más allá de procesos inconscientes —que nos dirigen hacia alguien en específico que nos fascina—, indudablemente lo que nos atrae del otro es su discurso.

A partir de las palabras se forjan uniones, ya que uno se enamora del otro por lo que escucha de él; porque, a raíz de su lenguaje, nos estructura y nos da forma. Y cuando nos hallamos en el momento más exacerbado del amor, incluso sentimos una herida que nos seguirá recordando que el precio de estar en la vida es que, todo el tiempo, perdemos.

En este punto, el amor no es causa de placer —como en un primer momento—, sino todo lo contrario: se presenta un malestar en el sujeto al instante en que irrumpe el odio. Ambos conceptos son dos versiones del mismo afecto o dos caras de la misma moneda. El odio surge a partir de descubrir que el otro no es lo que se había imaginado —o esperado—, cuando aparece la desilusión expresada en un te amo porque eres como yo, pero te odio porque me di cuenta de que no eres. Por otra parte, en el amor pensamos que el otro es como creemos; sin embargo, también podemos odiar a quien amamos porque se ha vuelto alguien necesario en nuestra existencia: dependemos de él, ya no somos libres, ocupa nuestras ideas en todo momento y eso también angustia.

¿Cómo actuar frente a las premisas anteriores? En primera instancia, habrá que admitir que hay cosas que se desbordan y sobre las cuales no se tiene control; asimismo, que las carencias afectivas no se curan con la presencia de alguien más. Esto no significa que se deba evitar amar, pues bien dice Freud que el que no ama, enferma. Más bien, el sujeto debe romper con la ilusión de que, al amar a alguien más, accederá a un saber propio, porque ese otro tiene las respuestas a las preguntas que le conciernen. Además, hay que tener presente que crear un lazo forzosamente implica partirse, ya que el amor es una invitación al desgarre: soportar la diferencia que sostiene al otro —que no es lo que quisiéramos— nos rompe, al ser una carga tan pesada.

Tal vez, simplemente, amor y odio se encuentran en una danza en la que ambos se necesitan y se complementan; son un binomio inseparable. El primero es productor: crea, da forma a algo nuevo, es placer. El segundo destruye la fuente del displacer; su esencia es su objetivo: desaparecer aquello que provoca malestar, y el amor perdido es causa de ese malestar.

El amor es ciego y el odio es lúcido; podríamos describir a este último como un sentimiento más estable que el primero, pues no está sostenido por el discurso del otro, sino por su ausencia. Aun así, es omnipresente, pulsiona siempre. Esta pelea entre ambas fuerzas es lo que da sostén al sujeto: una lucha necesaria y vital.

Entonces, ¿por qué insistimos en amar si nos lastima? No es cuestión de “masoquismo”; se refiere a que el sujeto algo gana al perder de esta manera. Bien vale la pena dar lo que se tiene —aunque a veces ni siquiera se tenga— a alguien más, porque ¿de qué serviría guardar el amor para uno mismo? ¿De qué nos enamoramos realmente? De un ideal de nosotros mismos y de lo que queremos llegar a ser, lo que implica que, al amar al otro, también nos amamos a nosotros mismos.

Lo que quedaría por resolver sería: ¿el amor nace del odio o el odio del amor?, ¿de dónde surge uno o cuál es primero? Al parecer, la única certeza —por esta ocasión— es que nunca se será uno solo con alguien más: el intento de unión y fusión entre dos cuerpos termina por destruir la subjetividad de ambos.

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