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domingo, febrero 8, 2026

Monterroso, amigo de toda la vida

Monterroso, amigo de toda la vida

Tito es uno de los escritores más importantes de la literatura en lengua española. Su obra ha sido traducida a un centenar de idiomas. Quienes tuvimos la suerte de obtener la beca de narrativa que durante un año ofrecía el INBAL conocimos no solo a un tutor extraordinario, sino a un amigo. Digo suerte porque atendió a una docena de aprendices solo cuatro años. Vale hacer notar que en ese entonces se ofrecían apenas tres becas, las cuales no las asignaba un jurado; era el mismo Tito quien se soplaba las cuartillas de los postulantes y seleccionaba al trío de bisoños, balbuceantes escribanos que, a sus ojos, tenían madera para convertirse en genuinas y genuinos escritores.

Nuestra obligación consistía en reunirnos los martes en la Capilla Alfonsina con el fin de leer nuestros textos frente a él. Muy emocionante era encontranos en ese sitio lleno de luz, apacible, la casa de Alfonso Reyes en la colonia Condesa, cuando aún se encontraba allí su biblioteca personal completa, años después trasladada a Monterrey. Una sensación indescriptible se apoderaba de nosotros cuando tomábamos de los estantes incunables y ediciones dedicadas al mismo Reyes por notables intelectuales y artistas del siglo XX. Años después, san Felipe Garrido me pidió que leyera la obra completa del ilustre intelectual regiomontano, editada por él en el FCE, y eligiera los textos alusivos al acto de cocinar. Semejante encargo me trasladó a los días de la Capilla.

En ese espacio flotaban las enseñanzas de Tito, acompañadas con un café y galletas que Alicia, la Tikis, nieta de Alfonso, nos mandaba en algún momento de la mañana. Pero tales enseñanzas no venían en píldoras amargas del tallerista empeñado en que aprendas a escribir, cosa vana. Tito buscaba que aprendiéramos a leer. Lo demás vendría por añadidura.

La primera sesión estuvo dedicada a El Quijote. La segunda nos anunció la típica pareja de noticias. La mala era que debíamos meternos en la cabeza un sencillo y aterrador principio: ya todo está escrito, solo existen en la literatura tres temas desde el principio de los tiempos: el amor, el odio y la muerte. Y los clásicos (por eso los son) ya se ocuparon. Los clásicos terminan con Shakespeare; lo demás, como dijo Hamlet, es silencio.

Dicho de otra manera, el resto son secuelas. La buena noticia fue que aún es posible trascender a los clásicos. Se puede reinventar el silencio si sabemos treparnos en el tren del Tiempo cuando su rumor atraviese el sitio donde estamnos parados.

Así que si aún tenías ganas de jugártela creyendo que ibas a triunfar como escritor, Tito estaba dispuesto a acompañarte. Y de esa manera fue el resto de su vida con algunos de nosotros. Me refiero a Álvaro Uribe y a Juan Villoro. Cada uno por su cuenta cultivó la amistad de un clásico entre los clásicos. Me consta haber visto a Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges reverenciarlo y, de paso, regocijarse con su humor picante. Si Tito hubiese vivido en el siglo XVII en ese pueblo español al que le gustaba visitar, Toledo, seguramente habría sido alabado por Cervantes y El Greco. También iba a la isla de Mallorca, donde vivía su amigo, el inmortal Robert Graves.

El año que Álvaro y yo tuvimos la beca (Juan la obtendría un año más tarde) Tito realizó un legendario viaje junto con Juan Rulfo y Julio Cortázar por los países del Este europeo, detrás de la Cortina de Hierro, ofreciendo lecturas y conferencias. Dado que aún no había comunicaciones instantáneas, tuvimos que esperar a su regreso para enterarnos de los acontecimientos y los chismes. Fuimos corriendo a su casa. En ese entonces Tito vivía en una pequeña privada de la calle de Xicoténcatl, en Coyoacán. Sabíamos que sus vecinos eran Ofelia Medina y Alex Phillips Jr., por lo que soñábamos con verla pasar, con o sin marido, no importaba, solo queríamos verla caminar y saludarnos, esbozando ella su hermosa sonrisa, escuchando su embelesante voz.

Tito fue un caballero. Cuando me invitaron a publicar en la revista Vuelta de Octavio Paz, ni tardo ni perezoso llamé por teléfono a la casa de Bárbara Jacobs, pues se había casado con ella, a fin de pasar a verlos en el barrio de Chimalistac y llevarles un ejemplar donde aparecía mi primera colaboración. Pero no era novedad, ya que, obviamente, ellos recibían la revista cada mes. ¿Quién no? Debo recordar que Tito era de izquierda y Octavio, liberal. Algunos canallas me habían retirado el habla por publicar con un “derechista”, cosa que Octavio jamás fue. Me importó un bledo la opinión de los atolondrados amargosos.

En cambio Tito me felicitó, me animó a seguir dando lo mejor de mi pluma en esas páginas; dijo: “¡Qué bueno que estás publicando en tan importante revista!”. Y con su acostumbrado humor sardónico agregó: “Con el señor Paz, quien, por cierto, no es tan mal poeta”. Y me guiñó un ojo. Paz también reconoció la estatura literaria de Tito cuando durante una cena me preguntó cómo había iniciado mi trayectoria literaria. “Tuvo usted como tutor a una figura prominente de nuestra lengua”, aseveró Octavio.

Muy divertida fue aquella ocasión en la que Yoko Ono buscó a Tito para pedirle autorización de reproducir en el libro en memoria de John Lennon su célebre cuento breve, “El dinosaurio”. Ese día llegué a visitarlos, como se había hecho sana costumbre a través de los años. Estaba platicando con Bárbara cuando Tito se apareció con la carta en las manos, afirmando: “Mira cómo resulta de irónica la vida, yo que nada sé de esta música, ya quedé ligado a tan buenas personas”. Sonrió, pícaro, y se encogió de hombros.

Tito se regocijó cuando le llevé un ejemplar de la primera edición de Crines, lecturas de rock. Había yo seleccionado un texto de un locazo que también fue becario del INBAL. Me refiero a escritor radical Jesús Luis Benítez, apodado por José Agustín como el Booker (por Booker T and the MG´s), pero yo confundí lo que me dijo José Angustias y en el libro apareció como “El Búnker”. Tito hizo notar que, viéndolo bien, Benítez era impenetrable como una fortaleza acorazada.

Nos echó porras a Juan Villoro y a mí cuando Federico Campbell nos heredó las ediciones de La Máquina de Escribir, pequeñas plaquettes de autoras y autores que iniciaban su trayectoria y hoy todos son reconocidos.

Uno de los momentos más tristes fue cuando, al final de su vida, Tito necesitaba transfusiones sanguíneas, pero no pude ayudar porque de niño tuve paludismo o malaria. Debo confesar que lloré de rabia, ese día y cuando falleció, el 7 de Febrero de 2003. Cuando me preguntan qué autor es imprescindible leer, siempre digo: “Hay muchos que valen la pena, pero, ¿imprescindible? Monterroso”.

 

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