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lunes, febrero 9, 2026

Buda, Sócrates y nosotros

Buda, Sócrates y nosotros

Stephen Batchelor siempre ha escrito en la falla geológica donde la doctrina empieza a temblar. Desde Buddhism Without Beliefs, se ha interesado menos por construir una nueva metafísica que por despejar un espacio en el que el problema humano ordinario pueda afrontarse: cómo vivir, lúcidamente, entre la impermanencia, la violencia, el deseo y el desconcierto. Buddha, Socrates and Us: Ethical Living in Uncertain Times (Yale University Press, 2025) es su intento más ambicioso hasta ahora de escenificar esa pregunta como una conversación entre civilizaciones y entre épocas. También es su libro más personal, una memoria filosófica trenzada con historia intelectual, escrita con la insistencia callada de que lo ético nunca es abstracto. Siempre es contemporáneo. Siempre es ahora.

La apuesta central de Batchelor es tan sencilla como audaz: que Gotama y Sócrates, casi contemporáneos en la llamada Era Axial, pueden leerse no como fundadores de tradiciones rivales, sino como experimentalistas afines en el arte de vivir. Ambos se negaron a satisfacer el hambre metafísica de respuestas finales. Ambos colocaron la atención ética por encima de la especulación cosmológica. Ambos trataron la incertidumbre como el medio de la libertad y no como su enemiga. Una descripción editorial lo formula con contundencia: una “ética de la incertidumbre”, en la que ninguno de los dos maestros hace afirmaciones sobre la realidad última, sino que insiste, en cambio, en cómo debe vivirse dentro de la contingencia. Ese es el hilo conductor. Batchelor quiere rescatar la filosofía del museo de los sistemas y devolverla a la calle, al mercado, al patio del monasterio, a la ciudad en construcción.

Este es un libro sobre el cultivo de un yo capaz de soportar la realidad sin huir hacia el dogma. El Buda y Sócrates se convierten en espejos que se levantan ante las evasiones del lector moderno. Batchelor lee la negativa del Buda a responder ciertas preguntas especulativas y la ignorancia disciplinada de Sócrates como gestos paralelos: no antiintelectuales, sino éticamente estratégicos. Uno empieza a ver hasta qué punto gran parte de nuestra cultura contemporánea se organiza alrededor del impulso contrario, el anhelo de certeza—política, espiritual, tecnológica. La obra de Batchelor es, entre otras cosas, un diagnóstico de ese anhelo.

La estructura del libro es, en sí misma, una pedagogía. Batchelor se mueve entre los mundos sociales y políticos de la India antigua y Atenas, mostrando a cada pensador incrustado en las contingencias de su tiempo y no flotando por encima de él como un ícono. La propia descripción de Yale subraya esa riqueza contextual: el Buda y Sócrates aparecen como figuras intensamente conscientes de la naturaleza voluble y conflictiva de la mente humana, inspirando a sus seguidores hacia la humildad y el coraje, la duda y la resolución. La oscilación importa. Batchelor no escribe hagiografía. Escribe realismo ético.

Uno de los aspectos más atractivos del libro es la manera en que rehúye la comparación perezosa entre Oriente y Occidente. Batchelor no quiere convertir a Sócrates en un proto-budista ni al Buda en un sabio griego con túnica azafrán. En cambio, utiliza la distancia para afinar la percepción. La respuesta del Buda ante el sufrimiento puede colocarse junto a la tragedia griega; el Camino Medio puede ponerse en diálogo con la educación gradual del deseo en el Banquete de Platón, donde el eros se vuelve práctica antes que posesión. Un lector en un foro zen describió el libro como un “jeu d’esprit” errante, elogiando precisamente esos vínculos significativos: entre sufrimiento y tragedia, entre moderación y eros como disciplina. La frase capta algo verdadero. Batchelor divaga, pero metódicamente.

El tono también es decisivo. No se trata de la ética gerencial del budismo de autoayuda contemporáneo, ni de la aridez profesional de gran parte de la filosofía académica. Batchelor escribe como alguien que ha vivido dentro de las tradiciones, las ha puesto a prueba, ha dejado algunas atrás y ha llevado otras consigo. Un comentario en una entrevista señala que el libro es en parte el relato de su propio trayecto desde el budismo tibetano al zen y hacia un dharma secular. Ese trasfondo autobiográfico no es un adorno; es evidencia. Aquí la ética no es un programa de estudios. Es una vida trabajada.

El secularismo de Batchelor, sin embargo, no es una simplificación. Es un intento de distinguir la práctica del seguro metafísico. La cuestión no es despojar al Buda de trascendencia para hacerlo aceptable a la modernidad. La cuestión es recuperar lo que Batchelor percibe como la negativa pragmática del Buda a permitir que la metafísica sustituya a la transformación. The Voegelin Review, en un ensayo perspicaz titulado “Ethics, Not Metaphysics”, subraya precisamente esto: Batchelor asume el reto de una ética comparada entre Gotama y Sócrates, guiado por el marco axial de Karl Jaspers. La ética se vuelve el terreno común donde convergen dos civilizaciones radicalmente distintas.

El verdadero antagonista del libro, sin embargo, no es la metafísica en sí, sino el escapismo espiritual: la tentación perpetua de tratar la filosofía como un asilo frente a la política y la historia. Batchelor insiste en que la vida ética es vida cívica. Regresa una y otra vez a la imagen de reconstruir una ciudad, tomada de una parábola budista que interpreta como un llamado a construir una cultura fundada en la atención plena y la compasión. La Secular Buddhist Network lo cita glosando esa parábola como el “objetivo último” del budismo secular: no el nirvana como desaparición privada, sino un mundo ético compartido. Aquí Batchelor roza algo así como una filosofía política de la atención.

El riesgo de un proyecto así es evidente. Invocar al Buda y a Sócrates es convocar autoridad monumental. El libro debe entonces justificar su escala. Batchelor lo logra en gran medida resistiendo la síntesis grandiosa. No los fusiona en una única sabiduría perenne. Los pone en escena como interlocutores, a veces armonizando, a veces irritándose. Esa fricción es productiva. Impide que el libro se convierta en una tarjeta interreligiosa de buenos deseos.

La reseña del TLS a cargo de Costica Bradatan observa que Batchelor desafía la sabiduría convencional sobre los griegos, desmontando viejos supuestos y ofreciendo nuevas intuiciones. Esto es importante: Batchelor no sólo traduce el budismo para lectores occidentales, como a menudo se ha dicho; también vuelve extraño a Occidente ante sí mismo, recordándole al lector moderno que Sócrates no era el padre marmóreo del racionalismo, sino una presencia disruptiva, un tábano ético, un hombre condenado por su ciudad por la incomodidad de preguntar.

Lo que emerge es una ética no de serenidad, sino de coraje. La incertidumbre deja de ser un problema filosófico a resolver y se convierte en una condición que debe habitarse con dignidad. La reseña de Kirkus llama al libro un “camino atractivo y provocador para cultivar una vida ética y ayudar a traer un mundo mejor”. Eso suena anodino hasta que se reconoce cuán raro es, en nuestra era de distracción algorítmica y absolutismo ideológico, encontrar un argumento serio según el cual la atención ética es, en sí misma, radical.

Las mejores páginas de Batchelor son aquellas en las que la filosofía se siente cercana al suelo: las evasiones de la mente, las seducciones de la certeza, el trabajo diario de la moderación, la compasión y la indagación. Está en su punto más fuerte cuando insiste en que la sabiduría no es un conjunto de doctrinas, sino un modo de presencia. Es aquí donde el Buda y Sócrates realmente se encuentran: no en ideas, sino en disciplinas de ver. Hay momentos en que la ambición del libro tensa contra la inevitable selectividad de sus lecturas. Todo intento de unir dos tradiciones inmensas corre el riesgo de dejar insatisfechos a los especialistas. Pero el libro no se dirige a especialistas. Se dirige a ciudadanos de la incertidumbre, es decir, a todos nosotros. Su erudición sirve a un fin humano: recordarle al lector moderno que la vida ética empieza en el reconocimiento de que no sabemos, y que aun así debemos actuar.

El libro de Batchelor pertenece a esa rara categoría de escritura filosófica que no es ni tratado académico ni consuelo espiritual. Es una invitación a cierta forma de adultez: una vida ética sin garantías metafísicas. En una época adicta a la certeza, esto es una oferta exigente. Pide al lector reconstruir la ciudad desde dentro de las ruinas, sin promesa de un suelo final bajo los pies. Ese es, quizá, el gesto más socrático y más budista de Batchelor: vivir como si la lucidez fuera posible, incluso cuando nada es seguro.

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