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domingo, febrero 1, 2026

El libro de registro

El libro de registro

Durante años fui gerente de aquel hotel en el centro de Los Ángeles. No lo recuerdo por los huéspedes, sino por el silencio que se acumulaba en los pasillos, como polvo que nadie se atrevía a limpiar. Desde el primer día supe que el edificio no era un lugar de paso, sino de permanencia. Las personas llegaban, pero algo de ellas se quedaba.

Cuando asumí el cargo, los suicidios ya formaban parte de la historia no escrita del hotel. Algunos habían saltado desde los pisos altos; otros fueron encontrados en habitaciones cerradas, con una calma que resultaba inquietante. Yo aprendí a no preguntar. Mi función era registrar, no entender.

En una ocasión se hospedó una mujer cuyo nombre había llenado titulares. Una asesina famosa. Firmó el libro de registro sin levantar la vista y pidió una habitación en los pisos superiores.

Permaneció pocos días, pero después de su partida algo cambió. Los empleados evitaban ese corredor y yo mismo sentía que el aire ahí se volvía más denso, como si el hotel conservara su presencia.

Tiempo después llegó la joven. No llamó la atención de inmediato. Era discreta, observadora, y parecía caminar por los pasillos como si escuchara algo que los demás no oíamos. Una mañana dejó de aparecer. Su habitación estaba intacta, sus pertenencias ordenadas. Las cámaras mostraban imágenes incompletas: puertas que se abrían solas, sombras que no se repetían.

La policía investigó y se fue. El hotel continuó operando.

Días más tarde comenzaron las quejas por el agua. Decían que tenía un sabor extraño. Subí al techo con el personal de mantenimiento. Recuerdo el sol cayendo sobre el concreto y el momento exacto en que abrimos el tinaco. El cuerpo de la joven flotaba en el agua, inmóvil, como si hubiera sido colocado ahí con cuidado. No grité. Anoté la hora. Llamé a las autoridades.

Esa noche comprendí algo que hasta entonces solo había intuido: el hotel no causaba las muertes. Las reunía. Era un refugio para quienes ya llegaban rotos, atraídos por el anonimato y el olvido. El edificio observaba, esperaba y, cuando era necesario, cerraba el círculo.

Seguí siendo gerente un tiempo más. Cada noche revisaba el libro de registro y sentía que no estaba solo. Los nombres escritos parecían pesar más con el paso de los años. Algunos salían por la puerta principal. Otros se quedaban de otra forma.

Ahora, al recordarlo, entiendo que no administraba un hotel.

Custodiaba una memoria que nunca quiso ser olvidada.

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