La muerte se me presentó por primera vez a los once años. Tenía el rostro de mi amiga Belén Cisneros, joven de apenas diecinueve que, a pesar de la diferencia de edad, me regaló su amistad. Acostumbrábamos a telefonearnos los sábados en la noche, un puente entre mi niñez y su juventud trabajaba en las librerías. La sentía como alguien honesta, franca y dulce, novia de Jesús, “Chucho”, como todos lo conocíamos.
Las librerías abrieron una nueva sucursal en plaza dorada, llegué un jueves por la tarde a la sucursal de la Juárez, pregunté por ella, había sido enviada a Dorada; nuestros cumpleaños se acercaban, ella cumplía el 12, yo el 14.
La ausencia comenzó a ocupar su lugar. Primero fue un martes vacío en la librería; luego, la confirmación de que había enfermado. Cuando mi madre me reveló la gravedad de su leucemia, intentamos visitarla en el hospital de La Margarita, en Puebla. Sin embargo, la burocracia hospitalaria se convirtió en una odisea infranqueable y no logramos verla. Visitamos a su madre, quién nos dio cuenta del avance voraz de la enfermedad.
Mi última imagen de Belén permanece intacta en la memoria: ella, Chucho y yo, riendo en la librería de Reforma. La siguiente vez que los vi reunidos, el escenario se había transformado en un velorio. Ahí estaba Chucho, destrozado, abrazado a una tumba, encarnando un desconsuelo que yo, en mi inexperiencia, apenas comenzaba a descifrar. Con el tiempo, esos recuerdos se han difuminado, como acuarelas bajo la lluvia.
Sin embargo, el duelo tiene formas de reactivarse. El domingo pasado, acompañé a una amiga al sepulcro de su abuelo. Fui porque conozco la aspereza de ese tránsito y sé que la compañía silenciosa es, a veces, la única dosis posible de alivio. Allí, entre el silencio y la piedra, recordé que se acercaba el aniversario luctuoso de mi abuela y sentí un nudo antiguo apretándose en mi garganta.
Desde su partida, una extraña penumbra me visita ocasionalmente. Nuestra relación no fue la convencional estampa de visitas dominicales; el idioma se erigía como una frontera, a veces difusa, a veces inmensa. Ella, originaria Totonakú, no hablaba español, y aunque supliqué innumerables veces a mi madre que me enseñara su lengua, esa herencia me fue negada por razones que apenas hoy comienzo a comprender.
A pesar de las palabras no dichas, en las contadas ocasiones que pude visitarla, nos comunicamos en el lenguaje universal del afecto. La abrazaba con un amor que sé que ella entendía. Le regalé su primer teléfono celular, y yo estaba muy entusiasmada, era un paso atrasado a un mundo nuevo, aunque sencillo, sus hijas que radicaban en la ciudad ya podrían contactarla directamente.
Cuando me mudé a la Sierra, nuestras visitas se hicieron más frecuentes. Yo anhelaba conectar con esas raíces que una parte egoísta de la familia insistía en que no me pertenecían, mirándome con desdén, decían que yo no pertenecía ahí, que mi lugar siempre ha sido en la ciudad por ser “de ciudad”. Nunca me importó. Disfrutaba el café compartido, los tamales calientes que me ofrecía y las despedidas selladas con besos y abrazos que, para los espectadores acostumbrados a la frialdad, resultaban ajenos.
Nuestra despedida final tuvo lugar un primero de noviembre, una fecha cargada de simbolismo. Una intuición inexplicable me guió hacia ella ese día. Estuve presente, atenta a una plática que no comprendía lingüísticamente pero que absorbía a través de la memoria; una corriente eléctrica me recorrió el cuerpo cuando me despedí de ella. Regresé sobre mis pasos, la abracé más largo que nunca, la miré a los ojos y le dije: “Te amo, abuelita”.
En el camino de regreso, confesé a mi madre que sentía que había dejado una parte de mí en esa casa, como si fuera un adiós definitivo. Pensé que únicamente sería parte de una sugestión, volvimos a casa y comenté eso con mi padre, durante la cena.
Jueves 6 de febrero. Un mensaje de WhatsApp a las cinco de la mañana, justo antes de salir a la universidad, detuvo mi mundo: “La abuela acaba de fallecer”. Me paralicé. Era semana de exámenes, estaba vestida y lista, pero el tiempo se quebró. Fui a la habitación de mi madre, la desperté con sigilo y, abrazándola, le entregué la noticia más dolorosa: “Lo siento mucho, má. Tu mamá acaba de fallecer”. Su llanto y su negación —”Mi mamá no”— resonaron en la casa mientras mi padre se unía al abrazo en silencio.
Fui a la universidad con un vacío en el estómago, presenté mis exámenes mecánicamente y corrí a la casa de mi abuela, donde la gente comenzaba a congregarse. Fue mi primera inmersión real en los rituales tradicionales de la cultura que fue parte de su vida, un bálsamo colectivo para apaciguar el luto.
Con su muerte nació en mí un vacío inédito. Me sentí, y a veces aún me siento, como un árbol cuyas raíces han sido trasladadas a un sitio que no logra encontrar. Escribo estas líneas con lágrimas, recordando lo que un amigo me dijo una vez: los abuelos son los primeros maestros del dolor profundo. Es una zozobra que llega como un golpe seco, y con la que, eventualmente, uno aprende a convivir.

